19 febrero, 2024

“Hay que hacer un ejercicio de crítica, de autocrítica…”

Entrevistó Anahí Mas

Licenciada en Comunicación. Secretaria de Derechos Humanos y Género de la UTPBA.

Marlene Wayar, su trayectoria, teoría y lucha. Un repaso sobre su historia como activista y referente de derechos humanos LGTTBIQ+ en nuestro país, los desafíos en la actualidad, el papel de las nuevas generaciones y la importancia de que las y los actores políticos hagan una autocrítica, un análisis profundo donde se ponga en cuestión las diferentes responsabilidades que nos llevaron a ser gobernades por la extrema derecha.

-Sos un ícono en la militancia LGTTBIQ+, creaste teoría, sos parte de la historia latinoamericana y de estos 40 años de democracia. ¿Qué te deja todo este recorrido?

-Los 40 años de democracia me interpelan directamente. Cuando Argentina volvía al curso democrático estaba apenas ingresada en el secundario, así que me crié que “con la democracia se vive, se educa, se come”. Muy pronto fue develada la mentira, la farsa, la estafa de esto. Costó mucho tiempo, pero se pudieron ver los mecanismos previstos en la misma democracia que nos tenían totalmente invisibilizadas como comunidad travesti y transexual, los pudimos ir aceptando a la fuerza, a fuerza de organización y de lucha. Entonces, con todos los posibles anhelos que una tenga sobre un ideal, en donde realmente exista una horizontalidad, seamos un grupo de personas mucho más cercanas a lo comunitario, casi como en los pueblos previos a la escritura, aquellos pueblos de cultura oral donde la palabra tenía mucha significancia, seguramente con un lenguaje mucho más pequeño, pero más sutil y más consciente de que el lenguaje mismo es una acción y debe ir acompañado del crear. Nada tan exclamativo como vemos en estos momentos donde, por supuesto, el desarrollo del lenguaje es extremo y casi infinito. Muchos de nuestros signos han perdido mucho del valor con el que cargaban, todo el trabajo que se ha hecho desde las disidencias para marcar la violencia del lenguaje, la violencia con que nos hiere sin llegar a ser una violencia expresa física, pero sí produce dolor espiritual, psíquico y tiene un impacto real en nuestros cuerpos.

Aun así, hay un enorme crecimiento en la convicción de fortalecer esta democracia que tenemos, que es el piso. Podrá llegarse a inventar otro sistema de gestión de convivencia, pero la república democrática es lo que tenemos y esa institucionalidad es la que hay que fortalecer. Teniendo la conciencia que sin ese piso de institucionalidad, teniendo una democracia fuerte y robusta, no es posible pensarnos como actores sociales con la posibilidad de la transformación.

Los procesos históricos en general venían siendo tan lentos y paulatinos que era difícil ver la concreción de esos cambios. Sin embargo, estamos vivas. Muchas personas que hemos sido parte del movimiento travesti, que logró transformaciones en tiempos históricos récord, como la Ley de identidad de género, la Ley de cupo laboral travesti trans, la Ley de matrimonio igualitario, impactaron sin duda en nuestra presencia y en el transcurso de nuestras vidas; algo muy contradictorio ya que la propia vida de los cuerpos travestis tienen un promedio de vida de 32 años. Eso significa que podemos mostrar que todavía y, en tiempos tan cortos, podemos contar una historia que nos enraíza en lo que significa la lucha y el sostenimiento de las convicciones que sustentan a la institucionalidad democrática en nuestra república. Lo importante es mantener firme la no violencia contra nuestra Constitución que además se ve impactada por un arco enorme de derechos resguardados a nivel internacional que tienen que ver con los derechos humanos y las garantías de las sociedades.

-¿Qué te ha dado la militancia en lo personal?

