6 agosto, 2026

El riesgo de conquistar a la chica más linda

Por Eduardo Verona.

Periodista. Miembro de Conducción de la UTPBA.

Era un muchacho del suburbio que andaba entre los 23 y los 25 años. Siempre lo ví trabajando en calidad de empleado en un pequeño local de venta de discos y algunas pocas prendas de vestir volcadas a cierto estilo hippie al que recurrían pibes y pibas del barrio. El empilchaba sin rebusques, matizado con un look de pelo muy largo con onda desprolija: zapatillas blancas o negras, jean muy gastado, remera de manga corta o larga blanca y campera de jean en invierno y verano. Eso sí: tenía una facha que hacía suspirar emocionadas a las chicas de la zona.

Los viejos de este muchacho del suburbio que conocimos con el apodo de Diel, trabajaban en el Correo. Diel jugaba bien al fútbol. No muy bien, pero entendía de que se trataba esto de manejar la pelotita, dársela a un compañero y meter cuando podía alguna gambeta que él decía en joda que eran las gambetas made in Bochini.

Una tarde Diel nos dijo que no sabía muy bien porque una piba de clase media que iba a una universidad privada y que asistía al negocio que él atendía lo había invitado formalmente a una celebración de cumpleaños en un salón muy paquete cercano a la confitería La Biela en la Recoleta. La tarjeta invocaba que había que ir de “elegante sport”. Diel se reía y nos decía: “¿Qué es elegante sport? Si yo no tengo un carajo de pilchas. Si voy, voy con lo que tengo. Y si no me dejan entrar y me rompen las bolas me las tomo. No me voy a comprar un saco para esta gilada”.

Ese sábado por la noche, fue hasta la Recoleta, nos contó al otro día en la previa del breve viaje a la cancha. Y fue con lo de siempre: zapatillas blancas, remera larga y blanca y campera de jean. Como era previsible, en la puerta principal del salón, miraron la tarjeta pero no lo dejaban entrar porque el “elegante sport” brillaba por su ausencia. Dijo que había sido especialmente invitado por la agasajada. En principio no le creyeron, pero ante la insistencia, terminaron llamando a la chica quien autorizó su ingreso.

Apenas entró se sintió sapo de otro pozo. Mucho caretaje, mucha ropa cara, muchas caritas sin swing, como diría el querible Loco Gatti y muchas mesas atestadas de tipos y tipas que levantaban las copas y brindaban como se suelen brindar en estos eventos sociales: a pura risa y quizás a puro espanto.

Las amigas de la agasajada y las compañeros de ocasión a las que nunca había visto, lo habían fichado sin disimulo. La facha trascendía con holgura monumental el bendito “elegante sport”. Los amigos y compañeros de la agasajada también lo habían fichado. Diel era competencia pura. Y compitió sin quererlo. La piba más atractiva de la noche urgente que tenía a muchos candidatos haciendo fila como babosos irredentos, le clavó la vista a Diel. El no bajó la cabeza. La miró, le guiño un ojo con discreción y le regaló una sonrisa leve. El impacto fue instantáneo. La fiesta siguió su curso. Los flacos se mordieron los labios. Un humilde intruso de un suburbio del sur se había quedado con la fragancia y la sensualidad de la piba más linda. Ellos no lo podían creer. Los caretones con aire de suficiencia y arrogancia machista perdieron aún jugando de local. Y reaccionaron. ¿Cómo? Con la calentura propia de los boludos. Intentando bajarle al precio a Diel. Inventando que andaba en manos raras. Y que la piba la iba a pasar mal. No fue así. Para nada. 

Este viaje al pasado nos lleva al presente. A los acontecimientos que conmovieron a la sociedad argentina en junio y julio de 2026 con la altísima vibración que irradió la Selección durante el Mundial. Es cierto, no era el gran candidato Argentina para repetir lo que había conquistado en Qatar el 18 de diciembre de 2022 en la final inolvidable ante Francia. Los grandes favoritos según la prensa internacional eran Francia, España y por debajo de ellos Inglaterra y Portugal. Argentina no figuraba. Estaba completamente fuera del radar. Y además la crema europea, como ocurrió en tantas ocasiones, la quería fuera del radar. Un país sudaca que no fuera Brasil siempre es subestimado y criticado sin piedad en el ombligo europeo. En especial, si se trata de Argentina. Como Diel: no tiene pilcha, no tiene linaje ni aristocracia, no tiene un perfil acorde a la magnitud del escenario. Pero tiene facha como Diel. En este caso la “facha” es la jerarquía, la calidad y la personalidad indiscutible de los jugadores. 

Aquella noche de arranque de los 80, Diel poco menos que fue un invitado de piedra a una fiesta  muy ajena. Pero ganó. Se ganó el corazón de una piba muy bella. La más bella de todas las que fueron a cantar, bailar y celebrar. No lo tenían a Diel como el gran protagonista. Pero lo fue. Y se retorcieron de dolor y bronca los que desean siempre disfrutar e imponer sus privilegios que perciben como derechos adquiridos.

La Selección también suele ser mirada por la crema europea como una invitada de piedra a la épica mundialista. Ni antes con Maradona ni ahora con Messi la miran con simpatía. Todo lo contrario. No es cierto que Argentina en Qatar tenía el caballo del comisario. O la anuencia explícita de la FIFA y del pelado botón de Gianni Infantino, como repiten los infaltables puristas del establishment periodístico que se adjudican la neutralidad y la asepsia. El tema es que en Qatar, Argentina volaba en la cancha. Y Francia vio el vuelo en vivo y en directo en la final, aunque la consagración haya llegado en la definición por penales.

Siempre les dolió en el alma y en las tripas a los europeos que un equipo argentino o una selección nacional se quedara con la chica más linda. Consideraron sin explicarlo que la fiesta era para ellos. Y solo para ellos. Los propietarios del show. Los que se consideran los halcones del fútbol mundial. La realidad es que varias veces perdieron. Y perdieron contra Argentina. Esas heridas no menores no suturaron nunca. Siguen y seguirán abiertas. Quizás por eso en cada oportunidad que se les presenta vuelan los cascotazos en forma de descalificaciones y variedad de mentiras.

La clave es que la Selección de Messi, el Dibu y Scaloni volvió a estar ahí. Como Diel en aquella noche improvisada. Ahí, donde otros quieren estar y no les alcanza. Aunque vayan de “elegante sport”.       

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