¿Para qué vamos al cine o miramos una película por la tele? ¿Para qué vamos al teatro a ver una obra o un recital musical de un artista preferido que quizás nos conmueve o nos defraude? ¿Para qué vamos a la cancha o disfrutamos o padecemos al mismo tiempo un partido de fútbol en un canal abierto o de cable?
¿Para qué nos encontramos con un amigo o amiga o con un compañero de trabajo en un barcito cualquiera o en una confitería marca registrada a tomar un café o una cerveza y comer un tostado? ¿Para qué nos detenemos y charlamos en la calle, en un negocio o en cualquier lugar público con un transeúnte ocasional que nos dispara una ocurrencia? ¿Para qué leemos un libro, un diario, una revista, un texto en la compu o en el celu? ¿Para qué…?
La lista en forma de pregunta puede extenderse según la imaginación y la iniciativa de cada uno. Las respuestas, por supuesto, pueden y deben ser muy variadas. Hace ya muchos años, el fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano (autor de “Las Venas abiertas de América Latina”, entre otras obras), aseguró que no era más “que un mendigo del buen fútbol”. Y agregó: “Yo voy por los estadios del mundo, sombrero en mano, suplicando una linda jugadita por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano el club o el país que me lo ofrece”.
Quizás este puñadito afortunado de palabras que eligió Galeano en su libro “El fútbol a sol y sombra” publicado en 1995 y resignificado y reeditado en cada Mundial, pueda servir para ilustrar para qué hacemos todo lo que hacemos. ¿Cuál es el objetivo real y simbólico de todas las actividades cotidianas más simples o más complejas que llevamos a cabo? Mendigar “una linda jugadita” es muy probable que en versión libre también sea mendigar una buena frase, una idea más o menos valiosa o interesante, un buen razonamiento, una buena argumentación aunque sea contraria a nuestro parecer, una buena y rica experiencia bien contada, una palabra o un gesto o un rictus inspirado que aparezca en el cine, en la tele, en un bar, en una cancha, en un negocio, en la calle, en un medio de transporte. En cualquier lado en definitiva.
Es algo así como perseguir con cierta determinación, ahínco y perseverancia en la dinámica errática de la vida un pequeño rapto de belleza que nos cautive y hasta nos enamore. Un cachito de belleza para ir sobrellevando la cabalgata interminable de episodios que se van sucediendo. Es buscar con paciencia y a la vez con urgencia una especie de alivio. Una caricia atractiva que nos devuelva un bienestar pasajero. Una inspiración. Un recreo que vale la pena tomarse. Un poquito de talento para atenuar la carga cada vez más densa y pesada que nunca se toma franco.

Ese hallazgo tan particular y tan expresivo de Galeano para mendigar “una linda jugadita por amor de Dios” no deja de ser un estímulo formidable que nos interpela a todos, todos los días y todas las noches. Una necesidad esencial de apagar, aunque sea de manera momentánea, los pequeños y grandes incendios que nos terminan imponiendo los desafíos existenciales de ayer y de hoy. Seguir para esperar algo a cambio.
Algo que no será una gran retribución. Ni una recompensa efectiva que nos ponga a salvo del diluvio que no cesa. Pero son devoluciones mínimas que alientan el marco inestable de la travesía. Como si fuesen pastillitas milagrosas que nos entibian el alma. Para eso vamos al cine, al teatro, a una sala under, a una cancha, a una confitería. Por eso dialogamos con el muchacho o la chica que atienden en un bar; leemos un diario, un libro, una revista, un texto digitalizado; cambiamos impresiones con desconocidos y charlamos con los vecinos con más o menos preocupación de cosas triviales y no tan triviales que no se agotan nunca.
¿Qué es lo que en realidad nos empuja a frecuentar este tipo de escenarios alejados de cualquier formalidad académica? ¿La curiosidad que no se detiene? ¿La angustia colectiva que nunca se rinde? ¿El interés específico por algún tema? ¿La complicidad de compartir una esperanza, una ilusión, un duelo? ¿Las ganas no ocultas de contar lo que vimos y vivimos? ¿Los deseos apreciados de transmitir una emoción, una pasión, un dolor, una nostalgia, un amor, un sueño, una alegría circunstancial? ¿O es todo eso y algo más lo que logra clausurar indiferencias y bloquear neutralidades?
Hace varias semanas, José Luis Lanao, aquel ex jugador de la selección juvenil campeona del mundo en Japón en 1979 (con ese equipazo que dirigió el Flaco Menotti y en el que brilló Maradona con 18 años), escribió en Página 12 con la calidad literaria que lo distingue: “Un recuerdo, una broma, una mirada. Eso es la belleza. Eso y un poco más”.
Quizás allí, en ese laberinto encantador, resida un gran refugio del pensamiento en el que es válido cobijarse. Es cierto, son pocas cosas. Cosas simples, nada sofisticadas, pero muy significativas. Y perdurables. Es lo que siempre vamos a buscar en cualquier contexto y en cualquier territorio. Es la imagen, la palabra y el gesto (deportivo, cinematográfico, teatral, poético, amistoso…) que nos reconforta. Es la “linda jugadita” que reclamaba Galeano en tiempos siempre inciertos. Es el encuentro no marcado ni previsto con la inspiración y la belleza que nos alienta. Con ese talento ajeno breve y espontaneo que nos cubre y nos protege. Hasta la próxima estación. Y hasta el próximo amanecer.