5 junio, 2025

 Las viejas fotos de Vilas

Por Eduardo Verona.

Periodista. Miembro de conducción de Utpba.

 -Hola, Guillermo, estuve intentando comunicarme con vos y te llamo porque la idea es charlar  para una entrevista.

-¿Vos querés hacerme una interviú?

-Sí, claro. Una nota para Página/ 12 donde trabajo (la nota finalmente no se publicó en Página, sino en la revista semanal y deportiva El Clásico), una interviú como decís vos.

-Te digo desde ahora que va a ser muy difícil. Es que estoy muy pero muy apretado con los tiempos y con todas las cosas que estoy haciendo, componiendo, grabando temas, ensayando con la banda… Pero a ver, esperá un poquito: mañana a las cinco de la tarde tengo un rato libre y voy a estar en unas oficinas del primer piso que están justito enfrente de donde está Clásica y Moderna, ahí en la Avenida Callao. Si querés pasá por ahí y hablamos.

-Estupendo, mañana estoy ahí.

Eran los primeros días de septiembre de 1990. Guillermo Vilas tenía 38 años. Sus mejores momentos profesionales ya habían quedado muy atrás, envueltos por distintas nostalgias y melancolías propias de la actividad donde descolló a favor de un gran talento deportivo y de un nivel de garra y entrega extraordinario.  

Aunque las reglas nunca escritas del periodismo señalan que no es lo mejor ser autorreferencial, en este caso tengo que serlo para contar mi única experiencia con ese gladiador del deporte mundial que atraviesa desde hace más de un lustro problemas de deterioro cognitivo, compatibles con el Alzheimer (sin confirmación oficial) que terminaron saliendo a la luz en abril de 2020.

Cuando voy subiendo por las escaleras hasta el primer piso de aquellas oficinas de la calle Callao, veo bajar velozmente a Vilas: pelo largo hasta los hombros, anteojos de sol en la mano y enfundado con un jean azul muy ajustado, campera onda punk de cuero negro y botas del mismo color. Y le digo de apuro: “Guillermo, soy el flaco que te llamó ayer y vengo a verte para la nota”.

-No, ya está. Dejá, tengo muchas actividades que realizar. La interviú que te programé era a las cuatro. Y ahora faltan diez minutos para las cinco. Llegué antes, hice tiempo en Clásíca tomando algo, pero te demoraste demasiado. Así no va flaco. Me tengo que ir.

-No, esperá un poquito Guillermo. Vos me dijiste a las cinco, no a las cuatro. Te confundiste.

-No, a las cuatro te dije. Estoy seguro.

-No, te equivocás, a las cinco.

-Yo no me equivoco.

-Yo tampoco. Pero más allá de este desencuentro, ¿cómo lo podemos resolver?

-No sé. Que se yo… No es mi problema. Vos no cumpliste con el horario de la cita. Lo único que se me ocurre es que mañana a las diez de la mañana pases por mi casa.

-No, dejá, te agradezco, vos debes vivír en el culo del mundo…   

-No, nada que ver. Estoy muy cerca de Plaza Francia, en Recoleta. Si tenés para anotar te dejo la dirección.

-Ok, anoto. Mañana estoy ahí. A las diez en punto. A las diez, eh.

Al otro día fui en búsqueda de la dirección que Vilas nos había indicado. Creo que era el piso once de un edificio cinco estrellas de la calle Galileo. Toco el portero eléctrico. Me anuncio. Subo. Nos habilitan el acceso a un amplísimo salón de estar. Una mujer muy amable de unos 50 años que colaboraba con Guillermo en las tareas de la casa, nos recibe y nos señala que aguardemos unos instantes, mientras con una gran calidez nos invita a tomar café, te, gaseosa, jugo de naranja, yogur o ensalada de frutas. “Acá hay de todo”, nos dice. Elegimos café. “El señor enseguidita viene”, nos asegura.

Guillermo Vilas Campeón – Final vs Jimmy Connors US OPEN – 1977

Ocho minutos después tenemos a Guillermo Vilas enfrente, quien nos pide disculpas por la espera: “Es que estaba atendiendo a mi padre que está acá en una habitación que especialmente hice preparar como si fuese la sala de una clínica. Le instalé todo lo que puede necesitar, con una atención médica permanente en todos los sentidos. Lo quería tener cerca mío las veinticuatro horas del día. Es lo mejor para él y para mí”.           

En un momento de las dos horas de la charla formal e informal que mantuvimos, larga una frase como al pasar que siempre recuerdo: “Mirá que yo no soy ni me siento un monumento que camina”.  

