5 mayo, 2020

“Fake news” que se propagan al ritmo de la pandemia

Por Fernando Lorenzo (*), desde Buenos Aires.- “Le pagan un millón de euros por mes a un futbolista y 1.800 euros a un científico. Busquen a Cristiano Ronaldo o a Lionel Messi para que encuentren la cura al Covid-19”.  Una sentencia lapidaria con la que resulta imposible no coincidir, como lo hicieron más de 200.000 usuarios en las redes sociales desde su publicación a mediados de marzo, aunque luego se revelaría falsa. La frase, atribuida a una supuesta científica española en momentos en los que la pandemia ya hacía estragos en ese país, fue ilustrada con una fotografía de Isabel García Tejerina.

La imagen de la ex ministra de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente durante el gobierno del Partido Popular correspondía a una visita a Marruecos en 2018, según cotejaron luego distintos medios de prensa.

Se trataba de una “fake news”, término utilizado para definir a la información falsa que resultó elegido como “la palabra del año” por el Diccionario Oxford en 2017.

“Fake news” heredó así el trono que pertenecía a “posverdad”, neologismo que relativiza la importancia de la objetividad facilitando la generación de discursos más “adaptados” a los valores y emociones de la opinión pública. Disonancia cognitiva es la definición que le otorga la psicología a ese artilugio que permite eludir el conflicto interno generado por la colisión entre la realidad y las propias creencias, según explican los entendidos.

Un modo de ajustar los hechos a las necesidades personales del que también se valen aquellos que manipulan a la opinión pública en beneficio propio. Ejemplos en ese sentido sobran en estos tiempos de Covid-19, otro terreno en el que las noticias falsas se propagan con idéntica virulencia provocando un fenómeno que muchos definen como “infodemia”.

Entre quienes potenciaron el término “fake news” está Donald Trump, que solía utilizarla para poner en tela de juicio la veracidad de la información de algunos medios durante la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de Estados Unidos en enero de aquel 2017. Tres años después, las “fake news” proliferan al mismo ritmo que decae la popularidad del mandatario de ese país al que tantos atribuían el rol de principal potencia mundial y en que pocos, seguramente, soñarían vivir hoy.

Con más de un millón 200 mil infectados y cerca de los 75.000 muertos a la fecha, Estados Unidos es por lejos la nación más afectada de un planeta que decía ser el único en condiciones de salvar. El país hogar de Disneylandia, donde hasta el ratón Mickey se quedó sin empleo como millones de estadounidenses, demostró estar lejos de ser la tierra prometida que prometía ser. 

Con un escenario similar en las principales potencias europeas (podría exceptuarse de la regla a Alemania, donde la tasa de mortalidad es inferior debido a la inversión en salud pública), algo que dejó en evidencia el Covid-19 es la incapacidad del mercado para resolver lo que aseguraba estar en mejores condiciones de resolver que los Estados. Por estos días suele decirse también que el virus no discrimina entre ricos y pobres o entre razas, aunque la pandemia no afecta del mismo modo a los que cuentan o no cuentan con recursos para afrontarla. Una situación que no puede atribuirse al Covid-19 sino a la esencia de un capitalismo incapaz de dar respuestas a esa dualidad debido a su propia naturaleza, pues privilegia sólo la supervivencia del más fuerte.

Y en esa cuenta, los ancianos representan un “precio” demasiado alto, como advertía ya por 2012 un informe sobre la estabilidad financiera mundial confeccionado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Informe que apuntaba a “los costos financieros que acarrea la prolongación de la esperanza de vida para los gobiernos, los sistemas de seguridad social y las empresas y compañía de seguro”. 

Concepto que se le atribuyó en su momento a la por entonces directora gerente del organismo, Christine Lagarde, aunque no existen registros de que la actual presidenta del Banco Central Europeo lo haya expresado públicamente. Lo cual no significa que no comparta ese principio, aún cuando resulte poco recomendable para ella misma, pues sus 64 años la ubican dentro de la franja etaria con la que más se ensaña el Covid-19, aunque en su caso recursos para afrontarlo seguro no le faltan.

Tal vez sí la afecte la soledad, pues la enfermedad que cambió por completo los hábitos y las costumbres obliga a mantener un aislamiento forzado que, hoy por hoy y mientras muchos trabajan en la búsqueda de una cura, se confirmó como la herramienta más eficaz para evitar su propagación.

No parecen haberlo entendido así, al menos en un principio, el propio Trump y algunos de sus socios europeos, con el premier británico Boris Johnson a la cabeza, uno de los infectados “ilustres” en el Reino Unido junto con la reina Isabel y el príncipe Carlos, heredero al trono que ocupa la soberana que llegó a festejar sus 94 años el 21 de abril.

Johnson apostó a la teoría de “la inmunidad del rebaño” (contagio masivo para erradicar el mal que se demostró ineficiente frente a la capacidad del nuevo virus para volver a infectar a una persona recuperada) y Gran Bretaña pagó un precio muy alto. Los más de 32.000 fallecidos y los casi 200.000 casos que dejó como saldo la aplicación de esa política, impulsada con el único fin de mantener en marcha la actividad productiva e impedir la debacle de la económica que de todos modos se produjo, serán una “factura” difícil de levantar.

Tanto como las críticas que recibió por la falta de previsión y de recursos y por su estrategia para afrontar la pandemia de parte del Servicio Nacional de Salud (NHS por sus siglas en inglés), el mismo que terminó salvándole la vida cuando debió ser internado en terapia intensiva hace algunas semanas.

A diferencia de Johnson, que hoy reaparecía públicamente, muchos de sus compatriotas no tuvieron la misma suerte, escenario que tranquilamente puede replicarse en el Estados Unidos de Trump. También el presidente norteamericano minimizó en un principio los alcances de la pandemia que no casualmente atribuía a la irrupción del “virus chino”, como despectivamente lo bautizó en plena guerra comercial con el gigante asiático.

Una guerra en la cual las “fakes news” también estuvieron a la orden del día y pese a las cuales China, donde todo comenzó, demostró tener mejores reflejos, recursos y estrategias para afrontar la crisis y hoy hasta Estados Unidos depende de su ayuda para abastecerse de insumos.

Qué decir de Cuba, que en medio de un bloqueo que lleva casi seis décadas y que Estados Unidos endureció con la sanción de la denominada Ley Helms-Burton hace 24 años bajo la presidencia del demócrata Bill Clinton), combate contra el mal al igual que sus médicos en muchos rincones del planeta, incluso capitalistas.

Trump, entre tanto, aconseja con alarmante irresponsabilidad ingerir cloro para combatir al Covid-19 y suelto de cuerpo admite luego que sólo se trató de un “sarcasmo” al intentar explicar un “consejo” que mandó al hospital a más de 100 personas.

Otro ejemplo de los efectos de optar por la posverdad mencionada al comienzo y como la que intenta minimizar la relación entre el origen de esta pandemia y la depredación a la que las leyes del mercado someten al planeta y a todo lo que en él habita.

La tragedia debería traer aparejado un cambio de paradigma en el consumo, equidad en la distribución y el cuidado de los recursos de un medio ambiente que hoy celebra el encierro de su peor enemigo: el ser humano.

(*) Secretario Gremial de la UTPBA. Editor de la agencia ANSA.

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Periodista. Miembro de conducción de UTPBA.
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Periodista y escritora. Miembro de Conducción de la UTPBA y delegada a la FELAP.
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