20 julio, 2026

Faltó fútbol, sobró épica y algo más

Por Eduardo Verona.

Periodista. Miembro de Conducciòn de la UTPBA.

Primer domingo de septiembre de 1996. Barranquilla. Colombia iba a recibir a Chile por las Eliminatorias para el Mundial de Francia de 1998. Dos días antes del partido que ganó con baile por 4-1 aquella Colombia del Pibe Valderrama, Chicho Serna, el Patrón Bermúdez y Faustino Asprilla, como enviado especial de la revista El Gráfico dialogamos en ese bellísimo hotel colonial El Prado (se hospedaba Chile) con el goleador de la selección trasandina Iván Zamorano, quien acababa de desvincularse del Real Madrid para sumarse al Inter.

Al borde de una piscina, rodeado de palmeras y en un ambiente de clásico tropicalismo, nos comentaba Zamorano casi en tono despojado y confidencial: “A los argentinos los distingue algo muy fuerte: siempre se hacen sentir en todos lados. Y se nota mucho. No pasan desapercibidos en ningún lado. Nunca pasan desapercibidos. Tienen peso, presencia, garra, temple, personalidad y algo más que no sé como definirlo. Nosotros siempre admiramos todo eso que muestran los argentinos dentro y fueras de las canchas. No es que hablo de celos ni de envidia, pero sí de gran reconocimiento. Tendríamos que incorporar eso que valoramos tanto de los argentinos para ser más competitivos y en definitiva más ganadores”. 

Lo dijo casi como al pasar Zamorano. No era el núcleo central de la entrevista, focalizada en el tránsito de Chile por las Eliminatorias y en la dupla de ataque que se había formado junto con el Matador Marcelo Salas, quien en pocos días sería transferido a River, después de coquetear con Carlos Bilardo y con Boca.

Aquellas palabras auténticas de Zamorano sobre la presencia, la garra y la personalidad del futbolista argentino, ahora nos visitan como un potente recuerdo proyectado a todo lo que supo construir y desarrollar esta expresión CONMOVEDORA de la Selección nacional en el Mundial, aún en el dolor inmenso por la derrota mínima ante España que igual desató grandes manifestaciones populares de aprobación y agradecimiento.    

Porque fue realmente CONMOVEDOR lo que terminó revelando en el plano de su actitud y de la pasión que transmitió en un país culturalmente tan ignorante y ajeno al fútbol como Estados Unidos y tan funcional y rehén aplicadísimo de su negocio. Queda claro que el fútbol sin una carga emotiva de alto impacto no es fútbol. Y una carga emotiva gigante sin una dosis apreciable de fútbol tampoco es fútbol y apenas logra desvanecerse en el voluntarismo.

Tuvo todo Argentina en proporciones que alcanzaron distintos contenidos: fútbol en estado de máxima ebullición cuando eran inminentes los desenlaces adversos y una pasión y entrega monumental para interpretar lo que ningún adversario por más calificado que haya sido pudo plasmar con esa frecuencia e intensidad. Nadie sintió y vivió el Mundial como lo sintió y vivió Argentina. Cuando hablamos de sentir y vivir no hablamos de subirnos al carrousel del desborde efectista y tribunero para complacer a audiencias narcotizadas por el show que promocionan e irradian muchísimos lobistas de prensa mercantilizados. Hablamos de una convicción cristalizada que puede concluir en un puñadito de palabras: jugar bien, regular o mal dejando todo para ganar o perder sin reprocharse nada. Así lo diseñó y lo concretó la Selección. Como fue muy fuerte la relación que tejieron afuera de la cancha fue muy fuerte y homogénea las respuestas que brindaron dentro de la cancha.

Esa emocionalidad exuberante para vivir y sentir los desarrollos fue un episodio destacadísimo entre otros episodios de alcances majestuosos. Como, por ejemplo, lo que ofreció Messi a sus juveniles y vigorosos 39 años. Lo que no admite dudas es que Messi ya trasciende con holgura evidente las fronteras del fútbol. Para los argentinos es un monstruo inapelable que funciona en términos futbolísticos y simbólicos en espejo de otro monstruo constituido en la gloria eterna representada en la figura de Maradona. Y para todos aquellos que caminan por afuera de la argentinidad, la silueta tan frágil y tan invulnerable de Messi adquirió perfiles propios de una deidad casi incomprensible. Así lo miran. Así lo reconocen y lo celebran, aunque en ese rito celebratorio exista también un rasgo profundo de dolor y hasta cierto resentimiento explícito porque no es propio. Porque es argentino. Porque es de acá aunque viva allá. En Barcelona, en París o en Miami. ¿Es envidia? Puede ser. ¿Son celos? Es probable. ¿Es bronca? También se admite. Y hasta se admite la calentura crónica de los boludos infaltables en conexión permanente.  