-El lenguaje es la manera en que se construyen acuerdos y consensos que nos estructuran como sociedad. Es importantísimo remarcar que yo nunca me consideré militante. Yo soy activista, soy una luchadora, luchadora social, activista social, travesti por los derechos humanos. Debemos desterrar la palabra militancia, se sigue usando desde un ejercicio vacuo de la deconstrucción de los modos de decir y hacer política social y lucha. Una palabra que es claramente una herencia patriarcal, la palabra misma está signada por lo militar. Es muy extraño y contradictorio en un país que ha sufrido tanto horror en manos de las fuerzas militares por el golpe de Estado y por la incumbencia del poder militar, no hayamos podido deconstruir y quitarnos esa palabra de encima; que no solo hace alusión al uso de la violencia, sino que además enraíza la idea netamente verticalista, donde muy pocos cuerpos están para la dirección, la gestión y destacarse como líderes y el resto en un amplio llano de milicias que obedecen sin ejercicio crítico y sin posibilidad de estar insertas en los diálogos que construyen las narrativas comunitarias, sociales, partidarias o lo que fuera.

Para mí, ese es un error muy grande, sobre todo, en las organizaciones sociales, las organizaciones partidarias y sindicales. De esos errores derivan situaciones críticas como en las que estamos, en donde la acción política está puesta en juicio, no salimos de ese acto atolladero cíclico de un cambio dicotómico en creer en una derecha y un pensamiento más populares de izquierda. Una derecha y un pensamiento más populares en donde no podemos llegar a consensos básicos sobre una política de Estado que tenga un sentido, a la que distintas gestiones le puedan dar diferente orientación, pero que básicamente esa orientación no atente contra los cuerpos de los ciudadanos en ninguno de los sentidos. Ni en un sentido físico, ni atentando a las libertades de expresión, a la circulación, a la expresión de ideas políticas, religiosas, sexuales, a poder desarrollarnos, a trabajar; es a lo que nos tiene acostumbrada este pequeño círculo vicioso.

Me parece que si no dejamos de lado ese ejercicio ocioso de no inmiscuirnos, de solo ser soldaditos y soldaditas detrás de líderes iluminades, corremos el riesgo de la humanidad de esos liderazgos, que se enraízan en el poder, de tener un ordenamiento jurídico casi monárquico, de tener hasta un poder legislativo obsoleto que pone en juego sus propios intereses como personas y como sector económico por sobre los intereses comunitarios y sociales. Y un poder ejecutivo que se puede confundir también con haber obtenido a través del voto el poder absoluto y hacer lo que sea. Estamos donde estamos en parte por estas cosas. 

Hay que hacer un ejercicio de crítica, de autocrítica y de auto imposición de una ética que realmente nos lleve a revisar todas las tradiciones políticas, organizativas, narrativas de donde venimos. Porque aquí estamos, en impotencia, en desesperanza y en confrontación absurda absolutamente con falta de argumentos unos contra otros, un sector contra otro, sin llegar por fin a encontrar la perspectiva que nos muestre buscar la felicidad de todos, todas y todes realmente.

-¿Cómo ves la militancia actual? ¿Cómo ves a la juventud trans?

-La militancia actual la veo un tanto extraviada en la obediencia acrítica a ciertas figuras del accionar político del pasado que aún cuando le elevamos amor, respeto por lo que hicieron en su momento, mantenerlos vivos y traerlos a nuestro contexto actual es un poco obtuso, ¿no? Sea cual sea el paradigma en el que estemos pensando, no lo ponemos a juicio crítico sobre el efecto de esas políticas en la realidad actual. No los veo saliendo de una romantización de la política que les tiene además inconformes, no los veo pidiéndole a la política o aquellos que han sido convocados para ser líderes, pidiéndoles más y exigiéndoles más.

Hay un anquilosamiento, no se están moviendo las aguas e incluso se está retrocediendo de muchos derechos históricamente conquistados y, en nombre de esos derechos, se sigue reclamando; pero en la realidad lo que las personas ven es que esos derechos se caen por el peso de la realidad, que tiene que ser reconfigurada. Tenemos que volver a conversar sobre los derechos laborales, derechos humanos, sobre los derechos individuales para poder estar en el presente. No me parece que la militancia actual esté aportando lo que debería aportar o al menos pensarse de acuerdo a su disconformidad con “el ser y estar en el mundo”. Estamos en la sobre adaptación, estamos en un lugar cómodo y esto no es bueno para nadie. Es importante preguntarnos ¿Qué tan cruel es el otro cuando nunca vamos a hacerle la autocrítica o una crítica profunda, real, sincera, que limpie nuestras propias estructuras del machismo enquistado, de los ejercicios de sumisión y al ejercicio colonizador del afuera?

