8 mayo, 2026

Cuando el mensaje no es un post -Primera Parte-

Por Catalina Camaño Amato

Comunicadora. Docente en Filosofía. Secretaria de Cultura de la UTPBA.

El avasallamiento de las notificaciones; la sobre estimulación de los smartphones que genera dependencia, ansiedad, nerviosismo, insomnio: nos encontramos frente a formas de comunicación que enferman. Nada nuevo: las multinacionales dominan los medios y un pequeño grupo de magnates es dueño de las redes sociales. La comunicación digital cambió drásticamente nuestras subjetividades, configurándonos desde la intimidad más profunda.

Como siempre sostuvo la UTPBA, en tanto no haya democracia económica, tampoco la habrá informativa. La democracia económica nunca llegó… no sorprenderá entonces que, por más desarrollos tecnológicos y renovaciones digitales que produzcamos, nuestras vidas sigan signadas por la desigualdad.

Tejiendo redes y cruzando océanos para aprender de otras formas de comunicación, hablamos con Aina Solana, antropóloga barcelonesa y trabajadora del campo español. Su forma de habitar el mundo la llevó a desarrollar un lenguaje compartido con los animales, la vegetación, las rocas y las montañas. Un diálogo que en ella se encarna en el vínculo con el bosque, sus perros y el rebaño, y en una escucha atenta del cuerpo y de lo que llamamos “no vivo”.

Ese interés la llevó a inscribirse en la Escuela de Pastores de Cataluña y le abrió los mundos de sobremanera. Ahora vive como pastora asalariada con sus perros Llur y Gaucha, cuida rebaños ajenos y aprende cada día a desafiar los ritmos impuestos. Hablamos con ella para entender cómo se construye una forma de vida otra, y también para escuchar las contradicciones que la atraviesan.

-Para aprender de vos sobre otros lenguajes, más lentos, no verbales, que nos piden paciencia: entrenar a un bordercollie para poder trabajar con él lleva varios años, ¿no? ¿Cómo fue ese proceso para trabajar juntos? Además, entiendo que, en el campo, si te apuras, las cosas pueden salir mal…

-Sí, en el campo si te apuras las cosas salen mal. Mi proceso con los perros fue uno de los aspectos más complejos con los que tuve que lidiar al inicio de mi vida pastoral. Al empezar trabajé solamente con mi primera perra, Gaucha, que no es de raza BorderCollie sino que es una mezcla de razas españolas (Gosd’Atura y Gorbea).

Las razas autóctonas de perros de conducción de rebaños suelen ser razas que han sido seleccionadas para desarrollar tareas multifactoriales, es decir, no sólo por su trabajo con rebaños, sino también para la protección de la granja, por ejemplo. Son razas a las que se les da especialmente bien el pensamiento lineal, como trabajar en lindes de caminos o carreteras. Suelen llamarse ‘perros de empuje’, trabajan muy en contacto con el ganado, han sido seleccionados para mover ganado pesado que necesita de una presencia más fuerte (grandes rebaños o rebaños poco sensibles al impacto que genera el perro), y gran fuerza de empuje para mover los rebaños hacia adelante en largos viajes de transhumancia. También son perros que tienen facilidad para usar estratégicamente la vocalización (ladrar) para mover a la masa de animales.

En cambio, los BorderCollies tienen un pensamiento más periférico diría. Tienen un atributo al que se le llama ‘el ojo’, que es la capacidad de hacer mover al ganado con el impacto de su mirada, y con un tacto más suave y desde la distancia. Su instinto natural, para el que han sido seleccionados durante más de 100 años, no es el de empujar sino el de ir a buscar y traer (‘fetch’, en inglés).

Yo a mi perra la agarré desde muy chiquita y empecé a hacer ejercicios de obediencia con ella al inicio (ejercicios como pedirle que haga algo y recompensar con un alimento que le gustase mucho), pero los resultados que me daba me preocuparon, porque la hacían estar más ansiosa. Así que me informé mucho sobre adiestramiento canino respetuoso, e incluso pude dejar de hacer obediencia con ella porque nuestra convivencia a través del trabajo generaba una relación muy estrecha de confianza entre nosotras. A través del pastoreo, aprendió a tenerme a mí como humana de referencia y a hacer manada conmigo por un interés común.

