10 septiembre, 2019

‎¿Traerá Donald Trump la paz?‎

Por Thierry Meyssan (*).- Hace 2 años y medio que Estados Unidos aplica de forma paralela dos estrategias que ‎se contradicen entre sí, además de ser de hecho incompatibles.‎

– Por un lado, Estados Unidos trata de destruir las estructuras mismas de los Estados en los países ‎de vastas regiones geográficas –el Medio Oriente ampliado (o Gran Medio Oriente), desde 2001, ‎y, desde 2018, en la Cuenca del Caribe– aplicando así la doctrina Rumsfeld/Cebrowski, doctrina que cuenta con el respaldo del Departamento de ‎Defensa.‎

– Al mismo tiempo, Estados Unidos trata controlar el mercado mundial de los recursos ‎energéticos, en aplicación de la doctrina Trump/Pompeo, que tiene el apoyo de la Casa Blanca, ‎de la CIA y del Departamente de Estado.‎

En este momento, el presidente Donald Trump parece estar a punto de imponer su visión a ‎su propia administración, que sigue estando plagada de funcionarios y militares de las ‎administraciones Bush hijo y Obama, y anunciaría cuáles serán las consecuencias el 19 de ‎septiembre, en la apertura del 73º periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU: ‎el regreso a la paz en Afganistán, en Irak, en Libia, en Siria, en Yemen, en Venezuela y en Nicaragua.‎

Anunciado en 2016, durante la campaña para la elección presidencial que llevó a Trump a la ‎Casa Blanca, el paso de una lógica belicista de conquista a una lógica pacífica pero de hegemonía ‎económica todavía no se ha decidido formalmente en Washington. ‎

Pero incluso cuando se anuncie, ese cambio no podrá concretarse de un día para otro. Y, además, ‎tendrá su precio. ‎

En el caso del principal conflicto, el de Siria, se han negociado las bases de un acuerdo entre ‎Estados Unidos, Irán, Rusia y Turquía.

– No se modificarán las fronteras de Siria. Tampoco se crearán nuevos Estados –ni el ‎‎«Sunnistán» del Emirato Islámico (Daesh), ni el «Kurdistán» del PKK. Pero el país quedará ‎‎“neutralizado”: las bases militares de Rusia en la costa mediterránea de Siria –establecidas con ‎el consentimiento del gobierno sirio y por lo tanto legales– serían parte de un “equilibrio” creado ‎mediante el mantenimiento de posiciones estadounidenses permanentes –actualmente ilegales ya que ‎no cuentan con el aval del gobierno sirio– en el noreste de Siria.‎

– No habrá oleoductos ni gasoductos qataríes o iraníes a través de Siria. Rusia explotará los ‎hidrocarburos sirios, pero tendrá que asociar Estados Unidos a ese proceso.

– La reconciliación entre los sirios recibirá el aval de Ginebra durante la elaboración de una ‎nueva Constitución por parte de un Comité representativo de las partes que participaron en el ‎conflicto.‎

– Las empresas estadounidenses tendrán que participar, directa o indirectamente, en la ‎reconstrucción de Siria.‎

El proceso preparatorio de este acuerdo sólo está comenzando. Hace 2 meses, el Ejército Árabe ‎Sirio fue autorizado a iniciar la liberación de la gobernación de Idlib, ocupada por al-Qaeda. Estados Unidos contribuyó a la operación siria bombardeando con misiles crucero el cuartel general de al-‎Qaeda. Estados Unidos ordenó además a los grupos armados kurdos ‎desmantelar sus fortificaciones en el territorio sirio que los medios de difusión occidentales ‎se empeñan en llamar «Rojava». Pero los militares ‎estadounidenses siguieron reforzando sus propias posiciones defensivas alrededor de sus bases ‎militares ilegales en suelo sirio, principalmente en la región de Hassake. ‎

Por el momento, no ha comenzado la parte económica del plan. Estados Unidos mantiene su ‎asedio económico contra Siria desde el otoño de 2017 y ha impuesto “sanciones” a las empresas ‎extranjeras –exceptuando las empresas emiratíes– que se atreven a participar en la Feria ‎Internacional de Damasco (del 28 de agosto al 6 de septiembre de 2019). La reconstrucción de Siria sigue siendo imposible.‎

Al mismo tiempo, en la Cuenca del Caribe, en junio de 2019 se abrieron discretamente ‎negociaciones entre Estados Unidos y el gobierno bolivariano de Venezuela. En Washington se sigue ‎rechazando la reelección del presidente constitucional Nicolás Maduro, que tuvo lugar en mayo ‎de 2018, pero los diplomáticos estadounidense ya no denigran el chavismo ni hablan de «juzgar ‎al dictador» sino de abrir una puerta de salida al «presidente Maduro». ‎Estados Unidos está dispuesto abandonar su proyecto de destrucción de las estructuras del ‎Estado venezolano si se le invita a tomar parte en la explotación y la comercialización del ‎petróleo de Venezuela.‎

La explicación cómoda es que Estados Unidos ha desarrollado todas esas ‎campañas desestabilizadoras y guerras únicamente «para apoderarse del petróleo». Pero ‎esa explicación no tiene en cuenta todo lo que ha sucedido durante los últimos 18 años. ‎El Pentágono se había fijado como objetivo destruir las estructuras mismas de los Estados en los ‎países de esas regiones. Logró hacerlo en Afganistán, en Libia y en Yemen, lo logró sólo ‎parcialmente en Irak… no logró hacerlo en Siria, ni siquiera en parte. Sólo ahora, el petróleo ‎vuelve a encabezar la lista de prioridades. ‎

La estrategia Trump/Pompeo es una nueva calamidad para las regiones petroleras… pero es ‎mucho menos dañina que la estrategia Rumsfeld/Cebrowski, cuya aplicación devastó el Gran ‎Medio Oriente a lo largo de 2 décadas con sus decenas de miles de personas torturadas y ‎cientos de miles de asesinatos. ‎

(*) Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire.

-Fuente: voltairenet.org

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