25 octubre, 2023

Tubal Páez: “El periodismo es respiración, ritmo y energía”

Entrevistó Patricia María Guerra Soriano.- Tubal Páez no le teme a la muerte. Cree que todo es cuestión de cómo se enfrenta a la vida.

– Una buena vida, como uno ha querido tenerla, como uno la concibe, es asegurarse una buena muerte.

Dice que eso se lo agradece a Leonila Hernández, su madre.

Casi cuatro horas después de haber preguntado “Qué piensas hacer conmigo”, la conversación se desgrana en sus fragmentos de mundo, en sus reliquias más personales que intenta sacarlas intactas para, una vez sobre la mesa decir: “Mi historia, la de mi familia es también la historia del país”.

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Nació en un camastro de saco con la asistencia de la partera que más barato cobraba en Jaruco. Estuvo enfermo los tres primeros años de su vida y pese a que su abuelo lo había llevado a importantes especialistas en La Habana, ninguno “daba con lo que tenía”.

Esos tres primeros años tan difíciles terminaron cuando un médico recién graduado logró curarlo. Nunca se supo la causa de aquel padecimiento y lo que cuenta sobre ese periodo es gracias a un recuerdo táctil que se construyó a partir de los relatos familiares.

Lo primero que sí le viene a la mente como un corrientazo vertiginoso es el ruido de unos disparos y enseguida, la orden de que entrara a la casa. Le dijeron que había terminado la Segunda Guerra Mundial. Era mayo de 1945 y aún le faltaban siete meses para cumplir los cinco años.

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Antes de ponerle carne a las partes más públicas de su vida: en orden cronológico durante 20 años, diseñador, encargado de la página ideológica, jefe de redacción, segundo jefe de información, jefe de información y subdirector del periódico Granma; subdirector primero de la revista Bohemia, durante un año; director de El habanero, durante cinco años; presidente de la Unión de Periodistas de Cuba, durante 20 años y durante nueve años, jefe del grupo de comunicación de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Tubal cartografió la trama familiar.

Contó su pasado con todo su cuerpo. Su padre, Tubal Páez Feliú, era uno de los menores entre nueve hermanos huérfanos de madre y su madre, también huérfana, pero de padre, se contaba entre seis hermanos más.

La condición de la orfandad siempre será un recordatorio amargo de que faltan los mejores abrazos; sin embargo, para Leonila, fue además un latigazo constante ante el cual aprendió a reponerse.

La crisis económica de 1929 hizo que la abuela materna de Tubal, viuda y con siete hijos bajara de El sitio perdido, uno de los lugares más intrincados de las Escaleras de Jaruco, y “corriera la voz por todo el pueblo” de que “daba en adopción a sus hijas”.

-A mi mamá le tocó lo peor. Se la llevaron para Santa Cruz del Norte donde debía cuidar los cerdos de la finca y los hijos de la señora de la casa.

Las carencias afectivas desde la infancia no impidieron que sus padres construyeran otro mapa vital y, junto a Tubal y a Elsa, la hermana que le precedía, se fueran a vivir a la casa del abuelo paterno.

Julio Páez era comunista, maestro masón, trabajaba de secretario del juzgado de instrucción, y era farmacéutico por tradición familiar. En su casa, además de aprender a preparar el ponche, una mezcla de aguardiente, azúcar y frutas, bebida con la cual festejaban la caída de las dictaduras; primero, la de Gerardo Machado y luego, la de Fulgencio Batista, entendió la importancia de la honestidad y de la unión familiar.

Así fueron de atropellados los años, a tal punto que Tubal engarza las memorias de sus primeros trabajos siendo un niño: repartir las guayaberas que su madre había dejado perfectamente alisadas con su plancha de carbón, ayudar a su padre en la albañilería y estrenarse como rotulista de cine.

-La infancia siempre es divertida y buena. Los problemas te salen después cuando eres mayorcito. Mientras, uno se divierte jugando sin juguetes, mataperreando en la calle, y encontrando la solidaridad de los amigos.

