Extracto de la nota “Pensar a China antes de conocerla”, por Catalina Camaño Amato, Secretaria de Cultura de la UTPBA.
China nos invita a preguntarnos si las categorías occidentales mediante las cuales entendemos el Estado, el desarrollo, la democracia y la modernidad son suficientes para dar cuenta de su propia experiencia histórica.
Durante mucho tiempo, la imagen de China en Occidente osciló entre el exotismo y la desconfianza. Se la retrató como un Lejano Oriente misterioso, como una civilización digna de admiración solo cuando su patrimonio cultural podía exhibirse en museos europeos, o como un gigante económico reducido a cifras de producción. Sin embargo, la continuidad histórica de una civilización milenaria que ha atravesado profundas transformaciones sin perder su identidad hace que China sea difícil de reducir a los marcos convencionales de la interpretación occidental.
Hoy, el mundo habla de China por razones profundamente materiales. Según el Banco Mundial, cerca de 800 millones de personas han salido de la extrema pobreza en las últimas cuatro décadas, lo que representa aproximadamente el 75% de la reducción global de la extrema pobreza durante ese período. Esta transformación económica ha estado acompañada de una inversión pública sustancial en infraestructura, educación, ciencia y tecnología.
Los indicadores sociales reflejan parte de esta transformación. Según el Instituto de Estadística de la UNESCO, la tasa de alfabetización de adultos en China supera actualmente el 97%, mientras que los nueve años de educación obligatoria se han vuelto prácticamente universales. Estos logros han ampliado las oportunidades educativas para cientos de millones de personas y han sentado las bases para un desarrollo científico y tecnológico que ha posicionado a China entre los principales centros de innovación del mundo.
Una transformación similar puede observarse en el ámbito ambiental. Tras décadas de acelerada industrialización que convirtieron a China en uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero, el país se ha transformado en una fuerza líder en la transición energética global. Según la Agencia Internacional de la Energía, China concentra la mayor expansión de energía renovable del mundo, produce alrededor del 80% de los paneles solares a nivel global y lidera la fabricación de baterías y vehículos eléctricos.
Por todas estas razones, resulta imposible pensar la gobernanza global del siglo XXI sin considerar la transformación de China. Sin embargo, hablar de gobernanza global no significa sugerir que China pretenda gobernar el mundo. Más bien, nos invita a preguntarnos cómo China está contribuyendo a la construcción de un orden internacional en el que la toma de decisiones ya no dependa exclusivamente de un único centro de poder.