¿Sirve vivir conectado todo el tiempo? Según la lógica dominante y hegemónica que nos intenta someter, en la actualidad es imposible no vivir conectado a full. O negarse por cualquier razón invocada a disfrutar de esa posibilidad que nos ofrece el amplio y narcotizado menú tecnológico. En la dinámica sinuosa e imparable de la conexión permanente, aquel que insinúe, deslice, ponga en suspenso y pausa o intente correrse aunque sea mínimamente de ese escenario es descalificado de inmediato. Y señalado por las tribus virtuales como un hombre o mujer fuera de contexto. Y fuera por completo del sistema, hasta generar críticas durísimas y un rechazo indisimulable en grandes sectores de la sociedad, definiéndolo como un auténtico y genuino paria sin destino, rumbo, horizonte ni proyecto.
Estar conectado las 24 horas de cada día al universo digitalizado adquirió un status de adaptación muy celebrada, virtuosa y sensible al mundo que se percibe organizado. Es formar parte de una abstracción reivindicada que hasta alcanza la categoría de persona pensante, responsable, inteligente y eficaz. Que acompaña, sin dudas ni cuestionamientos, el ritmo, la melodía y la dinámica vertiginosa del presente. Que sigue las interminables rutinas mediáticas sin distracciones. Que no se pierde nada. Que está al tanto de todo. Y que no se come ninguna, aunque las evidencias cotidianas indiquen todo lo contrario.
¿Quién o quienes quisieran resignar semejante privilegio formal en las playas colmadas y ansiosas de la aldea global? ¿Quiénes podrían resistirse a integrar ese coro de ángeles que viven al mango cada segundo de la vida? ¿Quiénes pueden bancarse sin clavarse puñales, quedarse fuera del juego que juegan las mayorías con una aplicación, rigor, entrega y perseverancia notable? Pocos. Muy pocos. Serían los que hoy podrían agruparse y rescatarse en una minoría intensa sin mayor peso ni influencia en los tableros que determinan tendencias y rumbos.

El potente mandato cultural del capitalismo ordena en el presente que se debe estar ahí (en todos los relieves digitales) para no ser un boludo consagrado que mira sin perspectiva los aviones congelados que surcan el cielo. Produciendo y consumiendo sin detenerse, interactuando, comprando, vendiendo, llevando, trayendo y latiendo, sin pausas, al compás de letras, gritos y susurros ajenos que son interpretados como propios. Y repetidos hasta el hartazgo como si fuesen guiones originales de autores inocentes de toda inocencia.
La realidad inocultable es que nadie puede lograr detener la marcha de un tren que avanza a 400 kilómetros por hora. Nadie quiere jugar en la vereda, en la calle, en un canchita cubierta o en un potrero desangelado del suburbio con una pelota de trapo. Nadie quiere esperar que pase por la puerta de casa el vendedor de barras de hielo para conservar los alimentos y enfriar las bebidas. Nadie propone mirar los partidos de fútbol en una tele en blanco y negro saturada de interferencias. Nadie plantea que hay que bloquear o disolver la revolución tecnológica e impedir su desarrollo, crecimiento y expansión. En definitiva, nadie es tan pelotudo como para levantar las banderas de la melancolía y la nostalgia como una consigna que recuerde viejos paladares, exigencias y costumbrismos.
Pero la pregunta que valdría la pena formularse es en qué medida sirve vivir conectado como un robot esclavizado que se usa y se tira. ¿Hasta dónde y hasta cuando vivir conectado? ¿Y vivir conectado al servicio de qué tipo de intereses específicos? ¿Personales, grupales, sociales, comunitarios, corporativos? ¿Vivir conectado para qué? ¿Para estar siempre al pie del cañón ante necesidades y demandas laborales, económicas, financieras, ejecutivas y administrativas? ¿Para regular la seguridad, la ansiedad y la angustia propia o para amplificar hasta el abismo los márgenes de la subordinación y el sometimiento a factores de poder que nos exceden, nos superan y nos aplastan?
Es cierto, los dispositivos tecnológicos parecen transmitirnos un dulce perfume de autosatisfacción y pinceladas erráticas de cierta magia que nos crean la sensación de acariciarnos el alma. Pero la realidad es que no son mágicos ni despiertan plenitudes existenciales. Son totalmente previsibles. Responden a laboratorios y patrones de contenidos y diseños que aceleran el consumo desenfrenado, promueven la alienación y la adicción sin retorno. Fomentan y patrocinan la altísima dependencia emocional e ideológica. La que ya irradian los daños colaterales que produce la inteligencia artificial (IA) en otro brutal ejercicio de sumisión intelectual maquillado como vanguardia, inspiración y creatividad. Vivir conectado sin distracciones, pausas ni recreos es una regla de oro que nos imponen para vivir vidas y episodios que no nos considera ni nos interpela. Al contrario: nos atropella, nos embiste, nos choca, nos atomiza. Y nos frustran. Y seguramente nos mienten y nos empaquetan hasta la exasperación para retratarnos como simples instrumentos y rehenes felices de su condición.