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Solo veinte años pueden ser una vida y cuando una vida de esa extensión se dedica a algo de manera ininterrumpida, brotan otras vidas paralelas. Así le sucedió cuando en 1966, estando en la Ñico López, una de las conocidas escuelas del Partido, le propusieron, junto a otros compañeros y compañeras, estudiar en las mañanas y trabajar en las tardes, en el periódico Granma.

-Teníamos a los mejores profesores: Martha Rojas, Juan Marrero, Elio Constantín, Cardosa Arias y la gramática la impartía un periodista que trabajaba en Juventud Rebelde, Jorge Gaspar García Galló.

Por su inclinación hacia la caricatura y el dibujo, Tubal comienza en el departamento de diseño.

Sobre de la Caridad del Cobre ilustrado por Tubal para el correo cubano en 1956, cuando tenía 15 años. Foto: Cortesía del entrevistado

– Granma para mí fue una revelación donde confluyeron periodistas de distintos medios, de la prensa del pasado y de la prensa clandestina.

Después de una docena de anécdotas sobre las visitas de Fidel Castro al periódico, sobre cómo armar la agenda informativa y sobre cómo el automóvil de Granma fue el primero en entrar al Cabo de San Antonio, justo detrás de las dinamitas, buldóceres y camiones que pavimentaban el camino, mientras Jorge Oller fotografiaba, Tubal permanece callado y pensativo.

Tal vez se reconoció en su “yo” de esa época, en medio de aquella ventolera existencial de la cual pudo salir vivo por su esposa Gladys Cruz Leal. “A mi mujer le debo la sobrevivencia”.

-Veinte años despierto de madrugada no se los deseo a nadie. Mejor ni te hablo de las revisiones de cada edición, de los cambios de última hora, de las erratas, de los sustos. Vivo al lado del Granma y me despertaba si las rotativas paraban.

– El ruido de los teletipos…

– Las rotativas se detienen cuando se detecta algún error y cuando yo sentía, así medio dormido, que paraba la rotativa a las ocho de la mañana, enseguida llamaba a ver qué había pasado.

El día que deciden trasladarlo para la revista Bohemia a donde llega como subdirector primero, Tubal comprendió que ser pasajero del diarismo al final no era tan molesto.

-El diarismo te da una forma de ser que no es muy buena, y al mismo tiempo placentera, porque lo que tú vas a hacer lo haces en un día, te quedas sin aire, pero al otro día empiezas de nuevo. Es un renovar imparable.

Luego estuvo un año en Bohemia, donde debía preparar hasta cuatro números a la vez, estar pendiente de las portadas de cada revista, después los reportajes, las opiniones, con el agrego de todo lo que estaba aprobado para publicarse con tanto tiempo de antelación se hubiera cumplido.

El joven Tubal Páez. Foto: Cortesía del entrevistado.

La conversación es zigzagueante. Hay pausas, regresiones, silencios dilatados, cuentos de muchos sitios y personas: de cuando estuvo en el borde del volcán Masaya, una caldera ardiente a poco más de 22 kilómetros de Managua, la capital de Nicaragua; de cuando montó un avión por primera vez, permaneció
catorce horas y media en el aire y le dieron un diploma por haber sobrevolado el Círculo Polar Ártico para llegar a Moscú y celebrar otro aniversario de la Revolución de Octubre en la entonces Unión Soviética; de cuando descubrió la vida nómada de los mongoles que recorrían las duras estepas o las cumbres nevadas sobre sus camellos con yurtas. Y así, otros pedazos de casi 50 países que visitó.

-¿Nos quedamos en Bohemia?

Con preguntas de ese tipo, el zigzag resuelve alinearse

-Sí y de Bohemia pasó a El Habanero

Mudarse de un medio nacional a uno provincial, si bien sería el director, le pareció obra de una sanción, ni siquiera sospechaba el porqué de aquel “castigo”. Así que preguntó.

