La ficción suele ser un camino que guía a lo verdadero. La literatura, en este sentido, se reconoce en un campo fértil de demostraciones. “Lo fantástico -dice Luciano Lamberti– objetiva y vuelve literales los sentimientos…”. Aunque, también, se ha encargado de subrayar que “lo que pasa en la literatura se queda en la literatura”. Palabras de escritor, no menores, al fin y al cabo.
Con el sello de preocupaciones apocalípticas la iniciativa del ingeniero agrónomo estadounidense Cary Fowler se hizo realidad en 2008. Desde entonces, en el archipiélago noruego de Svalbard se guardan en una bóveda especial semillas de todas las especies vegetales del mundo.

Más próximas a nuestras fronteras, las prácticas ancestrales de los agricultores bolivianos se inscriben en una alta motivación para conservar la vida.
De generación en generación se transmite el legado de guardar semillas no transgénicas en construcciones tradicionales llamadas pirhuas para almacenar los granos y p’ynas y k’airos para conservar tubérculos.
De esta manera, se preservan granos de maíz y quinua, así como distintas variedades de papas.
Sin embargo, en un punto y otro del planeta, hoy se cierne la amenaza del cambio climático sobre las obras de los guardianes de semillas. Se acelera un riesgo terminal sobre el legado histórico del patrimonio vivo de la humanidad.
La escritora australiana Charlotte Mc Conaghy instala su ficción Wild Dark Shore -Costa oscura salvaje-, en una isla de la Antártida y no en el Ártico donde realmente se encuentra la bóveda del fin del mundo. Aunque la amenaza del derretimiento de los hielos abraza con fuerza de realidad a los dos polos del planeta.

El gran nudo entre los conflictos que la autora plantea en su reciente novela lleva las voluntades de los personajes al esfuerzo para salvar el gran cofre de semillas del mundo de las vicisitudes de las violentas tempestades que asolan la isla ficticia de Shearwater.
En Svalbard hasta ahora está prohibido morir. Las condiciones químicas del permofrost, el congelamiento de los suelos, que aún impide la descomposición de los cadáveres parecen no contradecir el sentido de la norma impuesta por el estado noruego en 1950.