(Por Lidia Fagale (*)).- La propiedad intelectual está muy lejos de servir a sus objetivos iniciales, convirtiéndose en un instrumento legal que garantiza el control de las grandes compañías sobre la cultura, el arte y la tecnología.

 

Pocas horas después de haber concluido la jornada de protesta contra la ley SOPA (Stop Online Piracy Act) y la ley PIPA (Protect Internet Protocol Act), los dos proyectos legislativos que desde el corazón de las industrias del entretenimiento intentan penar severamente  a los sitios Web de cualquier lugar del mundo que habiliten downloads (descargas), infringiendo las leyes sobre propiedad intelectual vigentes en el país del norte, se profundizó la ciberguerra. Mientras los dos proyectos quedaron en suspenso  por decisión del gobierno de los Estados Unidos y por las razones difundidas  por Google, Twitter y Facebook, el FBI entró en acción, por orden del Estado de los EE UU.

 

Tras el apagón de protesta   por parte de algunos sitios de la red y la suspensión de ambos proyectos, se produjo el cierre de Megaupload, Megavideo y Megaporn. Por su parte, los investigadores estadounidenses del FBI  descartaron la conexión entre los arrestos y la tormenta política vivida en EE UU por la ley antipiratería, aduciendo que trataban de acabar con lo que calificaron de “megaconspiración” o “uno de los casos criminales de derechos de autor más grandes que han sido entablados por los Estados Unidos”, y acusando a una de las páginas de intercambios de archivos más grande de la red de formar parte de una organización criminal responsable de piratería informática mundial que ha causado daños por más de 500 mil millones de dólares. La respuesta no se hizo esperar por parte del grupo Anonymous. El ciber-colectivo lanzó su ataque bloqueando, hasta el momento de escribir estas líneas,  varios sitios del Departamento de Justicia de los EE UU y grandes sellos musicales, prometiendo ir por más, junto a más de 15 mil soldados cibernéticos preparados para atacar diversos organismos oficiales de los Estados Unidos y megaempresas del entretenimiento.

 

Los circunstanciales contrincantes distanciados, de momento, por dos leyes, hacen un impasse en el controvertido ring para preservar objetivos comunes: generar mucho dinero “en condiciones de supuesta libertad para los usuarios” y –de paso– facilitar mecanismos de control y espionaje dentro de los parámetros de seguridad y terrorismo del país del norte, más allá de reiteradas y cansadoras invocaciones a la libertad de expresión.

Nadie afirma que el debate sea fácil, pero en lo que va de este tema, los principales excluidos son los trabajadores de la cultura. Fuera del debate y sin  participación real en las ganancias, el problema del derecho intelectual adquiere ribetes ideológicos , dado los obvios objetivos de control y censura  y, a la vez económicos  en la línea de “apropiarse del conocimiento colectivo en libertad”, aspectos que, en el marco de la crisis estadounidense y del mundo capitalista, adquiere una vital importancia, donde se cruzan ambas variables: la aggiornada campaña al poblado mundo cibernético, que ahora profundiza sus espionajes en Internet, y la preservación de las incalculables ganancias de las corporaciones del entretenimiento y su soporte logístico, la red Internet, sin que el tema profundice el  verdadero robo del siglo de este recurso natural y estratégico perpetrado cada segundo de nuestras vidas, donde  la creación, las ideas,  son apropiadas  por parte de  estos verdaderos piratas del capitalismo cognitivo sostenido tanto por Estados como por las corporaciones de estas industrias.

 

Desde esta perspectiva, la propiedad intelectual está muy lejos de servir a sus objetivos iniciales, convirtiéndose en un instrumento legal que garantiza el control de las grandes compañías sobre la cultura, el arte y la tecnología. A la vez que  los derechos de autor, en lugar de respaldar a los verdaderos autores, que reciben migajas de su creación, están siendo utilizados para restringir las libertades de los ciudadanos, allanando el  mantenimiento del control de las grandes compañías sobre la creación y la distribución de libros, revistas, literatura, música, cine y software, acumulando ganancias y haciéndose de botines ajenos, también en nombre de la libertad del usuario.

 

Resulta interesante verificar, una vez más, la forma superficial en la que se instala este  tema tan estratégico como es la denominada piratería intelectual, poniendo la carga argumental en el  usuario, blanco de  los amigos de la censura y la apropiación,  y a la vez  reivindicado por otras corporaciones  desde  conceptos tan caros como “la libertad”, una idea universal resignificada como condición indispensable  para preservar la cueva de los verdaderos  apropiadores.

 

En estas circunstancias,  la propiedad intelectual, lejos de servir a sus objetivos iniciales, está siendo utilizada para facilitar el control de las grandes compañías sobre la cultura, el arte y la innovación tecnológica. De la misma forma, los derechos de autor, en lugar de incentivar a los verdaderos autores, que apenas se benefician de los mismos, están siendo utilizados para restringir el libre acceso a sus obras a favor del enorme bolsillo  de poderosas corporaciones económicas dedicadas a la cultura, al arte y la renovación tecnológica.

En alianza con el magnate de medios, Rupert Murdoch, el senador Patrick J. Leahy, autor de la ley PIPA, acusó a quienes rechazaron la medida de “proteger a delincuentes extranjeros, en lugar de proteger la propiedad intelectual de los estadounidenses, que así perderán puestos de trabajo”. En tanto, Barack Obama dice preocuparle encontrar una legislación capaz de preservar el derecho a la libertad de expresión, mientras da vía libre al FBI.  Ambos son voceros de la gran industria del entretenimiento más que de los trabajadores de la cultura, de ahí el extraño argumento chauvinista capitalista a pesar de sus cantos a la libertad y a los derechos ciudadanos.  Otra vez la olla de grillos y cantos de sirena donde se invocan recurrentemente  derechos universales. Una  mesa donde están muy lejos de sentarse los dueños verdaderos de la creación, el arte y la innovación.

 

Como el escorpión, la naturaleza del capitalismo cognitivo ayer como hoy, no deja títere con cabeza. Sus prácticas económicas sobre las producciones del conocimiento son habituales desde finales del siglo XX, y este será el gran debate que los trabajadores de la cultura estamos llamados a plantear junto a otros sectores de la sociedad mundial. Mientras tanto, en el pantagruélico banquete, a los verdaderos dueños de las ideas y la creación, apenas nos dejan sopa.

 

-Fuente: http://tiempo.infonews.com/notas/las-leyes-de-propiedad-intelectual-y-ciberguerra 

 

(*) Periodista. Secretaria general UTPBA.