8 mayo, 2026

Cazuza: El poeta maldito de Brasil

Por Eduardo Verona.

Periodista. Miembro de Conducciòn de UTPBA.

“Yo veo el futuro repetir el pasado
Veo un museo de grandes novedades
Y el tiempo no para, no para
Nos tildan de ladrones, putos, faloperos
Transforman el país entero en un puterío
Pues así se gana más dinero”

(Extracto de El tiempo no para)     

El viaje implacable de la muerte no lo sorprendió aquel atardecer del sábado 7 de julio de 1990. Todo lo contrario: la deseaba, la esperaba. No con ganas, no con ese miedo que paraliza, pero sí con una clara sensación de alivio existencial. La despedida prematura a sus 32 años representaba el rictus más amargoy cruel de ese alivio. Una vida breve. Una vida ni complaciente ni amable, a pesar de sus orígenes despojados de penurias económicas. Agenor de Miranda Araujo Neto, conocido en toda la aldea global como Cazuza, se iba entre gritos y susurros. Dejaba estampado en el horizonte su estela de talento infrecuente como un legado, que repasando su obra musical y poética continúa manteniendo una vigencia impresionante.

El hombre que nació en calidad de hijo único en Rio de Janeiro el 4 de abril de 1958 en el marco de una familia muy acomodada que habitaba un piso lujoso en Ipanema y cuyo padre (Joao Araujo) era directivo de Odeón Brasil y luego fue el socio fundador del sello discográfico SomLivre, tenía algo que siempre lo distinguió desde que comenzó su escolaridad: una irreverencia, una rebeldía, una postura natural y una percepción de las realidades que ni en su peor momento lo abandonaron.

La inminencia de la muerte que no lo asombró (había contraído VIH/SIDA en 1983/84 y al momento de su deceso pesaba apenas 38 kilos) de ninguna manera agigantó su figura. Ya era un grande Cazuza para la escena vanguardista y popular de Brasil. Un grande en ascenso permanente. Tan grande que fue fruto de admiración manifiesta y profunda por parte de Caetano Veloso (lo definió como “el mejor poeta de la nueva generación”), María Bethania, Gal Costa, Elis Regina, Gilberto Gil, Milton Nascimento, Chico Buarque, Ney Matogrosso, Rita Lee, Simone y Renato Russo entre otras celebridades del parnaso brasileño.

Critico inteligente, feroz y descarnado de la clase dominante y de la burguesía brasileña (“apestan, huelen mal; puercos en un chiquero son más dignos que un burgués”, sostenía, por ejemplo, en una canción de su último álbum doble) y con una dosis de sarcasmo, mordacidad y potencia arrolladora en las letras de su obra musical, se erigió en un líder generacional que explotó en aquel Rock in Rio de 1985 realizado en Jacarepaguá (también actuaron grupos de la talla de Yes, Queen, Iron Maiden, Scorpions, Whitesnake, AC/DC y solistas como Nina Hagen, James Taylor, Ozzy Osbourne, George Benson y Rod Stewart) cuando deslumbró con su perfomance al frente del grupo Barao Vermelho, verdadera pasión de multitudes.

Esas noches de enero del ‘85 lluvias nocturnas torrenciales vapulearon, sin sutilezas, la bellísima geografía de Rio, hasta inundar las calles céntricas de Copacabana, Ipanema. Leblón, Botafogo y Laranjeiras. Y en dos de esas noches, Cazuza se perfiló como un elegido con chapa propia. Y como un auténtico predestinado a dejar huellas y memorias profundas en la historia. Y en el cuero de los testigos que estuvieron ahí.

Cuando se despegó no sin conflictos ni pesares de Barao Vermelho (la disolución tuvo todos los condimentos de unos espasmos bizarros para deleite de la prensa que compra y vende basura sin vergüenza ni remordimientos), en la segunda mitad de la década del 80 comenzó una carrera solista de alcance extraordinario. Es cierto, duró poco su brillo y su estruendo porque su adiós fue veloz y trágico. La vida sin freno ni escalas producto de una variedad de excesos como lo denominaría el sistema, le acortó los tiempos. Y le quemó la piel. No el talento.

Cazuza, sin embargo, aún en la gran adversidad, no midió, no calibró, no calculó. Siempre aceleró. En las rectas y en las curvas. Sacó cuatro discos conceptuales con la velocidad de un creador que sabía que le quedaba poco cielo para atreverse a soñar. Un disco mejor que el otro. Le puso letra y melodía a ese verdadero himno que es “El Tiempo no para” (en la Argentina versionado por la Bersuit y entonado por Gustavo Cordera); le prestó aquel antológico “Brasil”, cortina de la novela Vale Tudo de 1988, cantado por Gal Costa; pidió una “ideología” para poder vivir; amó las exageraciones creativas (“Janis Joplin y Jimi Hendrix fueron los mayores exagerados”, supo comentar); satirizó y castigó sin piedad a las burguesías consumistas y reveló que algunos deseos no habían quedado lejos e inalcanzables pero sí penosamente marchitados por las viejas y nuevas olas del capitalismo, que por aquellos días en Brasil estaban expresados por la presidencia tibia y fallida de José Sarney y del ultraliberal y ajustador criminal Fernando Collor de Mello, desplazado del cargo en diciembre del 92 en juicio político (impeachment), luego de un desempeño y un programa de gobierno devastado por las peores decisiones de la derecha internacional que le exigieron recortes salvajes a los sectores populares, endeudamiento cristalizado, lavado de dinero, reducción sistemática del Estado, relaciones carnales con Estados Unidos y canales liberados para las fugas indiscriminadas de divisas.