Hay que hacer un ejercicio de crítica, de autocrítica y de auto imposición de una ética que realmente nos lleve a revisar todas las tradiciones políticas, organizativas, narrativas de donde venimos. Porque aquí estamos, en impotencia, en desesperanza y en confrontación absurda absolutamente con falta de argumentos unos contra otros, un sector contra otro, sin llegar por fin a encontrar la perspectiva que nos muestre buscar la felicidad de todos, todas y todes realmente.

-Frente a esto que decís, ¿sentís que se han tomado la bandera de sus luchas en estos nuevos movimientos?

-La juventud trans actual la veo muy confundida. Tenemos la particularidad de ser un colectivo que está como en un limbo en donde no termina de enraizarse en su propia territorialidad, en sus propias ciudades, en el propio país y continente, tampoco es incidente en términos internacionales. Recibimos muchos mensajes del primer mundo, muchas discusiones a nivel global que enajenan nuestras agendas y nos ponen en tensión porque hemos perdido el sentido de la tradición política argentina y latinoamericana que es la comunidad, del ser movimiento. Se aglutinan a partir de sensaciones bastante egocéntricas y de detalles pequeños, superfluos. Entonces es un movimiento de travesti-trans no binarie, que el ejercicio heterosexualizador del contexto tan aplastante lo ha hecho implosionar: en lugar de exigir para afuera está muy fraccionado y friccionado por la violencia interna. Toda esta inconformidad, la furia travesti que circula al interior del colectivo entre pares, debería estar canalizado hacia el afuera. Exigirle al contexto que nos lea, nos comprenda, discuta, que interlocute con nosotras y nosotres.

Tenemos partidos políticos heterosexuales hasta el tuétano, que creen que pueden interpretar qué políticas necesita el colectivo travesti-trans y es el colectivo travesti-trans los sostiene, los legitima. No está luchando por el poder de estar para no ser simplemente un cuerpo interlocutando y exigiendo políticamente desde el egocentrismo, sin contemplar lo que nos pasa como comunidad que está atravesada por la clase.

Es muy complejo el colectivo travesti-trans no binarie en sí mismo y no estamos pudiendo aglutinar consensos, lo que hacemos permanentemente es descargar nuestra violencia. La que se nos carga en el afuera, descargarla dentro del colectivo, rompiendo relaciones personales, comunitarias, grupales. Estamos reaccionando, haciendo un esfuerzo muy grande porque hemos sido puestas en la historia nuevamente a pelear contra una ofensiva de ultraderecha que nos emplea, nos usa como caballo de batalla para distraer mientras nos están robando un país.

El movimiento dijo que íbamos a discutir inmediatamente después de la Ley de Identidad de género sobre cómo romper el binarismo y que se nos reconozca como pretendamos que sea, pero claramente, ni como hombre ni como mujer. Eso no solo provoca dolor físico, mental, confusión, desorientación en les niñes que entonces creen que tienen que ir hacia el clóset, hacia el armario del hombre o la mujer, sino que provoca una fuerte desorientación en el mismo Estado respecto de qué políticas públicas debe implementar. Hemos visto que se ha reducido a incluirnos en políticas públicas que tienen que ver con el paradigma mujer-familia y claramente no nos llenan, no satisface, no nos colma, nos produce inconformidad, resentimiento, quedamos muchas afuera. Creo que tiene que ver con no haber tenido como movimiento la lucidez de levantar las mismas banderas a las que se pueden ir sumando otras, pero sin abandonar las anteriores. Tenemos un movimiento que ha sido víctima de terrible violencia que es incapaz de discutirle a esta sociedad y estos Estados que eso está caratulado como genocidio y crímenes de lesa humanidad. Nos conformamos con que sea asumido como violencia institucional, algo que es un error y un yerro jurídico importante. Provoca la desvalorización como sujetas y sujetos en esa estructuración verticalista que se hace de las subjetividades, donde claramente en la cima está el hombre blanco, universitario, propietario y, al fondo de esa pirámide, estamos nosotras sin llegar a ser reconocides en igualdad respecto de la condición misma de humanidad.