Quizás el genio de Messi manifieste la fase más aguda y sensible de la evolución argentina en trance errático y permanente. Porque hace unos años (no menos de 6 o 7) no parecía que podría configurarse con la camiseta celeste y blanca o azul como la suma exacta de todas las virtudes e inteligencias aplicadas al fútbol. El lo hizo con una naturalidad y espontaneidad apabullante. Con frescura, con magia de la mejor, con relieves y pinceladas artísticas de una magnitud y dimensión inolvidable y con un registro de conducción grupal que lo convirtió en un líder de una generosidad y altruismo que supera los asombros iniciales y los escepticismos posteriores.  

Es un Messi tan crepuscular como infinito. Tan simple y complejo como rotundo. Tan admirable como exquisito. El símbolo genuino de la Selección como ayer fue Diego. Cuando parecía agotado, se reinventaba. Cuando parecía que no daba más, terminaba dando muchísimo más. Cuando se adivinaba a favor de ciertas señales que estaba al borde del abismo, como ocurrió en varios encuentros, lo visitaban y cobijaban los duendes de la creación más salvaje y más bella. Así también se iluminó la Selección. En las sombras renació. En las sombras, como en las sinuosas rectas y curvas del Mundial, perforó la incredulidad urgente y dejó ver asombrosas resurrecciones que atraparon los misterios no develados de la vida, la épica y el fútbol. 

En el marco de una obra colectiva perdurable (en comunión con el cuerpo técnico comandado por Scaloni y acompañado sin serpentinas ni papel picado por Aimar, Ayala y Samuel), el plantel que siempre supo desactivar por completo egos, vanidades, rumores descartables e individualismos tan sublimados y promovidos en tiempos actuales, encarnó, sin dudas, la apoteosis del fortalecimiento colectivo. MESSI, LA SUPERESTRELLA, PERO RODEANDO A MESSI TODOS. Sin excepciones. Los que jugaron más y los que jugaron menos. O directamente no jugaron.

El mensaje fue demoledoramente fantástico. Como fue fantástica y perturbadora para las tribus más reaccionarias y negadoras la decisión del equipo de ponerle al mundo en primerísimo plano la bandera que rezaba Las Malvinas son Argentinas. Una síntesis real, poética y también claramente política que incluso desmintió a Scaloni quien en la inminencia del cruce solo veía en el horizonte “un partido de fútbol”. En definitiva, un corolario magnifico previo a la final, nada menos que teniendo enfrente a la claudicante Inglaterra, tibia y temerosa ante la Selección.

Estas nuevas pruebas de autoridad y resistencia anímica y futbolística que dio la Selección nos hace viajar a aquellas palabras y aquel tono prudente y confidencial de Zamorano hace tres décadas en la bucólica y sofocante Barranquilla, cuando según su mirada desnudaba una manera de ser y quizás una manera de vivir que nos interpela más allá de las grandes desventuras ocasionales.

Ganar o perder puede ser un accidente, producto de un imponderable o de una tarde con o sin inspiración. Pasa en el fútbol. Ocurre en cualquier actividad. Lo que no es un accidente ni un imponderable es cómo podemos metabolizar el triunfo y la derrota. Que nos deja. Que nos queda. Que nos sugiere. Que nos indica. Que nos quita. Que nos da. La salida, sin deudas y con memoria artesanal, la fue construyendo la Selección partido a partido: UNO JUNTO AL OTRO. Siempre. Para llorar de alegría o de pena, como ocurrió luego de la caída ante España. O para festejar sin caretas a la vera del camino.    

Faltó fútbol, sobró épica y algo más

Por Eduardo Verona.

Periodista. Miembro de Conducciòn de la UTPBA.
En el marco de una obra colectiva perdurable, el plantel que siempre supo desactivar por completo egos, vanidades, rumores descartables e individualismos tan sublimados y promovidos en tiempos actuales, encarnó, sin dudas, la apoteosis del fortalecimiento colectivo. Messi, la superestrella, pero rodeando a Messi todos.

Comité Ejecutivo de FELAP en Buenos Aires

Compañeras y compañeros de FELAP en la jornada de cierre de la reunión del Comité Ejecutivo, celebrada en Bs. As. Dicho encuentro fue previo al Congreso realizado recientemente en la Ciudad de Morelos, México, y contó con una mayoría de organizaciones presentes, y otras que se sumaron a través de informes y opiniones que enriquecieron el debate y las resoluciones.

Islas a Barlovento y Sotavento

Por Ana Villarreal.

Periodista y escritora. Secretaria General Adjunta de UTPBA. Delegada permamente a FELAP.
La elevación simbólica y el rescate de la historia pueden ser una tabla de salvación para la inteligencia con perspectivas de humanidad, en un mundo de tiempos destemplados. La proeza mundialista del equipo de fútbol de Cabo Verde sacudió los ánimos de propios y ajenos al universo de la diáspora más numerosa.