En otros contextos, otros climas y en otros tiempos, hace ya varias décadas, un periodista escribió un texto cuyo título de ninguna manera era inocente: Negro, vos sos Pelé. El significado de esas cuatro palabras remitía a cierta naturaleza muy complaciente y cortesana del supercrack brasileño con los espacios de poder más conservadores y ortodoxos que pretendían cooptarlo, como finalmente registra la historia que sucedió. El periodista le pedía a Pelé, sin éxito, menos franela política y subordinación y una mayor rebeldía bien entendida y administrada. No una rebeldía al cohete para capturar adhesiones efímeras y oportunistas que se desvanecen al amanecer.
Esa potente imagen que nos quedó de aquella columna de opinión vinculada a las vivencias políticas, económicas y empresariales de Pelé dentro y fuera de Brasil (en especial, en Estados Unidos, dónde ejecutó su retiro hablando de amor y paz), hoy nos permiten trazar un viaje a la actualidad y detenernos en el número diez del Inter Miami y de la Selección nacional. Y soltar aquella misma frase editada hace muchos años, pero con otro protagonista de altísimo registro universal: Leo, vos sos Messi.
Tostao (el brillante media punta del Cruzeiro que integró el inolvidable Scratch que se consagró tricampeón del mundo en México 70, acompañado por Carlos Alberto, Wilson Piazza, Clodoaldo, Jairzinho, Gerson, Pelé y Rivelino, entre otros), en una entrevista que nos concedió para la revista El Gráfico en el marco de la Copa América disputada en Bolivia en 1997, sostenía: “Pelé, al contrario de Maradona, siempre quiso quedar bien con Dios y con el Diablo. El siempre repetía tudo bem, tudo bem. Y esto fue muy criticado en Brasil. Ese Pelé complaciente y sin actitud contestaría no fue de mi agrado”.
Este Messi que ya manifestó sin ambigüedades su clara intención de dedicarse full time al mundo empresarial luego de que cierre su vínculo directo con el fútbol, también parece mimetizarse con esa observación de Tostao en versión libre, cambiando al actor principal: ”Messi, al contrario de Maradona, siempre quiso quedar bien con Dios y con el Diablo”.

La realidad irrefutable es que no se puede quedar bien con todos. Nadie puede ser tan amplio y tan neutral. Quedar bien con todas las audiencias no deja de ser una pose. Una puesta en escena. Y una ficción existencial que alienta la esperanza de caer bien parado en todos lados. Y esta aspiración de imposible cumplimiento suele morirse en la orilla. Siempre la vida nos presenta la posibilidad de elegir. El eligió. Por ejemplo eligió visitar a Donadl Trump con el plantel del Inter Miami, extenderle la mano y regalarle varias sonrisas cómplices con cierto rubor en aquel encuentro del pasado 5 de marzo en la Casa Blanca.
Messi, muy próximo a cumplir 39 años el 24 de junio, reveló en el crepúsculo inevitable de su carrera como quería jugar ese partido. Y con quiénes lo quería jugar. En esta última recta como futbolista y en la inminencia del Mundial, no puso el pie en el freno. Quizás fue fiel a su instinto. Quizás lo atemorizaron las circunstancias y se vio superado por los intereses y el ambiente. Quizás interpretó que había llegado muy lejos con su inexpresividad programada. O quizás en muchas ocasiones no se animó a pegar el portazo que definiría el rumbo de sus acciones. Lo cierto es que tomó decisiones. Como en su momento también las tomó Pelé con una sumisión y obsecuencia marcadísima ante el poder real. En ese territorio invisible pero bien concreto, Messi no resultó funcional a la tibieza de procedimientos. Todo lo contrario. Actuó.
Aquel Messi ambivalente y líquido que parecía sostener aquella consigna laxa de voy pero me quedo o digo pero no termino diciendo nada operado por el miedo como un disciplinador social que siempre deja las cosas como están, optó ahora por alejarse de la neutralidad falsa. ¿Ganó? ¿Perdió? El, naturalmente, lo debe saber o lo sabrá, aunque es evidente que acomodó su tablero de ajedrez dentro de un modelo abrazado totalmente a la lógica del establishment más regresivo y recalcitrante. Como nunca antes, tiró una pared fenomenal y funcional a ese perfil hipercapitalista con el extinto Pelé. La devolución fue perfecta. Diego quedó muy lejos., Demasiado lejos.