Dice el diccionario de la lengua española sobre la palabra sopor: es un estado de adormecimiento, somnolencia profunda o letargo del que es muy difícil despertar. ¿Con que asociamos y vinculamos el sopor? Quizás con la falta de reacción mínima ante problemas concretos y efectivos. O con la ausencia sistemática de dar una respuesta física y emocional acorde al tenor y el volumen de las circunstancias. O con una deuda notable de argumentación y contenido para afrontar lo que se nos va presentando. O con una lentitud y agobio exasperante para advertir que es lo que está ocurriendo. El sopor, en versión libre sería una especie de mochila pesadísima e insufrible que puede derrumbar al más pintado.
¿Cómo se manifiesta socialmente? Con una calma y pasividad insuperable frente a episodios que demandan otros planteos, otras acciones y otros desenlaces. Una calma y pasividad de registro casi patológico que hasta contempla cerrar los ojos y clausurar la audición frente a evidencias negativas incontrastables. No es hacerse el boludo ni fingir demencia, como se estila decir en estos días. Es estar en otra dimensión. Y en otro escenario que trasciende los perfiles propios de la realidad. Por supuesto, nada superador ni nada valioso. Todo lo contrario.
¿Un largo y abrumador listado de sociedades capitalistas hoy viven colonizadas por el sopor? La pregunta no admite ambigüedades: salvo gloriosas excepciones como se viene manifestando en algunos núcleos duros del paisaje europeo y en Brasil con la victoria ejemplar de Lula, el sí es clamoroso. Fatalmente clamoroso. En general prevalece el sopor. Se impone con una gradualidad y prepotencia que se convierte en letal, naturalizando su desarrollo y expansión. Como si fuera una instancia lógica que emprende un viaje en muchísimos casos sin retorno.

Es la sociedad adormecida y quemada en la que se ejecuta diariamente la teoría de la resignación. Una resignación en clave falsa de antipolítica. Es la no reivindicación de la política. Su negación explícita. Su bloqueo. Su escepticismo sin equivalencias. Aunque esa manera estratégica de defenestrar la virtud política es una forma muy extendida de hacer política bajo otras condiciones que neutralizan cualquier iniciativa. Las redes antisociales van instalando esa sensación colectiva. La diseñan, la programan, la coordinan y la administran sin pausas. El sopor gana un enorme espacio de difusión en las anchas avenidas y en las callecitas polvorientas. Impone sin obstáculos ni frenos eventuales esa atmósfera narcotizada que aplasta, que reduce, que fragmenta, que desintegra el tejido social y lo expone despojado de relieves y de conocimientos. El mundo que se percibe desarrollado y organizado lo padeció y lo padece, más allá de algunos valiosos espasmos de rebeldía que ilusionan. El otro mundo, siempre en estado de emergencia y bajo los efectos de crisis de altísimo voltaje, lo vivió y lo vive como una abstracción trágica que se repite y se multiplica hasta el hartazgo.
La cadencia aletargante del sopor termina constituyéndose en una obra en construcción permanente. Una minoría intensa que se radicaliza y se propaga en el Viejo Continente ve y anticipa la magnitud inminente del colapso. Pero por el momento son minorías que hoy no están en condiciones objetivas de protagonizar a gran escala y de influir de manera rotunda y estructural en la matriz corrompida y mafiosa del poder cristalizado. Por ahora, esas minorías observan, agitan, comprometen, participan, denuncian, pretenden incendiar la pradera (que no es poco) y analizan la dinámica catastrófica del suceso. Es describir la hoja de ruta del Titanic cuando va en búsqueda del iceberg. En ese tránsito no alcanzan a expresarse con la potencia ni los recursos suficientes las voces y actitudes de esa minoría que intenta ser una bandera de lucha, resistencia y de acumulación política sin liderazgos definidos.
Lo que tampoco hay es equilibrio simbólico ni real en la disputa ideológica. No hay paridad comprobada en la batalla cultural. El sopor es una herramienta planificada por el poder hegemónico. Es una línea de acción directa de amplio alcance psicológico que busca desvanecer cualquier atisbo de rebeldía. Es una “inteligencia” al servicio de las plataformas de comunicación (cooptadas por el neoliberalismo criminal) que operan las 24 horas de cada día los 365 días del año. Es, en definitiva, el capitalismo en sus distintas fases disfrazado de vanguardia y prosperidad irradiando su destrucción sin medir vidas, costos, recursos ni daños colaterales. Los testigos inocentes que pertenecen al campo de las mayorías quedan congelados y sumergidos en el sopor. Hasta que quizás un día o una noche se despierten. Y ocurra lo que tendría que ocurrir.