13 octubre, 2018

Exterminio

Por Raúl Dellatorre (*).- En pasos sucesivos, y a partir del mismo momento en que Cambiemos se hizo cargo del gobierno, el programa económico fue llevando al país a la situación de emergencia en que hoy se encuentra, no sólo económica sino también social y política. De la mano del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, no se puede esperar para los próximos meses más que una profundización de la recesión –herramienta a la que casi abiertamente apuesta el gobierno para terminar con la inflación-. Menos recursos del Estado para obra pública, menos transferencias de dinero a las provincias, más tarifazos y tasas de interés más altas que el 60 por ciento provocarán un freno a la economía que se irá extendiendo a más sectores. El propio gobierno espera que, por lo menos, durante dos o tres meses se mantenga un nivel de inflación alto (más del 3 por ciento mensual) y después se desacelere (volver al 1,5 a 2 por ciento), aunque parece difícil que baje luego más escalones si se mantiene la presión a la suba del dólar, lo cual parece inevitable.

El doble ajuste

¿Por qué emergencia? Porque el programa del Fondo establece un doble ajuste. El ajuste fiscal es la orden de reducir el déficit de las cuentas públicas, lo cual significa bajar violentamente los gastos del Estado salvo el destinado al pago de intereses y vencimientos de la deuda (por eso se habla de bajar el déficit “primario” y no el “financiero”, ya que el primero se calcula antes del pago de intereses). Esto significa que se frena uno de los motores de la demanda para cualquier economía: las compras públicas (los otros dos motores de demanda son el consumo y las exportaciones). Y va a existir una presión para que bajen los pagos de remuneraciones (salarios y contratos del Estado) y pagos previsionales (jubilaciones y pensiones), tanto en términos relativos (aumentos por debajo de la inflación) como absolutos (cancelación de contratos, despidos de personal, dar de baja jubilaciones otorgadas bajo regímenes especiales). Además, como se apurará la eliminación de subsidios, se acelerarán los aumentos en gas, electricidad, agua, transporte y combustibles. Las partidas para otros servicios del Estado (salud, educación, etc) ya tienen un fuerte recorte en el Presupuesto enviado al Congreso pero, además, hay orden a las distintas reparticiones ministeriales de achicar los gastos del presupuesto actualmente en ejecución (lo que se denomina subejecutar gastos, es decir gastar menos de lo originalmente autorizado).

La novedad del segundo acuerdo con el Fondo está dado por el ajuste monetario, que vino acompañado del desplazamiento de Luis Caputo de la presidencia del Banco Central. Es un cambio de estrategia en la política monetaria ante el fracaso de la anterior para frenar la corrida cambiaria (elevación del tipo de cambio y fuga de divisas) y la estampida inflacionaria. El objetivo principal de esta política es evitar el default o cesación de pago de la deuda, hacia la cual transitaba el gobierno hasta fines de septiembre. El plan puesto en marcha en octubre podría traducirse en la consigna: “sacrifiquen lo que sea necesario, pero no dejen de pagar la deuda”.  Sería el “sangre, sudor y lágrimas” para pagar la deuda de Nicolás Avellaneda, pero llevado a su máxima expresión. ¿Con qué herramientas? El Banco Central va a “competir” con el dólar ofreciendo a los que especulen la tasa más alta que pueda para que sea más atractiva que la devaluación, política que estrenó el lunes 1 de octubre con una tasa anual del 72 por ciento. Como, además, no va a emitir más pesos hasta junio de 2019, la consecuencia buscada sería que toda la masa de dinero que circula por la economía se sienta más atraída por la especulación financiera que por la compra de dólares o por el consumo en todas sus formas (ropa, muebles, electrodomésticos, vivienda, viajes, lo que fuera). Así, imaginan que el dólar dejaría de subir por falta de demanda especulativa y los precios dejarían de aumentar por caída de la demanda o recesión.

