28 agosto, 2026

Mark Fisher y la privatización del estrés

Catalina Camaño Amato

Comunicadora. Docente en Filosofía. Secretaria de Cultura de la UTPBA.

Encontrar esperanza en Mark Fisher ante la desazón y la anhedonia del capitalismo tardío parece un chiste, una ironía. Pero al final, acá nos encontramos.

Es irónico porque Mark Fisher (filósofo inglés, 1968-2017), tras abordar en varios de sus textos –como Realismo Capitalista o Los fantasmas de mi vida– la cuestión de la depresión y los trastornos de salud mental, terminó quitándose la vida en 2017. Parece un chiste porque Mark Fisher nos da consuelo, nos da respuestas, nos da contención al teorizar sobre la cuestión. Al mismo tiempo es un recordatorio de que el problema no es solo teórico.

En Realismo Capitalista, Fisher se preocupa por las cifras de depresión en jóvenes de Inglaterra y observa el problema entre sus propios estudiantes. Es interesante que no plantea la depresión en términos típicos, como la imposibilidad de sentir placer, sino al contrario: define la anhedonia como la imposibilidad de hacer cualquier cosa que no sea buscar placer. No soportamos el displacer.

Hoy, Mark Fisher nos sirve para pensar nuestra propia contemporaneidad y región. Los datos en Argentina son preocupantes: según la OMS, el 28,1% de la población presenta síntomas de ansiedad o depresión. Y la problemática no hace más que crecer: según un estudio de la UCA, entre 2010 y 2024 estos problemas escalaron del 18,4% al 28,1%. Eso significa que 3 de cada 10 argentinos padece alguno de estos trastornos. En cuanto a los problemas de descanso, Argentina supera la media mundial, y la UBA determinó que el 59% de los argentinos sufre dificultades para dormir. A esto se suma una cifra alarmante: la tasa de suicidios en jóvenes argentinos no ha dejado de aumentar en la última década, consolidándose como una de las principales causas de muerte en el grupo etario de 15 a 34 años, según el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC). La Asociación Argentina de Salud Mental, la AASM determinó que hoy la argentina tiene la tasa de suicidios más alta de su historia y por encima del promedio mundial.

Realismo Capitalista no es solo el título del libro hit de Fisher del 2009, sino también un concepto que designa la imposibilidad de imaginar un futuro y un mundo posible por fuera del capitalismo. El realismo capitalista va más allá de la naturalización de las relaciones de producción: nos deja efectivamente convencidos, incluso a nivel corporal, de que no es posible un mundo fuera del capitalismo, y de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el final del sistema. Por eso toma, entre otras referencias, la película Children of Men (2007), de Alfonso Cuarón, una peli distópica que sucede, graciosamente, en el 2027, en donde las personas ya no pueden tener hijos y la sociedad está al borde del colapso. O sea, nos es más fácil imaginar Children of Men que un futuro sin capitalismo.

Fisher considera que la única crítica posible al sistema es mostrar sus propias aporías, sus incoherencias: 1) la destrucción de la naturaleza; 2) los problemas de salud mental; 3) la burocracia del neoliberalismo. Y se enfoca principalmente, quizás por un interés personal, en la segunda: la cuestión de la salud mental. Fisher se pregunta: “¿Cómo se ha vuelto aceptable que tanta gente, y en especial tanta gente joven, esté enferma?” (P.33, Realismo Capitalista). Él lo nota en sí mismo y en sus propios estudiantes que, en vez de estar movilizados, están deprimidos.

La clave de Fisher es que la salud mental no puede ser pensada sólo desde perspectivas químicas, neurológicas o familiares, como propone el neoliberalismo. El problema es social, remarca una y otra vez. Son justamente las transformaciones sociales del posfordismo las que nos han llevado a la privatización del estrés y a la culpabilidad individual ante un problema que es evidentemente colectivo. Basta mirar el entorno en el que estamos inmersos: los celulares son nuestras cárceles de consumo. Scroll, scroll, scroll, un continuum infinito de consumo y dopamina que condiciona nuestra percepción del tiempo: el tiempo se fractura, la atención se dispersa. Fisher lo ve en sus clases: a sus alumnos les resulta “aburrido” leer, y caen en lo que él llama “la lasitud hedónica: la narcosis suave, la dieta probada del olvido: Playstation, TV y marihuana”. (P.38)

Entonces, nos vendieron el sistema neoliberal como el sistema de la libertad individual, pero en lugar de que cada individuo se proyecte a sí mismo y se produzca libremente como sujeto, cae en la adicción al entretenimiento, que hace imposible la concentración, la planificación, la movilización. Si es más fácil que se termine el mundo a que cambie el sistema, ¿para qué intentarlo, no? Ese es el gran triunfo del capitalismo tardío.

Otro punto en el que se centra Fisher es la incoherencia discursiva del neoliberalismo respecto de la burocracia. Todo lo que Occidente criticaba del bloque soviético –la famosa burocracia– es en lo que hoy el capitalismo se ha convertido. La dinámica burocrática empresarial impregna absolutamente todos los vínculos. Y además, ya no hay espacios en comunes que nos permitan reconocer nuestro malestar como político.

En definitiva, el capitalismo realista presenta una imagen de sí mismo que nada tiene que ver con lo que en verdad es, y para Fisher hay que ocuparse de mostrar justamente esas incoherencias.

Fisher es muy preciso en notar que el cambio social tras el derrumbe del fordismo necesita de una transformación en la política. Tendremos que encontrar una nueva forma, aún deprimidos, aún ansiosos, una resistencia que evidencie la imagen perversa del realismo capitalista. Tendremos que encontrar, como dice fisher algo que vaya más allá de una “apatía descorazonada”.

Mark Fisher y la privatización del estrés

Catalina Camaño Amato

Comunicadora. Docente en Filosofía. Secretaria de Cultura de la UTPBA.
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