-¿Cuál es la lucha del Malón de la Paz y por qué sentiste que tu espacio de militancia por el orgullo tenía que ser en la plaza Lavalle realizando el Malón del Orgullo junto a Susy Shock?

-La lucha del Malón de la Paz es, en algún sentido, muy compleja y a la vez muy simple. Es la lucha por el territorio que habitan de manera ancestral. Para entender la profundidad de esto hay que entender su propia cosmovisión, que los cuerpos sobre este planeta, sobre estos territorios, no están escindidos de la salud de ese territorio.

La manera en que nos movemos en el territorio con la divinidad y con los demás seres que compartimos el territorio, no es gratuita. Estamos en el paradigma blanco, cristiano y global de que el mundo le pertenece al hombre, que lo podemos transformar, expoliar, hacer extractivismo hasta el hartazgo sobre otros territorios. Así de complejo trata la lucha de “No vengan a violentar nuestro territorio”, “Estamos acá viviendo en paz”, han venido porque han descubierto no sé qué panacea, ahora es quitarnos el litio y ahí están haciendo un hueco en la montaña que nos cobija.

Nos hemos comprometido con respetar esos territorios de manera constitucional, nos hemos comprometido a que estas personas tienen que ser consultadas y buscar su aprobación en las maneras en que vamos a explotar el territorio. Esto no está siendo así. Se está imponiendo la violencia, estamos corriendo e impactando sus vidas. En definitiva, ellos y ellas, al defender su propia comunidad, están defendiéndonos. Nosotras estamos demasiado aisladas y desconectadas de nuestros territorios, de nuestros barrios, del amor, por lo que no son los cinco ladrillos que me pertenecen y nada más. Están protegiendo, si se quiere, el sistema democrático que tenemos. Están además mostrándonos otras posibilidades de organización comunal, mucho más humanas, más horizontales, pero básicamente en relación a los cuerpos-territorio.

-¿Sentís que muchas veces las charlas o debates sobre identidad dejan fuera las problemáticas de los Pueblos Originarios?

-En las charlas y debates que se dan sobre la identidad creo que las problemáticas de los Pueblos Originarios se las deja fuera, pero antes que eso se deja fuera la complejidad de nuestras propias identidades. En Argentina, son muy puntuales aquellas personas que pueden decir que han bajado de los barcos, el resto estamos en una ilusión, nuestras pieles no dicen que hemos bajado de los barcos, o al menos que se ha mantenido pura. Este país se está mintiendo, si quisiéramos abordar charlas y debates sobre los Pueblos Originarios, quienes deberían estar sentados hablando serían los mismos Pueblos Originarios.

-Con respecto a la #leydereparacionhistoricaya y a la defensa del cupo laboral de TTNB ¿qué reflexiones nos podés compartir frente a un escenario político que niega los derechos humanos?

-No sé si quiero reflexionar sobre el pensamiento de una minoría que está negando los derechos humanos. Pero hay otra enorme porción de gente, de personas que están ahí sin saber de qué se trata. No hemos educado en ese sentido y de qué manera implica y se ven implicadas e implicados en sus derechos en ese gran concepto vacío que se ha quedado demasiado anclado a una época y a un hecho histórico sumamente trágico. No me interesa hablar con esa minoría que puede estar en pleno negacionismo con intereses políticos. Mi interés es dialogar con aquellos y aquellas que están supuestamente de este lado de los derechos humanos y que han hecho mal las cosas, porque si no no estaríamos donde estamos.

Si hubiésemos hecho una buena pedagogía, las y los adolescentes sabrían que, si hubiesen nacido en aquella época, ellos y ellas hubieran desaparecido. Si supieran que ser mariquita era subversivo y amenazante de la moral pública sintiéndose habilitadas y habilitadas a perseguirnos, a golpearnos, a matarnos, a violarnos, a torturarnos, a espolearnos, robarnos o someternos a la prostitución. Todo esto son cosas que no hemos hablado en profundidad, que se mantienen en pequeños cotos. No hemos hecho una pedagogía real, concreta, que tiene que ver con políticas públicas que generen trabajo, que generen paz y que las escuelas no sean un nido para el acoso escolar.

