13 mayo, 2024

Menotti: el hombre que supo construirse

Por Eduardo Verona.

Periodista. Miembro de Conduccion de la UTPBA.

-¿A qué le tenés miedo?

-¿Miedo…? No tengo miedos

.-¿Estás seguro?

-No tanto. Le tengo miedo al deterioro físico más que a la vejez. Le tengo miedo a otra dictadura militar. A que la clase política no entienda cuales son las verdaderas necesidades de la gente. A las ambiciones de la dirigencia del fútbol. A que no aparezcan personajes que aún sueñen con la gloria. A que me quede poco tiempo para poder disfrutar de mi nieto. A la crueldad de la vida. A ver morir a tipos valiosos de mi generación. A que se siga proponiendo como modelo una sociedad dividida entre ganadores y perdedores. Miedo a que a los viejos se los siga tirando a la basura, como se hace ahora.

Eran los primeros días de diciembre de 1999. En su oficina de la calle Paraguay, en el microcentro porteño, el Flaco Menotti había aceptado la entrevista que le propuse para El Gráfico.

Una prolongada charla que demandó seis páginas de la revista no hacía foco en su rol de entrenador ni en su actualidad, luego de dirigir en su segunda etapa a Independiente. Quizás el título de la nota (El Flaco Menotti en carne viva) ayuda a espiar un temario que abarcó su vida en clave de fútbol y su mirada filosa y polémica mucho más allá de las fronteras del fútbol.

El filósofo, escritor, novelista y activista político Jean Paul Sartre, intérprete del existencialismo y del marxismo humanista (nació el 21 de junio de 1905 en Francia y murió el 15 de abril de 1980), sostenía que “el hombre se hace a sí mismo”, por encima de los contextos, aunque reconocía la influencia de los climas culturales.

Menotti se hizo a sí mismo. Se construyó con virtudes y errores a lo largo de sus 85 años. Pero él se construyó. No se dejó construir por otros. No recitó letras ajenas. Que incurrió en equivocaciones, por supuesto. Pero en las sumas y restas que todos podemos hacer su balance fue muy positivo.

No se detuvo nunca Menotti. Ni aún en las pausas largas que experimentó como técnico. No detuvo sus búsquedas profesionales y existenciales. Ni sus deseos de trascender los libros no escritos del fútbol. Como jugador y como entrenador, siempre lo persiguió la sana ambición de conquistar lo que no sabía.

Diego Maradona y Cesar Menotti.

Si ganó más de lo que perdió o si perdió más de lo que ganó, no deja de ser una opción falsa y tramposa que esgrimen los viejos y nuevos militantes de la ignorancia y el odio, siempre presentes.

Menotti, aun siendo campeón del mundo en 1978, logró superar el perfume inconfundible de la victoria circunstancial. Es cierto que lo acosaron los fantasmas que para la sociedad alcanzan a los hombres calificados de exitosos, pero no fue devorado por la urgencia mediática ni por la mediocridad galopante que satura el ambiente del que formó parte desde que debutó en Rosario Central a los 21 años.

Tuvo y seguirá teniendo enemigos irreconciliables en las filas del fútbol. Algunos dignos. Otros, despreciables. Y otros que directamente no están a la altura. No le resbalaron las voces disonantes. Pero no claudicó. No bajó banderas. No fue un panqueque mediático. No se dio vuelta en el aire para conquistar fervores y pasiones espasmódicas. No entregó una idea a cambio de un favor simbólico o real. No resignó su palabra para acomodar el cuerpo a un escenario más confortable.

Se expuso siempre. Con más o menos razones. Con más o menos resistencias y adhesiones. A veces pretendió encerrar en una frase una verdad potente. Y a veces se fue a la banquina como lo hacen todos, sin excepciones. En las buenas y en las malas se defendió y atacó con una convicción notable. Y nunca fue cortesano ni obsecuente del poder de turno. Eso también lo distingue de los oportunistas que van y vienen clausurando su pensamiento y alquilando las recetas y los dogmas ajenos.

Los años y algunas señales de alerta le indicaron en mayo de 2011 que tenía que alejarse del humo de los cigarrillos. Ahí sí negoció una rendición incondicional. Paró con el pucho. Y dejó pasar la tentación. En eso cambió. Y no mucho más allá de eso. Aquel Menotti que en México 70 fue a cubrir el Mundial para un diario rosarino es el mismo Menotti que abrazó los 85 años, hasta su adiós. Esa coherencia para abordar y observar el pasado y el presente quizás exprese la auténtica dimensión de su legado.

Allí radica su gran conquista. No en aquel Huracán brillante y crepuscular del 73. No en aquella Selección nacional que ganó el Mundial 78 bajo el plomo de la dictadura cívico- militar-eclesiástica No en aquel equipazo juvenil inolvidable que deslumbró en Japón en el 79, con Maradona manejando la orquesta dentro de la cancha. Esos logros instalados en la memoria colectiva, denuncian una cara del Flaco Menotti. La del hombre público. La que capturan los medios que lo bancaron y lo despreciaron.

Cesar Menotti, Lionel Scaloni y Pablo Aimar.

Pero esa imagen es parcial. Siempre lo fue. La verdadera imagen que lo representa es la de un hombre común (“un atorrante con inquietudes”, según su propia lectura) que supo construirse. Para jugar al fútbol. Para conducirlo a favor de una idea irrenunciable que fue y es una marca registrada que admite muy pocas equivalencias. Y para crecer en otras áreas de la vida trascendiendo los límites físicos y folklóricos del fútbol.

Voy a darle los últimos años que tengo por delante a la Selección nacional”, nos dijo en enero de 2019 cuando la AFA lo confirmó como Director de Selecciones. Lo hizo. Pidiéndole a Claudio Tapia la continuidad de Lionel Scaloni en julio de ese mismo año, cuando eran incontables los personajes que hacían fila para exigir su reemplazo por el Cholo Simeone o por Marcelo Gallardo.

Un domingo a la tarde, el Flaco se despidió. Su obra es tan perdurable como su construcción.

A 50 años: no olvidamos, no perdonamos

¡Presentes!

La Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) comparte -como siempre- la lista de compañeras y compañeros desaparecidas/os por la dictadura cívico-militar que implantara el terrorismo de estado el 24 de marzo de 1976.

La UTPBA ayer, hoy y siempre, manteniendo viva la memoria

“Con vida los Queremos” es un libro parido en 1986 que constituye, junto a otras luchas y a quienes jamás se apagaron en la amnesia cómplice, un testimonio permanente. Con su vigencia renovamos todos los días el compromiso asumido por aquellos hombres y mujeres que desde la profesión periodística trascendieron los límites corporativos para luchar por una sociedad justa y un mundo mejor”