18 junio, 2024

Arder o apagarse

Por Eduardo Verona.

Periodista. Miembro de conducción de UTPBA.

“Solo se puede elegir oxidarse o resistir”, grababa Javier Martínez en 1970 una de las estrofas de la  canción Una casa con diez pinos. Este artista multifacético que murió el pasado 4 de mayo a los 78 años, fue baterista, poeta, idealista, bohemio empedernido, blusero, jazzero, rockero, tanguero y líder espiritual y creativo del extinguido y muy valorado trío Manal, (surgió en 1968 y se disolvió en 1971), integrado por el citado Martínez, Claudio Gabis en guitarra, piano y órgano  y Alejandro Medina en bajo y teclados.

Oxidarse para la lógica existencial revelada por Martínez sería viajar al destino final descendiendo bruscamente en las expectativas y sin promover en la caída ninguna idea que fortalezca la esperanza, la ilusión y menos aún la utopía. Y resistir sería continuar viviendo convencido y convenciendo de que aún en el crepúsculo siempre vale la pena tensar la cuerda al máximo, aunque el diluvio criminal del capitalismo no admita ninguna tregua, salvo que ardan las velas. Y algunas veces las velas ardieron. Nadie lo olvida. Y aquellos ignorantes e inescrupulosos que lo olvidaron o quieren olvidarse, que lo tengan en cuenta. Y también tengan en cuenta que la memoria nunca abandona. Sin memoria o con una memoria fragmentada somos barriletes de plomo.

Alejandro Medina, Javier Martínez y Claudio Gabis, Manal

El canadiense Neil Young, quien formó parte en los 60 y 70 del influyente grupo de folk-rock constituido por su presencia, más Crosby, Stills y Nash, planteó como solista en una canción editada en 1979 que se convirtió en un verdadero himno del rock de todos los tiempos (Hey hey, my my), que es “mejor arder que apagarse lentamente”.

Nueve años antes que Young (en 1970), Martínez había celebrado la frase del arranque. Esas palabras demoledoras fueron algunas de las que terminó volcando en su carta de despedida Kurt Cobain (líder generacional e ideológico de la banda de rock Nirvana), quien con apenas 27 años y abrumado por la depresión y los estragos irreparables de la heroína se suicidó el 5 de abril de 1994 en su casa de Seattle, en Estados Unidos.

“Yo amo y me compadezco demasiado de la gente. Gracias a todos desde mi pozo en llamas, desde lo más profundo de mi estómago nauseabundo por sus cartas y su interés durante los últimos años. Soy una criatura voluble y errática. Se me ha acabado la pasión. Recuerden que es mejor arder que apagarse”, dejaba escrito Cobain, ya en trance directo al colapso inminente.

Neil Young.

John Lennon, pocos meses antes de ser asesinado a los 40 años por Mark David Chapman el 8 de enero de 1980 en las puertas del edificio Dakota, de Nueva York, intentó desarmar la alternativa de Young que afirmaba que es “mejor arder que apagarse”. Y sentenció mirando en perspectiva: “Odio ese poema. Es mejor desaparecer como un soldado viejo que quemarse. Si Young admira tanto ese sentimiento, ¿por qué no lo hace él? Porque él se ha desvanecido y vuelto otra vez a resurgir como todos nosotros. Yo me quedo con la vida y la salud”.

Ese puñadito de palabras que derramó Martínez en 1970 y Young hace cuatro décadas y media en una canción recordadísima que en la Argentina fue versionada por La Renga, Divididos y por Pappo, nunca quedaron sometidas por el olvido. Siguiendo el espíritu de Martínez y de Young y en un rasgo de adaptación libre, arder o apagarse lentamente continúa siendo una instancia crucial que atrapa a la humanidad. Y un laberinto teórico que trasciende con holgura el mapa activo de las religiones y de la incredulidad.

¿Qué tiene más valor, abandonar la travesía o continuar navegando aun en el marco de las grandes adversidades? ¿Huir o permanecer? ¿Irse o quedarse, en definitiva? ¿Renunciar o luchar hasta el último aliento? ¿Abdicar o perseverar, aunque haya que nadar contra las corrientes más temibles de las derechas, ultraderechas, liberalismos y fascismos explícitos maquillados por los mercenarios de la comunicación y por los estilistas y diseñadores globales de las mentiras flagrantes, la miseria programada y la muerte muchísimo más real que abstracta? 

Javier Martínez.

No hay certezas. No podría haberlas. La certeza intransferible es la que cada uno logra incorporar en la dinámica permanente de la vida. Tampoco hay verdades absolutas a las que aferrarse. Las verdades absolutas son en incontables ocasiones las mentiras absolutas. Lo que si hay son algunas aproximaciones. Aquel que elije irse cuando suenan los tambores amenazantes de la frustración y el desaliento, es muy probable que esté a merced de todas las tempestades. Aquel que elije quedarse a pesar del sonido de esos mismos tambores nunca armónicos, pacíficos ni afinados, es muy probable que no claudique ni en la antesala de las grandes definiciones.

Ese talentoso tipo que fue Javier Martínez no se oxidó ni se quemó. Resistió desde su refugio intelectual dándole a los parches de su batería, componiendo y cantando su canción hasta el último día. El día exacto en que la inminencia del desenlace lo obligó a despedirse. ¿Similar a lo que, por ejemplo, ocurrió con el Flaco Menotti, siempre muy tenaz, coherente  e indoblegable en su convicción? En algún plano, si, pueden manifestarse  algunas conexiones, a pesar que no existen dos hechos iguales. Existen algunos puntos de contacto que se van revelando. Y que dejan una constancia. Un punto de partida. Y un punto de llegada, cuando se apagan todas las luces y se encienden los legados.

¿Qué es lo que habría que hacer? Desde un ángulo romántico podría expresarse que la respuesta está soplando en el viento, como alguna vez confirmó en una canción el Premio Nobel de Literatura (otorgado en2016), Bob Dylan. Pero  solo con las luces espasmódicas del romanticismo no alcanza.

Kurt Cobain.

¿Oxidarse y resistir? ¿Arder o apagarse lentamente? La opción taxativa que enarboló primero Javier Martínez y después Neil Young hace casi medio siglo puede admitir la aprobación, el rechazo, la discusión, la polémica, el debate, la  disidencia y la confrontación. Para exponer esa idea, ambos apelaron a una especie de licencia intelectual. Y como toda licencia, para proyectarse (en este caso a las audiencias) necesita tener a mano respuestas de efecto inmediato e interpretaciones filosóficas y poéticas abrazadas a una lógica binaria universal. Sin terceras posiciones.

Una lógica binaria que ante el tenor de los acontecimientos (suicidio de Cobain, citando en la despedida un párrafo de Hey hey My my), Young intentó no reivindicar cuando decidió aclarar que lo que había compuesto solo estaba relacionado con los universos creativos y culturales del rock. Y no más allá de las fronteras del rock con los ascensos vertiginosos y descensos fulminantes de sus estrellas. Aunque quedó claro que Kurt Cobain lo entendió como una totalidad existencial. Y tomó el atajo final.      

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