A propósito de Messi y su decisión de no jugar más para la Selección, vale reproducir lo que nos dijo Guillermo Vilas en la primera quincena de septiembre de 1990, cuando luego de una entrevista frustrada por una confusión respecto al horario pactado, nos invitó al día siguiente a dialogar en su amplio piso de una torre muy próxima a Plaza Francia: “Son muchos los que me dicen que no tendría que haber extendido tanto mi carrera, que así pongo en juego todo el prestigio y reconocimiento que gané y que debería haberme retirado cuando estaba en mi plenitud o ahí nomás y no perder con cualquiera como me pasó en los últimos tiempos. La verdad, a mí me queda la enorme satisfacción de despedirme cuando yo quiero y no cuando lo quieren los demás. Lo que quizás no entienden como deberían entenderlo es que jugar al tenis me hace muy feliz. Yo disfruto jugando al tenis. Y lo voy a seguir haciendo hasta que no pueda más o cuando vea que ya no tengo ninguna posibilidad de competir. Para mí, aceptar la edad es aceptar la vejez”.

Aquellas palabras a corazón abierto que nos regaló Vilas hace 36 años cuando ya se había alejado del tenis (reapareció en el 92 jugando el Abierto de Atlanta y otros torneos menores) le salen al cruce a ciertos retiros de grandes deportistas en condiciones físicas y técnicas notablemente superiores a las que
ostentaba el extraordinario tenista argentino. Por ejemplo, Messi. O antes, Angel Di María cuando luego de obtener la Copa América con Argentina el 14 de julio de 2024, anunció que dejaría de jugar para la Selección, privándose de participar en el último Mundial.
Es cierto, son decisiones individuales que pertenecen a la esfera privada. Pero son personajes públicos sujetos a distintas opiniones. En ese marco, formulamos dos preguntas: ¿no se equivocaron Messi y Di María en cerrarles las puertas a la Selección, teniendo en cuenta el nivel físico, técnico y futbolístico que muestran en todos los partidos que disputan? ¿No se apresuraron aunque Messi tenga 39 años y Di María 38?

Vilas nos planteó que seguiría jugando por una razón fundamental: lo hacía feliz. Y si lo hacía feliz no consideraba abandonar dejando de lado los consejos o sugerencias de periodistas, amigos y caretones del ambiente. La diferencia fundamental es que Vilas transitaba el ocaso irremediable de su brillante carrera. Mientras que Messi y Di María, por el momento, no dan señales de un ocaso inminente. Continúan jugando en función de sus reales capacidades, desinstalando con una convicción inquebrantable cualquier tipo de dudas respecto a sus actualidades. Messi, sobre todo, es una verdadera maravilla artesanal capaz de convertir goles y golazos con una continuidad asombrosa. Y Di María no pierde oportunidad de jugar como un crack.
¿Por qué decidieron lo que decidieron en relación a la Selección? ¿Porque resignaron la chance de nutrirse de esa felicidad intransferible que implica seguir vistiendo la camiseta nacional? ¿Porque sintieron que estaban obstruyendo la etapa de renovación del plantel? ¿Porque advirtieron que iban a dar ventajas físicas explícitas a los adversarios? Nadie podría suscribir con una argumentación convincente esa posibilidad. ¿Y entonces? Surge como la hipótesis más creíble el temor o la íntima convicción de no poder estar en el futuro inmediato a la altura de las exigencias ajenas y defraudar en un plazo cercano. En definitiva, la apuesta que eligieron es no hacer lo que aún les produce muchísimo placer hacer, como afirmó Messi en su adiós en el 3-0 ante Benín. Y terminar dependiendo de la mirada de otros. De la validación externa. Y de la aprobación estruendosa de otros. En definitiva, prefirieron no arriesgar. Aun a costa de resignar su propia felicidad.
¿Se equivocaron? ¿Estuvieron acertados? ¿No habrá nada en el medio de estas dos opciones extremas? Lo indiscutible es que se despidieron de la Selección cuando aún tienen contenidos muy significativos y valiosos para ofrecer. No para seguir jugando por el recorrido y la chapa que adquirieron ni por los laureles conquistados. Siguen existiendo altísimos recursos y fútbol de gran calidad en Messi (en primer lugar) y en Di María como para continuar ligados a la Selección con una aprobación unánime.
Fue distinto lo de Maradona. Después de aquel episodio sospechoso y traumático en USA 94 cuando le detectaron dóping luego del partido ante Nigeria (siempre quedó la potente sensación que el poder real encriptado en Estados Unidos le facturó su cercanía a Cuba y a Fidel), nunca más logró recuperarse aunque haya jugado para Boca hasta el 25 de octubre del 97 frente a River en el Monumental. Messi, en cambio, revela que continúa estando en la cima del fútbol mundial, aun jugando en una liga de tercer o cuarto orden y en un club menor como el Inter Miami. El caso de Di María también es muy notable: es uno de los jugadores más destacados y desequilibrantes del fútbol argentino, capaz de ganar un partido o incluso un título a favor de su influencia.

¿Podían continuar en la Selección sin que nadie les regalara nada? Está claro que sí. Pero también está claro que decidieron lo contrario. Hoy, no parece una medida que los pueda colmar de alegría y felicidad, más allá de las declaraciones diplomáticas, los emprendimientos empresariales que lideran (que no son
pocos), las particularidades de cada caso y los festejos ocasionales en el Inter Miami y en Rosario Central.