Cazuza, también con espacios en la tradicional y corrosiva TV Globo en horarios centrales, era el ala dura y romántica (dramáticamente romántica) del progresismo nacional. Abiertas las puertas de todos los escenarios, aun los más conservadores y reaccionarios que sacaron rédito de la conexión directa del artista con las multitudes, su fuerte convicción ideológica no se ablandó ni se reformuló en función de intereses que nunca contempló. Nada de envase light. Nada de franela oportunista para complacer auspiciantes. Al contrario: radicalizó su mensaje, como por ejemplo lo hizo en un recital cuando escupió en un par de oportunidades una bandera brasileña que le había arrojado el público. El escándalo trepó a la cima de los diarios, revistas y televisión. Cazuza, ya sometido por el VIH, no se inmutó ni pidió disculpas. Tampoco se arrepintió. Según su interpretación, había escupido la hipocresía que lo sublevaba. Y dejó una declaración de altísimo impacto político para alimentar el fuego y el odio de sus enemigos más recalcitrantes: “El único país de América latina que tiene la cabeza erguida es Cuba. En cambio acá, en Brasil, la gente agacha la cabeza con el FMI y con Estados Unidos”.

Bisexual declarado (“No tengo preferencias, me gustan tanto los hombres como las mujeres”, sostuvo en más de una ocasión), adicto a la cocaína y heroína y a otras sustancias, provocador compulsivo de las audiencias y con una calidad estética soberbia para empatizar y armonizar con distintas franjas etarias, su arte en combustión permanente parecía no detenerse. Pero el descenso estaba agazapado. Cuando el 13 de febrero de 1989 asumió públicamente en el diario Folha de San Pablo que padecía el lastre del VIH frente a unos periodistas trémulos y ansiosos por retratar el momento, su cuerpo frágil y leve ya estaba colapsando con una fiebre que orillaba los 40 grados, con severas deficiencias cardiorrespiratorias y con repetidas dosis diarias de AZT (un fármaco antirretroviral) que ya no surtían el efecto deseado, más allá de su consumo en ascenso de vodka y cocaína.

Unos meses antes de los últimos registros del desenlace inevitable brindó un show memorable de dos horas en San Pablo (con un conjunto de pantalón y remera de seda blanca, zapatillas también blancas  y una vincha roja y azul) producido por ese artista integral, amigo y pareja errática Ney Matogrosso, quién le aconsejó ante su fragilidad extrema moverse poco y nada para ahorrar energía, buscar pausas y aire y cantar con el alma y el corazón en la mano. Lo hizo hasta derretir a una platea muy sensible y excitada con su arte. Derretirla de amor, de ideología, de dolor y de pasión.

Su derrumbe anunciado tuvo un episodio pintado de un amarillismo extremo. La revista Veja de la editorial Civita le realizó una extensa entrevista tergiversada por múltiples golpes bajos y efectos catastróficos para Cazuza, quien había confiado en la relación que mantenía con la periodista que lo reporteó. Luego, con la aparición del semanario en abril del 89 (la tirada fue de 800.000 ejemplares) se sintió traicionado y humillado por el contenido del texto y el tenor explosivo de la tapa que titulaba, “Una víctima del Sida agoniza en plaza pública”, con una imagen lacerante de su rostro agobiado. El texto original había sido brutalmente manipulado y la periodista renunció a su cargo.    

El repudio inmediato al tratamiento de la entrevista fue masivo. Gal Costa, Caetano Veloso y Chico Buarque, entre otros notables, plantearon en una solicitada un desacuerdo y un rechazo total con las nueve páginas editadas por la editorial, pero Cazuza ya no tuvo paz, consuelo ni revancha. Se estaba muriendo en vivo y en directo, mientras el éxito arrasador de sus composiciones (el álbum Ideología vendió más de 550.000 placas) seguía marcando el pulso dinámico de la sociedad brasileña que lo veía en los noticieros luciendo lentes oscuros y un turbante palestino desafiando el final.

El sábado 7 de julio de 1990 (previo a la final del día siguiente de Argentina-Alemania en el Mundial de Italia), Cazuza, postrado en una cama, con una presión arterial que marcaba 7 de máxima y 4 de mínima y con una batería de sueros, sondas y paliativos adivinaba las siluetas inconfundibles del Pan de Azúcar y el Corcovado a través de un balcón imaginario. El muchacho que con trazos finos, elegantes y demoledores supo derramar talento y aspirar las fragancias del amor libre, el desamor, el drama, la desilusión, la resignación, la soledad, el deseo, las drogas, el sexo, la vida, la muerte y la perversidad y el cinismo inocultable de las clases altas y medias atrapadas por la inmoralidad y la fiebre desatada y obscena del consumo, dibujaba para siempre una despedida urgente. Tan urgente como inolvidable.

“Mis héroes murieron de sobredosis
Mis enemigos están en el poder
Ideología. Yo quiero una para vivir
Mi placer es ahora riesgo de vida”

(Extracto de Ideología)

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