-“No, no, tú verás que no es una sanción, ahí harás lo que no te han dejado hacer en ningún lado”. Y así mismo fue. Lo primero que hice fue quitarle los cargos a Fidel, eso de primer secretario del Comité Central del Partido y presidente de los Consejos de Estado en El Habanero no lo había. Fidel era Fidel y todo el mundo lo conocía, no había que decirles a los guajiros de quién se trataba.

Esos cinco años condensaron lo que ahora reconoce como “la mejor experiencia” de su periodismo, y después – dirá- de su camino por la política, una ruta en la que no pidió estar, pero de la cual no
pudo zafarse. Había sido fundador y delegado del Poder Popular, estuvo en la dirección de las denominadas Organizaciones Revolucionarias Integradas y fue secretario de Organización en Jaruco.

Cuando fue elegido presidente de la Unión de Periodistas de Cuba le correspondió relevar a Julio García Luis, su amigo. Vendrían otros 20 años de recorrer cada esquina del país, “de acompañar la puesta en marcha de la Batalla de Ideas, la apertura de las salas de video y de los canales locales de televisión, la multiplicación de las emisoras y el fortalecimiento de la carrera de periodismo”.

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Tubal junto a Fidel Castro cuando le UPEC le entregó su diploma de corresponsal de guerra en un aniversario de Radio Rebelde. Foto: Cortesía del entrevistado

La vida de Tubal se ha escuchado sin un guion previsto. Y la ventaja de eso es que parece estar pasando de nuevo, con sus felicidades y golpes, con sus carencias y ganancias, con sus triunfos. En la bitácora de esos mejores triunfos almacena algunos pasos personales que lo hicieron, desde muy joven, miembro del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y casi en simultáneo, después de la fracasada huelga civil del 9 de enero de 1958, uno de los tantos que fueron presos, castigados, chantajeados, liberados, vigilados, amenazados, vueltos a apresar. Del cuartel de Jaruco, al de Campo Florido, luego para la capitanía de San José de las Lajas y de ahí para el castillo de El Príncipe. 

Pasarían 21 días, un juicio y su absolución, pero le esperaría un encuentro con el Buró de Investigaciones, el destierro de su pueblo y finalmente, el regreso clandestino a Jaruco, el 31 de diciembre de 1959, a pocas horas de que lo sorprendiera la Revolución.

– Inmediatamente ahí empezó mi historia después de la caída de Batista. Voy a trabajar de jefe de la policía municipal y ya al año siguiente me nombran miembro de la dirección del Movimiento 26 de Julio.

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El periodista Enrique Núñez Rodríguez, a quien Tubal Páez conoció de cerca, dijo en una de sus crónicas, que escribir las memorias “es algo así como darle rewind a la grabadora”, solo que – agregó – al repasar la cinta, se van enredando fragmentos del corazón.

Tubal Páez junto a Armando Maradona. Foto: Cortesía del entrevistado

Y en medio de esa condensación de momentos, personas, de versiones de uno mismo, de lugares, de aprovechar la gracia de ganar y de dominar el arte de perder del que habló Elizabeth Bishop (tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas / que su pérdida no es ningún desastre), se arma una coraza con la cual, al mirar hacia atrás o hacia delante, se entiende de dónde nació la energía para enfrentar cada camino.

A Tubal esa fuerza se la dio el periodismo. Lo dijo a cada rato de la conversación. Quiso que quedara claro. “El periodismo para mí es como mi respiración, como mi oxígeno, es mi ritmo”. Un mes después dirá que no recuerda lo que dijo para esta entrevista, que muchas cosas seguramente cambiaron, quizás de todas, la menos invariable sea esa.

Nota pública en el portal de la
UPEC (https://www.cubaperiodistas.cu/)

Foto de portada: Imagen original de Yusmilis Dubrosky

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