Y agregó en un textual de fuerte tono existencial que reproducimos: “Me hubiera vuelto un monumento si después del retiro de hace dos años apuntaba a ser técnico, luego capitán del equipo argentino en Copa Davis, presidente de la Comisión de Tenís, poner la cara en el Buenos Aires cuando hay algún compromiso importante, vivir en la nostalgia, ser prisionero de las concesiones y así caer en la vejez para ser lápida. No quiero ser una linda historia ni seguir vinculado al tenis de esa manera. Mi vida abarca otros proyectos que van a más allá de los recuerdos. Está por ejemplo la música, el disco, la onda con los pibes más jóvenes… Porque yo tengo más relación con la gente más joven que con la gente de mi generación. Como toda generación que ya vivió, piensa mucho, demasiado. No digo que se les está pasando el cuarto de hora, pero se van quedando. Me encantaría encontrar tipos de mi edad con más polenta, aunque la juventud no está en la edad sino en la cabeza. Las preguntas que nos hacíamos nosotros, ahora se la hacen los pibes y yo quiero escuchar esas preguntas que están en las calles, en los grupos under, en los circuitos de relación que establecen. Mi generación no está muerta pero veo a muchos que se manejan con demasiados prejuicios. Aceptar la edad es aceptar la vejez. Por eso me engancho con los pibes que se prenden a la espontaneidad y a actitudes vitales, aunque por momentos estén un poco perdidos”.

En otro pasaje y ya mirando sin mirar la ciudad desde el enorme balcón con parrilla del piso once, Vilas también fue profundo: “La gente me demuestra cariño. Afecto. La verdad no sé si eso es idolatría. No porque te aplaudan te quieran. Además, la patente de ídolo no te la da una victoria ni un decreto. Es algo que le transmitís a uno en un momento especial. En la Argentina por cualquier cosa a alguien se le dice ídolo, Dios o algo por el estilo. Nadie puede tener un millón de ídolos. Yo tengo algunos que se pueden contar con los dedos de una mano. Por ejemplo, al brasileño Tomás Koch en tenís al que le copié hasta el pelo largo, incluso la forma de caminar  y la vincha que usaba, Lou Reed en poesía y Keith Richards en música. Y no mucho más”.

Al toque le sumó una autodefinición desprolija pero apasionada y quizás también polémica: “En la vida tenés que adaptarte al mundo. Y no al revés. No hablo de transar sino de adaptación al medio ambiente, a las reglas de juego, a las circunstancias. Igual yo no soy pasivo pero tampoco anarquista. Además este no es un país preparado para transgredir y no es por falta de gimnasia democrática. La gente se acostumbró a cubrirse de corazas y es complejo patear todo eso”. 

El retiro, el olvido, los flashes intransferibles del pasado, la realidad inabarcable del día después y aquellas observaciones punzantes de Vilas que siguen teniendo vigencia: “No es fácil de la noche a la mañana no ser más Pelé. Cuanto te retirás, quedás vos y detrás la historia. Fue traumático, difícil, duro. De repente me encontré con que el día era muy largo o muy corto. Es un golpe, un cambio total en tu rutina. La única manera de salir es generar otra alternativa. Fue muy grosso para mi. Me demandó un gran esfuerzo, pero acá estoy. Me quedo con la enorme satisfacción de haberme retirado cuando yo quise y no cuando los demás querían”.

En aquel septiembre del 90, le preguntamos como se imaginaba cuando tuviera 60 años. Esperó unos tres o cuatro segundos, respiró profundo y respondió metiendo un par de pausas: “No lo sé, probablemente haciendo un racconto de mi vida, ordenando los tantos para cuando me muera y tratando de escribir un testamento o mis memorias. También me imagino una postal  familiar con mi pareja y mis hijos. Lo que ocurre es que a mí todo me llega más tarde. Todo. Tengo una madurez más tardía. Gané un torneo de Grand Slam a los 25 años cuando ahora se gana a los 18 o 19. No tengo una pareja estable. No tengo hijos todavía. Y esto se proyecta a muchas otras cosas”.

A tres décadas y media de aquel encuentro con Vilas, interpretamos hoy que sus palabras de ayer adquieren otro valor, otra sustancia, otro volumen. Se  resignifican, en definitiva. a la luz de las evidencias. Porque en la actualidad son muy distintos los contextos, las circunstancias emotivas, los recorridos, los pliegues imprevistos de la vida, la silueta misteriosa de la muerte.

Allá, en el 90, el hombre que el próximo 17 de agosto cumplirá 73 años y padece un deterioro cognitivo que lo obligó a resignar calidad de vida, nos revelaba con su mirada y percepción la silueta del aquí y ahora. Pero el tiempo no para. Así lo sentencia una formidable canción del esclarecido y extinto poeta y compositor brasileño Cazuza, fallecido el 8 de julio del 90, víctima del HIV. Y todos, sin excepciones, con más o menos privilegios y adversidades, formamos parte de esa dimensión existencial. Porque el tiempo no para.    

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