Ya se han hecho las cosas evidentemente mal, sino ante la negación de un pequeño sector interesado en estas propuestas por una cuestión meramente comercial, no habría un grupo grande que lo piensa así, que lo empieza a dudar, que lo pone en cuestión, que dice simplemente ”no lo voy a discutir, no me interesa. Quiero comer, emborracharme y tener plata para pagar lo que no necesito”.

Mi interés no es dialogar con ese sector, mi interés es dialogar con mis pares y con los grandes movimientos: peronistas, kirchneristas, socialistas, del comunismo, sobre qué han hecho que nos ha traído hasta acá. Si no hacemos una autocrítica, me parece demasiado obtuso pretender que Macri sea una buena persona y que no intente corromper a la Corte Suprema, a los medios de comunicación, para hacer del país un gran negocio. Él va por eso y no le podemos decir nada. Lo importante son aquellos que sostienen el paradigma de derechos humanos. ¿Qué han hecho hasta ahora para un país más justo? Esa sería la pregunta. ¿Y por qué tenemos la justicia que tenemos? El peronismo, el socialismo, han sido actores políticos claves. Entonces, si tenemos esta justicia que tenemos, también la tenemos gracias a esto. Y si no hacemos ejercicio crítico para adentro y simplemente somos militantes obedientes porque el otro es muy malo, porque el otro es muy cruel, realmente no vamos a hacer el ejercicio de aprendizaje, ese salto cualitativo, no sé.

-Frente a ello, ¿cuál consideras que puede ser el camino en tiempos de discursos tan contrarios a los derechos conquistados en los últimos 20 años? ¿Cuáles pensás que son los principales desafíos en este contexto para el colectivo travesti-trans?

-El desafío sigue siendo el de construir el poder, porque es algo a lo que como movimiento todavía no hemos tenido acceso, tener poder económico, estructuras de poder como un lugarcito en donde podamos juntarnos, abrazarnos, estar en comunidad y protegernos del afuera. Es obtuso pensar que porque el presidente haya dicho que se va a permitir usar armas, nos van a venir a matar. ¿Es viable? Es posible, pero todavía no se dio, así que no lo puedo decir. Lo que sí te puedo decir es que de todas maneras seguiría habiendo travesticidios, agresiones, empobrecimiento, organizaciones sociales que le cierran las puertas a las travestis o a los varoncitos trans mientras tenían posibilidades para heterosexuales en la misma situación de indigencia, de pobreza o de escuelas que nos cerraron las puertas en las cárceles. Hay proyectos para que otros presos, presumidamente heterosexuales, aprendan zapatería, sastrería, a las travestis no se les da esta posibilidad.

No sé si quiera hacer futurología, lo que ha venido sucediendo es lo que es, hemos tenido un Ministerio de Mujeres y Diversidad que dio muchas posibilidades al colectivo, pero que no nos dio lugares de decisión respecto a políticas públicas para aplicar en nuestro colectivo. Tampoco el manejo de recursos económicos concretos que impacten. Hace falta volver a juntarnos o no dispersarse para poder encontrarnos y construir ese poder que necesitamos.

Venimos de estar en una dictadura absolutamente perseguidas y de una democracia que no nos llegó en plenitud al movimiento travesti-trans, como al resto de la sociedad. Todavía seguimos paradas prostituyéndonos, salvo honrosas excepciones.

El desafío sigue siendo el de construir el poder, porque es algo a lo que como movimiento todavía no hemos tenido acceso, tener poder económico, estructuras de poder como un lugarcito en donde podamos juntarnos, abrazarnos, estar en comunidad y protegernos del afuera.

-Actualmente sos coordinadora de “Futuro Trans Asociación Civil”, ¿Podrías contarnos un poco de ese proyecto?

-Futuro trans es una organización civil que tiene mucha trayectoria, pero finalmente le dimos nacimiento formal en el 2000, y hace poco se ha formalizado respecto a tener personería jurídica. Es un lugar en donde lo que queremos es pensar de manera crítica. Hacemos poca promoción porque creemos que la atracción funciona mejor. No queremos ser multitudinarias y desconocernos, estamos en contra de todas las lógicas de las que sospechamos, así que queremos ser poquitas e impactar de manera positiva y de la manera más amplia posible.

