“Después de muchos años me encontré con lo que no me quería encontrar. Es otra Italia a la que yo conocí cuando era un chico. Una Italia peor. Mucho peor. Demasiado norteamericanizada. Otra vida. Otras maneras de relacionarse con la gente. Otra forma de vivir, de sentir, de ver, de pensar, con la que yo no coincido ni voy a coincidir. Y la verdad es que en esas cuatro semanas en Italia la pasé mal, más allá del trabajo que tenía que hacer.
Porque me hizo recordar cómo eran las personas en aquellos años en que yo era un pibito que jugaba en la calle, que estaba en la casa de mis amigos comiendo pan con tomate como merienda, que disfrutaba compartiendo lo poco que teníamos. Con lo que me encontré es con una Italia muy desesperada y angustiada por el consumo, por mirar con celos y envidia lo que logró conseguir el de enfrente, con el egoísmo muy metido en la piel hasta en los pequeños gestos. Por eso cuando volví a la Argentina me sentí agotado. Y frustrado de ver a Italia peor de lo que me había imaginado. La verdad, es que el ultra capitalismo la hizo mierda”.
Corrían los primeros años de la inspiradora y trágica década del 70. Yo era un adolescente que cursaba la secundaria en un colegio del centro de Avellaneda. El tío Alberto (italiano de origen, estaba casado con la hermana menor de mi vieja, que le llevaba 15 años) nos visitaba para hacer junto con su esposa y sus tres hijos algo que le encantaba: una lasagna monumental que le demandaba tiempo, energía y un grado de logística que nunca terminé de entender.
Durante la preparación made in Italy, de alto voltaje culinario, Alberto, que era ingeniero mecánico, hablaba con entusiasmo de lo fundamental que era cocinar con productos de muy buena calidad, intercalaba graciosas experiencias y anécdotas laborales, también le dedicaba algunas palabras al fútbol que nunca lo apasionó ni lo interpretó, hasta que mi viejo, así, fuera de contexto, le preguntó por su reciente viaje a Italia en función del trabajo calificado que tenía en la Argentina en la empresa FIAT, que lo envió a Turín durante un mes para perfeccionarse y adquirir mayores conocimientos.

Como si fuese hoy, tengo muy presente que Alberto en la pequeña cocina de una casita humilde del suburbio construyó con énfasis y hasta cierta resignación su monólogo que ahora evoco, como lo evoqué en tantas otras oportunidades ante compañeros, familiares y amigos. Pasaron los años veloces y ligeros y nunca más le escuché a Alberto ese testimonio, seguramente porque nunca volvió el tema a instalarse. Pero esas definiciones rotundas de ese hombre elegante, fino y sutilmente vehemente que se enorgullecía de considerarse “un eslabón duro de la izquierda”, nunca me abandonaron. Aquel breve y esclarecedor monólogo en una escena familiar tan común a otras escenas similares o iguales, lo conservé en mi memoria y aunque en su momento no lo enfoqué como algo valioso y perdurable, con el tiempo lo fui resignificando hasta el día de hoy.
Lo que había dicho Alberto aquel mediodía de verano de un domingo cualquiera era una síntesis fenomenal que incluía una filosa y aguda mirada política, ideológica, social, cultural y existencial. Aquella Italia humilde, expresiva hasta la exageración, austera y solidaria que lo había cobijado siendo un pibe (imposible no relacionar estas postales con las estupendas películas del neorrealismo italiano), luego de la posguerra se había desarrollado económicamente con el apoyo del dólar de Estados Unidos (el Plan Marshall), pero había tenido que dejar por el camino retazos de su auténtica y verdadera identidad. Las fases centrales y las exigencias taxativas que naturaliza el capitalismo la habían vaciado de valores. De los valores que él precisamente reivindicaba.
Eso advertía y describía Alberto sin extenderse en demasiadas consideraciones. Eran suficientes. Y eran clarísimas. No mostraba enojo, odio contenido, lágrimas ni resentimiento. Nada de eso. Revelaba templanza y convicción frente a una realidad inocultable que lo hería. Y que le revolvía el estómago. Las viejas fotos del pasado (los recuerdos, en definitiva) no estaban atadas a la nostalgia romantizada ni a la melancolía irremontable. Hablaba de otras cosas. De todo lo que se perdió. De todo lo que se entregó. De todo lo que se resignó. De la degradación y decadencia ya cristalizada y planteada en términos políticos y culturales que se siempre se manifiesta en los pequeños episodios y en las grandes decisiones de la vida.
El tío Alberto que conocí no fue exactamente aquel tío Alberto bohemio, seductor y burgués que supo retratar e inmortalizar el catalán Joan Manuel Serrat en aquella hermosa canción de su álbum Mediterráneo editado en 1971. Fue un tipo con conciencia de clase. Un puro y claro emergente de su tiempo.