Aina Solana

El hecho de tener una vida en libertad -sin correas ni arneses en el día a día- le mostró a auto-regularse con gran facilidad y a elegir qué actividades le interesaban más o menos según sus propios intereses individuales y también genéticos (su carga genética pauta gran parte de sus preferencias, como: rastrear, cazar, investigar rincones naturales, etc). Y también aprendió que cuando yo la llamaba era porque algo importante ocurría y no es que ‘obedeciera’ sino que llegaba a mí por considerar que mis necesidades son importantes para el equipo que formamos.

Más adelante hicimos sesiones durante una larga temporada de entrenamiento canino con ovejas, que consta de meter ovejas en un círculo y poder pedirle al perro que siga tus órdenes para que vaya entendiendo el concepto de las direcciones (derecha, izquierda), las órdenes (para, échate, busca a las ovejas) y también para que desarrolle su capacidad de concentración (cola baja).

Para guiarla a ella utilizo mucho el lenguaje verbal -comprende muchas palabras y entonaciones- y también no verbal -mi lenguaje corporal, como mis brazos para indicar dirección, pero también si piso flojo para no molestar a las ovejas que comen cerca de mí, ella también se empequeñece para no moverlas sin querer-.

Aún todo el entrenamiento y la buena relación entre nosotras, su forma de trabajo y pensamiento natural tiene ciertas limitaciones que yo necesitaba cubrir en el trabajo. Así que decidí unir a nuestra familia un Border Collie que pudiera ayudarnos a las dos en ciertos momentos en que es necesario el trabajo milimétrico que esta raza puede muy bien ejercer. Por ejemplo, si sólo quiero mover un pequeño grupo de ovejas escapistas, o mover una madre con su cordera, para esto Llur, nuestro BorderCollie es un profesional. Él se mueve como un mando a distancia, y a través de silbidos que le hago y quieren decir órdenes concretas va extremadamente lejos. Así, los tres hacemos un equipo infalible para cualquier tipo de situación con la que nos encontremos.

-Me imagino que antes de decidir vivir de esta forma, estabas como todxs nosotrxs, en el minuto a minuto, en la urgencia que en verdad no es para nada urgente, en la saturación de estímulos de la ciudad. ¿Vivís en otro ritmo ahora? ¿Cómo sentiste ese contraste en tu cuerpo? ¿Fue esa búsqueda por otro ritmo vital lo que te trajo hasta acá o cómo decidiste dar este salto?

-Sí, siento que vivo otro ritmo, que mi cuerpo cada año que pasa es más sensible al cambio de las estaciones, a los horarios solares, a la luz natural. He desarrollado una escucha nueva hacia el entorno y lo que en él ocurre, notando qué especies brotan en qué momento, qué pájaros llegan antes al despertarse la primavera. Siento que poco a poco desarrollo una percepción más animal. En el pastoreo hay algo muy gutural, originario, que lleva a la parte de mí más instintiva a desvelarse y tomar control. Me permite vivir desde la intuición, desde lo corporal, saliendo de las lógicas de lo racional. A menudo pienso, al ver a mis animales pastar, que tiene que haber algo evolutivo en la parte más profunda de mi cerebro para que esa escena me resulte tan placentera, que trae serenidad a mi sistema nervioso y me calma. También me da esperanza.

Soy alguien además, que soporta muy bien la soledad, y la lentitud de mi trabajo me permite dedicar mucho tiempo a conocer quién soy, desarrollar intereses personales, seguir aprendiendo sobre biología, ecología, veterinaria, etología, lenguaje y entrenamiento canino, etc. A menudo me preguntan si siento una gran soledad, a lo que respondo que en realidad no mucho porque siento que tengo un rol como humana sobre la tierra, y muchas tareas que cumplir. El pastoreo para mí supone un gran espacio de libertad.

