… Yo vivía en el bosque muy contento, Caminaba, caminaba sin cesar.
Las mañanas y las tardes eran mías, a la noche me tiraba a descansar.
Pero un día vino el hombre con sus jaulas. Me encerró y me llevó a la ciudad.
En el circo me enseñaron las piruetas y yo así perdí mi amada libertad.
Conformate me decía un tigre viejo, nunca el techo y la comida han de faltar.
Solo exigen que hagamos las piruetas, que a los niños podamos alegrar…”
Cuando Moris, un precursor fundamental y notable del rock latinoamericano, tuvo la súbita inspiración de crear la letra y la música de El oso (acompañado en la grabación por Claudio Gabis en guitarra, Pappo en bajo, Javier Martínez en batería y el inglés Richard Green en el órgano), seguramente no se habría imaginado la innumerable cantidad de puentes, conexiones y sensibilidades que construyó con las distintas audiencias que se conmovieron y siguen conmoviéndose con su versión original.
Esa apelación poética tan directa como demoledora que trazó Moris en el amanecer de los 70 (hace ya 55 años) por supuesto trasciende con una holgura inabarcable la vida de un oso en cautiverio que luego de cuatro años de ser capturado por un circo recupera su libertad y vuelve al bosque para revincularse con la felicidad perdida.
¿Qué buscó Moris con la canción que una amiga de su esposa Inés González Fraga, propietaria de un jardín de infantes, le pidió en los finales de la década del 60? ¿Qué atractivo camino intelectual recorrió Moris para dibujar en pocas frases la síntesis y la metáfora del hombre suburbano (devenido en oso) preso de algún tipo de explotación capitalista? ¿Armó una potente y original proclama que pedía libertad en un período de la Argentina azotada por la dictadura militar de Juan Carlos Ongania, sucedido en junio de 1970 por Roberto Marcelo Levingston y en marzo del año siguiente por Alejandro Agustín Lanusse? ¿O la lírica y la narrativa de El oso terminó superando la búsqueda inicial del propio autor como ocurre con tantas obras resignificadas por los millones de testigos que la van interpretando y reinterpretando con el paso del tiempo?
Moris supo comentar en varias oportunidades que la estupenda e inolvidable canción que quedó inmortalizada como un auténtico tributo a la naturaleza y un himno a la libertad no tenía otro destino que ser una simple y rotunda ofrenda a los chicos de los jardines de infantes. Y que allí, sin segundas ni terceras intenciones, se termina el mensaje. ¿Fue así?

Aunque también en ocasión de una entrevista de hace un lustro junto a su hijo Antonio Biravent, Moris define la letra como “ecológica, pacifista en un momento donde hace falta paz y habla además de una vida natural mientras que en realidad estamos viviendo una vida bastante artificial donde prevalece la tensión y lo que hace falta es distensión”. Su hijo replica y argumenta: “Cuando tocamos El oso continúa produciendo en las personas una gran emoción. Es como un manifiesto del poder de la naturaleza y del poder del ser humano también “.
Debe ser por eso y por tantas otras cosas vinculadas a los gozos y las sombras del existencialismo que El oso sigue manteniendo una vigencia sorprendente y extraordinaria. ¿Por qué? Ni el autor logra precisarlo. Moris habla de “la emoción que transmite”. Más bien que no se refiere a la técnica. Ni a la mayor o menor perfección vocal. Ni a la gran sofisticación poética que la canción no registra. El oso remite al ejercicio de una rebelión organizada y fundamentada. Una rebelión celebrada por todos. O por casi todos. Sin solemnidades. Sin grandilocuencias. Con una claridad entrañable. Por eso perdura. Como una canción con perfume revolucionario que incluso permea en los corazones más reaccionarios.
“… Han pasado cuatro años de esta vida.
Con el circo recorrí el mundo así
Pero nunca pude olvidarme del todo
De mis bosques, de mis tardes, ni de mí
En un pueblito alejado
Alguien no cerró el candado
Era una noche sin Luna
Y yo dejé la ciudad
Ahora piso yo el suelo de mi bosque
Otra vez el verde de la libertad
Estoy viejo, pero las tardes son mías
Vuelvo al bosque, estoy contento de verdad…”