Trabajar desde la autocrítica, no ser nada de lo que otras organizaciones marcan como el derrotero de lo que debería hacer una organización civil. Somos un grupo de personas que las junta la disconformidad y la acción política de derechos humanos desde que este mundo nos impacta en relación al eje sexo-genérico.

Hemos producido todos los cambios que han sucedido hasta el momento en el campo, junto a Nadia Echazú, Lohana Berkins, Diana Sacayán, y que a partir de la desaparición de estas compañeras hemos dejado un poco de articular con organizaciones que se someten, no se reinventan, sino que reproducen lo que ya ha creado el hombre en términos estrictos, no así el hombre con su capitalismo, neoliberalismo, la colonización. Y creen que porque levantan banderas rojas o hacia la izquierda no son patriarcales colonizadores y capitalistas. Queremos poner todo eso en cuestión y no creemos que ser una masa sea lo ideal, sino ser pocos cuerpos que se conocen, se respetan, se piensan, se confrontan y hacen el trabajo de consensuar y construir.

-También emprendiste proyectos como “El Teje”, y la Cooperativa Textil “Nadia Echazú”. ¿Qué podés contarnos de esos espacios, de su surgimiento y de lo que te dejó tu paso por ahí?

-El Teje fue uno de los proyectos que más placeres me ha dado en la vida, porque tenía un doble rol en la coordinación, era editora del periódico pero a la vez era docente. Estar en ese lugar fue absolutamente enriquecedor. Fue un momento precioso, algo que marcó mucho a la comunidad, aunque no se diga. Nosotras la teníamos a Malva Solis viva, discutiéndonos y ahora muchos de los proyectos se sostienen en los archivos de ella, nosotras la teníamos viva escribiendo igual que a Lohana, a Diana y un montón de compañeros y compañeras que están diseminadas y diseminados por diferentes espacios, diferentes instituciones, pero crecieron ahí, en el Teje.

La Nadia Echazú, un lugar de mucha ilusión que ha sido bastante traicionada por la política tradicional, ha sufrido mucha de la heterosexualización de la política y cómo se implementan estas políticas públicas. Mucha romantización, nosotras caímos en esa ilusión de que se iba a poder. Claramente las cooperativas, al menos en este país, están organizadas para los pobres y es un esfuerzo enorme poder sostenerse. Eso provoca quiebres entre las mismas personas, desconfianza. ¿Parece ridículo, no? La manera de organizarse misma de una cooperativa es que todo esté a la vista, todos tenemos acceso a los números, todos sabemos cuánto se vende, cuánto se produce. Pero de alguna manera, las personas lo terminan llevando a la verticalidad, están estructuradas y hay un pequeño núcleo que las maneja y que tiene que salir al afuera para hacer relaciones políticas, para sostenerlo. Porque en este caso que es lo textil es imposible salir a competir al mercado.

Es mentira que la gente vaya a comprar porque seas una cooperativa y te quieran ayudar. Los esfuerzos que se han hecho sistemáticamente para que el Estado compre las producciones finalmente se han conseguido, pero siempre son paupérrimas, mal pagos, siempre son escuetos. Se está en ese romanticismo de la mala lectura de Pablo Freire y la educación popular. Pablo Freire propone que enseñemos en la selva porque la gente está en la selva y sin nada, pero no quiere decir que nos quedemos ahí con lo pobre, que no queramos avanzar y si estás en una urbe con un montón de recursos, estos recursos no se distribuyan con la mayor equidad.

Es muy puntual en Argentina la existencia de una cooperativa exitosa y que nadie puede hablar de esto, que no hagamos una crítica también nos empobrece. La gente depende de ellas, pero también están mal vistas. Hay violencia, hay machismo, hay un montón de cosas y no las podemos criticar porque las hemos creado nosotras, las hemos sostenido nosotras, esto es un problema.


Nota publicada en la revista Furias (revistafurias.com.ar)
Foto de portada: Florencia-Di Tullio.

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