El experimento

Suena a experimento de laboratorio, y lo es. Pero hecho sobre una economía real, con seres de carne y hueso, la mayoría de los cuales no tiene capacidad de decisión sobre el destino de sus ingresos. Es decir, no deja de invertir en una cosa o de comprar un auto para destinar el dinero a otra,  sino que recibe un ingreso por su trabajo, si no lo pierde, y atiende sus necesidades vitales, si le alcanza. Y si no, consumirá hasta que le alcance, porque además a la tasa de interés que tendrá un préstamo o una tarjeta de crédito ya no podrá endeudarse.

En esa economía real, además, operan cientos de miles de empresas medianas y chicas que constituyen el núcleo más ancho de la economía. Con la caída de ventas que ya sufren y que se agravará, y con tasas de interés que le cortan la posibilidad del crédito bancario, tienen como destino el achicamiento de su nivel de operaciones o la desaparición. Hay que tener en cuenta, además, que la gran mayoría de estas empresas dependen de insumos o materias primas que tienen precios ajustados al dólar que todavía siguen recibiendo el impacto de las devaluaciones anteriores (se calcula que la devaluación por arriba de 28 pesos todavía se está trasladando a los precios). A todo ello, habrá que añadirle el impacto de la suba en las tarifas de luz y gas sobre esas mismas empresas.

La consecuencia de esta última parte del análisis es que se frena un segundo motor de la economía: el consumo interno.

Agujero cambiario

¿Qué puede pasar con el dólar? En principio, hay razones para pensar que la tendencia inercial es que va a seguir subiendo, porque hay causas estructurales que así lo indican y que este experimento monetario no considera. El dólar sube porque Argentina está inmersa en una crisis de divisas: importa más de lo que exporta (10 mil millones al año), no hay inversión extranjera sino fuga de divisas (más de 20 mil millones anuales), lo que gastan los argentinos en el exterior es más de lo que dejan los turistas extranjeros que llegan al país (otros 10 mil), y tiene una cuenta de pagos de intereses de la deuda superior a los 11 mil millones de dólares anuales. Por cualquiera de las “ventanillas” de cobros y pagos con el exterior, Argentina pierde (las ventanillas serían  1.Comercio exterior, 2. Transferencias de divisas, 3.Turismo, 4.Intereses de la deuda). El saldo negativo que le deja la entrada y salida de divisas es de 50 mil millones de dólares al año. Es más o menos la cifra por la que se endeudó por año este gobierno, hasta que los bancos y fondos del exterior le dijeron que no le prestaban más (entonces apareció el Fondo, justamente con otros 50 mil millones). La misma razón por la que no le prestaron más los fondos del exterior, es por la que ahora hay que pensar que el dólar va a seguir subiendo aun con el auxilio del FMI: esta política económica no cerró ese agujero en el fondo del barco por el que se le van 50 mil millones de dólares al año, ni con un dólar a 40.

La única respuesta que haría “exitoso” el experimento es que la brutal devaluación y recesión interna provoque un shock de exportaciones (el tercer motor de la economía). Si no hay consumo interno, vendan afuera, estaría proponiendo el FMI. Si el dólar está suficientemente alto, los salarios en dólares estarán baratos y eso “mejora la ecuación” entre precios en dólares y costos en pesos. Y si no hay consumo interno, bajan las importaciones. La clase media ya no podrá veranear en Brasil ni se irá a Chile de compras. Y a los capitales que se fugaban les convendrá quedarse por un tiempo aquí especulando en pesos con las tasas que se le ofrecen. Si así ocurre, el brutal ajuste habrá conseguido el “equilibrio” y la “estabilidad” buscada.

Pero más que el resultado final, bastante improbable, importa el proceso. Porque el plan ya está puesto en marcha, y resulte o no, en el camino va a provocar recesión, caída en el poder adquisitivo de los que conserven el trabajo, pérdida del empleo para muchos, un empobrecimiento generalizado de grandes capas de la población y un Estado, en sus distintas instancias (desde Nación a municipios) cada vez más ausente. Con o sin “equilibrio o estabilidad” final, el plan de exterminio está en marcha y las primeras consecuencias empiezan a ser palpables. Y serán mucho peores a medida que avance.

(*) Periodista.

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