7 abril, 2021

De cínicos y despistados

Por Sergio Torres (*).- Si de algo sirvió el paso de Barack Obama por la Casa Blanca entre 2008 y 2016, secundado -no lo olvidemos- por Joe Biden, fue para demostrar que  no alcanza con ser negro ni pertenecer a cualquier minoría para cambiar el mundo.

En aquel momento, tanto Obama como su vice, el actual presidente de EE.UU.,  se fueron en amagues de campaña, pero lo cierto es que apenas asumieron dieron señales, y más que señales, de que nada iba a pasar más allá de proclamas demagógicas para ganarse a la tribuna.  Contra el poder real, ni una sola medida.

Basta recordar algunas acciones de esa administración: el rescate de las entidades bancarias y financieras luego del masivo fraude inmobiliario de 2008, la desestimación de realizar juicios militares contra aquellos que estaban acusados de torturas y asesinatos en la ilegal base de Guantánamo, la evasión de ejecutar compromisos adquiridos en reiteradas cumbres contra el cambio climático y… de sacar el pie del acelerador en Irak y Afganistán desde ya que no.

Se puede decir que a grandes rasgos, aquellas políticas de la gestión Obama, si uno quiere pensar mal,  fueron todas en favor del capital concentrado, depredador de recursos y personas, ya sea estafando, matando o controlando los medios masivos de comunicación.

Ahora bien, ¿por qué motivo una parte importante del progresismo de este mundo puede mirar con optimismo al gobierno de Joe Biden? ¿Es tan importante que se haya impuesto a Donald Trump? ¿Tanto le va a cambiar la vida a los postergados de este mundo que Biden sea presidente de la mayor potencia mundial? A propósito:  ¿Cuánto tiempo más quedará pegado el progresismo con el popular gobierno de Biden? 

Entre otras cosas, el demócrata Biden dejó un par de tips en los últimos días para saber para dónde va su gestión: China es mala, Rusia peor y hacen falta elecciones libres en Venezuela. ¿A Cuba le irá mejor con esta administración demócrata? Frío frío. 

La dominación cultural, política y económica está dando un giro cínico, coquetea con las minorías étnicas, raciales, culturales y sexuales, en una jugada más para perpetuar su poder hegemónico. Van por todo como nunca antes, y  adaptan el discurso y las formas de manera tal que los mismos de siempre aparecen como la esperanza de un mundo nuevo, más inclusivo, más justo y más humano. Y algunos despistados les siguen el juego. De terror.

(*) Periodista. 

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