También hay algo de lo que me he ido dando cuenta referente a la percepción del tiempo, yo trabajo durante los meses de verano en cabañas de alta montaña, sin acceso a la red eléctrica común, con placas solares y un suministro de energía muy bajo. Por ejemplo, mi cabaña no está dotada de un baño o una ducha, vivo con una cocina de camping-gas, o no tengo nevera (heladera). Por lo tanto, cuando tengo que ducharme, suele ser algo que debo planificar. Escribo un ejemplo de ello en mi diario:

“Hoy pensaba tomarme una ducha en pelotas delante de la cabaña, un ritual que por varias razones no tengo el placer de efectuar a menudo. Finalmente ha tenido que ser en Bikini, porque no paraban de pasar turistas por la puerta de mi casa. Caliento el agua en la cocina de gas, preparo la silla, los cazos grandes y los pequeños, la toalla, el jabón. La ducha de camping nueva que he comprado funciona bien. Mientras me enjabono pienso en cómo aquí no existe el concepto de “ducha rápida”, y en cómo las cosas del día a día de las gentes modernas aquí toman más planificación y tiempo. Algo sencillo puede devenir todo un acontecimiento.”

Y respondiendo a la pregunta de cuáles son las fuerzas que me llevaron a tomar esta decisión, pues hay muchas razones, claro. Diría que empecé a interesarme sobre el pastoreo y la vida rural mientras cursaba mis estudios en Antropología, en la Universidad de Barcelona. Esa carrera me llevó a cuestionar parte de mi identidad urbana, fruto de la globalización, sobre todo con la pregunta de ¿Por qué sé hablar varios idiomas totalmente extranjeros a mi cultura, pero desconozco el idioma materno de mis abuelos? Esta pregunta me llevó a querer indagar sobre mi pasado familiar, mis raíces y empezar a hacer entrevistas a mi abuela paterna -originaria de un valle bastante aislado del Pirineo, que emigró a Barcelona durante el éxodo rural,- historia de la cual yo desconocía bastante. Es así como terminé viviendo en el pueblo originario de mis abuelos paternos, donde justamente se estaba creando una Escuela de Pastores.

En la Escuela de Pastores de Cataluña pude ver muchos tipos distintos de formas de convivencia con los animales y, antes de pensar en tener mi propio proyecto, quise salir a conocer más formas posibles de hacer. Una gran preocupación que existe en el sector ganadero en España y, podría decir también, en Europa, es ‘el desgaste’ por el trabajo. Los oficios vinculados a los animales suelen hacerse en solitario, a menudo no contemplan días de descanso ni vacaciones, pueden terminar resultando extremadamente duros para la salud mental y física, además que económicamente no siempre resultan viables, y yo sabía que no quería que el pastoreo terminara convirtiéndose en una pesadilla. Es por eso -y por la dificultad que existe en Europa de tener acceso a la tierra, debido a los altos precios y a la especulación a la que está sujeta- que decidí convertirme en pastora asalariada, y dedicarme al pastoreo de alta montaña, un trabajo temporero al que me dedico desde hace 4 veranos.

Aún así, cada verano que subo a la montaña hay algo que sucede en mí, como un nerviosismo nuevo que me hace sentir que me convierto en pastora por primera vez, que paso de una vida a otra. Es como una segunda naturaleza que siempre ha estado allí, un rumor que ha estado dormido durante el invierno y que despierta bruscamente frente a la incomodidad de la austeridad de mi cabaña. Un espíritu en mí muy salvaje y guerrero que me permitirá desarrollarme en ese ambiente natural en soledad. Es una confianza renovada en mí misma para encarar la nueva temporada alpina.

Entre la memoria de su abuela y el aprendizaje en la Escuela de Pastores, Aina tejió su propio camino. Un animal dormido despierta en ella cada verano cuando sube de nuevo a la montaña. Sin embargo, la montaña no está aislada del mundo: hay condiciones políticas que hacen posible o imposible esta forma de vida.

En el pastoreo, nuestra compañera encontró una forma de vida que le permite ser a otro ritmo. Halló en el campo formas de comunicación contrarias a las propuestas por el mundo digital, en donde la espera no puede ser sinónimo de ansiedad, en donde otras especies participan y en donde tuvo que aprender a estar atenta a otro tipo de conexiones. Pero veremos en la segunda parte de esta charla que su vida no está exenta de las conexiones digitales. Asimismo, conversaremos sobre cómo la atomización de los trabajadores y la tendencia al aislamiento llegaron también al campo europeo y dificultan la unión entre trabajadores rurales.

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