Por Ana Villarreal (*).- Ahora, que es certeza que Almudena Grandes ha partido tan pronto, asumimos como nuestra aquella expresión de desgarro, cuando años atrás, despedía a su amigo, el cantaor Enrique Morente: “el implacable designio que no podrá arrancarte de nosotros para siempre”.
Porque, todos nosotros, que fuimos alcanzados, de una u otra forma, por la riqueza de su obra galdosiana, en estas horas, hemos experimentado físicamente la tristeza y la desolación, ante la noticia de su muerte.
En muchos, seguirá firme el recuerdo de la característica ronquera de su voz al defender con pasión futbolera al “Aletic” de Madrid o al pasar la receta de cocina de sus platos preferidos.
Una breve crónica testigo puede recordarla en un trayecto de 42 kilómetros, desde Madrid hasta Alcalá de Henares. Poco menos de una hora para ir y otro tanto para el regreso.

Una divertida Almudena, sentada junto a su marido el poeta Luis García Montero, festejaba la actitud de Juan Gelman, quien, en el umbral del desenfado, había decidido ir sin corbata a la entrega del Premio Cervantes y al almuerzo ofrecido en Palacio Real.
A los pasajeros de ese minibús, aún les esperaba compartir el accidente de vestuario del galardonado, el escritor José Emilio Pacheco. El autor mexicano vivió el deslizamiento de la parte inferior de su traje, minutos antes de subir al estrado.
Ya en el paraninfo de la Universidad de Henares, Almudena se aseguró un asiento que la sacara de la primera fila asignada, en el frente a frente con los reyes. Su digno y público republicanismo así se lo indicaba, aún en terrenos de sacrosantos protocolos.
Desde los gestos simples, hasta la grandeza de
su legado literario, habremos de extrañarla por roja, por humana y militante.
Con sus libros en alto, apretados a los claveles rojos, seguiremos escribiendo
como ella predicaba “para mirar al mundo”.
(*) Periodista y escritora. Miembro de
Conducción de la UTPBA y delegada a la Federación Latinoamericana de
Periodistas –FELAP-.