30 septiembre, 2023

Antiguallas

Por Daniel Das Neves

Periodista. Secretario de Relaciones Internacionales – UTPBA.

Fue Alan Pauls quien lo dijo: hay una idea de que el mundo está empezando a perder miedo de desear el comunismo, algo de comunismo. El escritor estaba presentando la segunda parte, la película dura casi 8 horas, de Noticias de la Antigüedad ideológica: Marx/Eisenstein/El capital, del director alemán Alexander Kluge, en la Fundación Proa. Era invierno de 2011, acá, donde el mapa mira a todos desde abajo.  

El invierno-primavera de 2023 desafía no tanto aquellas temperaturas como esas palabras del autor de Historia del Dinero, contrastándolas con realidades y vísperas de tempestades ideológicas que no se dejan definir desde un zócalo televisivo. 

La derecha, la ultraderecha, el fascismo desfilan en estos tiempos sin abandonar su condición de antigüedad en el escenario político; poderosas para saltear e ignorar límites fronterizos y enrarecer interpretaciones que en pocas ocasiones van a fondo en una estrategia real de confrontación contra esos dispositivos de poder. Discursos defensivos y de denuncia como un acto reflejo suenan a poco, aún desde las palabras, cuando prescinden en señalar a ese fantasma que en sus últimas tres décadas y media (de los 5 siglos de vida que posee) recorre el mundo diciendo que es él, el capitalismo, o el abismo.  

La película de Kluge toma una búsqueda original del director Serguei Eisenstein (La Huelga, El acorazado Potemkim, octubre), que pretendía filmar El Capital, la monumental obra de Karl Marx, y expone todo tipo de recursos -audiovisuales, orales, históricos, biográficos, escritos, documentales- para alcanzar una pieza cinematográfica a la altura de la extraordinaria tarea emprendida.  

Sin embargo, no se trata de hablar de la película. Sí que aquí se proyectó por primera vez en ese invierno de 2011 cuando América Latina preservaba la decisión de tener una iniciativa política frente a los Estados Unidos, con matices inteligentemente contenidos por una política común antineoliberal, que en algunos casos era también anticapitalista. Quizás por entonces el impulso más potente había quedado atrás, pero Brasil, Bolivia, Cuba, Venezuela, Argentina, Ecuador venían desafiando desde su decisión política el atropello imperial, construyendo eso que se suele llamar agenda propia, procesando diferencias (en algunos casos muy notorias) con una tarea de unidad en la región que soportaba embates desde los representantes del poder económico local y de sus respectivas fuentes de origen. Con ese fondo había que escuchar las palabras de Pauls, por entonces, y leerlas hoy, evitando chicanas. 

De ese clima político tomó nota una institución como la iglesia, donde uno de sus representantes, el cardenal Jaime Ortega, un cubano de tensas relaciones con el gobierno de su país, le dijo a Jorge Bergoglio, horas antes de ser elegido como Papa, o sea un año y medio después de aquellas palabras de Pauls, que “esos cambios que hubiésemos querido hacerlos con nuestra gente, que estudió Doctrina Social de la Iglesia en nuestras universidades fueron hechos por Hugo Chávez, Evo Morales, los Kirchner, Lula Da Silva, Rafael Correa, Daniel Ortega, todos con una inspiración que viene desde atrás, de la Revolución Cubana de Fidel Castro. Y ante esos cambios, me parece ver la iglesia como expectante (esperando) que pasen estos gobiernos y vengan otros que le den un lugar de privilegio y la favorezcan…”     

No se hablaba de Revolución (más allá de la inspiración que el cardenal Ortega atribuía al gobierno de su país) pero se ejercía una considerable, aunque despareja, resistencia a las presiones de Estados Unidos y del poder económico; sin embargo la tarea de modificar las relaciones de fuerza, como movimiento regional y hacia el interior de cada uno de esos países, tropezaba con dificultades enormes, que no dejaban de ser previsibles vista la magnitud de lo por hacer y de la capacidad del enemigo.   

Aquel miedo al comunismo que para Pauls se empezaba a perder volvió a tomar impulso, en la región y en Europa. Un miedo que se expande apelando a descalificaciones brutales y escatológicas, reservándoles hasta a los más incautos un lugar en ese retrete comunista maléficamente sobrentendido, sitio en el que fue depositado hasta el propio Papa. 

El tono y la actitud culposa de muchos de los acusados le dan la razón a sus acusadores, quienes disfrutan de las desmentidas, algunas cargadas de un macartismo penoso, y de las incomodidades de los que siempre rehuyeron de la posibilidad de formar parte de esa ideología de réprobos. 

No hay alteración orgánica negativa, por más insignificante que sea, que no se atribuya a ese calamitoso invento de Carlos Marx, del mismo modo que no hay catástrofe económica, política, social, cultural, sanitaria, educativa en estos 5 siglos de existencia, que el capitalismo cargue sobre sus espaldas como para plantearse la necesidad de su eliminación, tal como se reclama de un comunismo escaso de ejemplos de gobernanza en los más de 200 países de este planeta (algo que los amigos de las estadísticas y del capitalismo conocen demasiado).   

Dijimos al comienzo, en esa Latinoamérica del invierno 2011, que las políticas de Estado buscaban correrse de la estricta sumisión a los intereses económicos, políticos, sociales y culturales de los poderes dominantes, que existía una decisión irregular pero activa de confrontación con otras fuerzas de sentido contrario. Una tarea ardua, compleja, desgastante. Porque las adversidades suponen contrarios, opuestos y, sobre todo, enemigos. Donde los retrocesos superan a los avances. Resistencia que guarda distancia de sentido (aún con sus debilidades, errores) con las muy invocadas resiliencias, que frente al estupor que provoca el actual aire reaccionario universal, confían en introspecciones personales para superar el desafío, que decantará, indefectiblemente, en la adaptación a un capitalismo fantasiosamente mejorado, convertido en sinónimo de la condición humana.  

La moda, que alguna vez pudo ser una antigualla y que quizás lo sea mañana, también expresa fuerzas en disputa. Sobre todo, cuando de palabras se trata, donde la semántica no sólo se flexibiliza para contener nuevos términos. Resistir es exponer el propio cuerpo junto a otros, cuando la resiliencia no intenta enfrentar los cambios sino las emociones de cada uno (en un abuso de optimismo y confianza) para superar una adversidad que nunca está representada por la categoría de enemigo. 

Lo escribió Bertolt Brecht, al referirse a las 5 dificultades para decir la verdad: Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo, es no estar en contra de las relaciones de propiedad que causan la barbarie, sino sólo contra la barbarie. 

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