“…Un día de un viejo árbol es un día del mundo…”
Haroldo Conti. La balada del álamo carolina.
Incendios, envenenamiento de suelos y talas indiscriminadas son inequívocos conductos a realidades de contornos apocalípticos para el ambiente de los bosques.
Son fuerzas exógenas capaces de empujar a un destino irreversible a las maravillas vivientes en esos gigantescos organismos de verdes y marrones, líquenes y silencio.
Más allá de las superficies arrasadas, el arrebato mortal lleva consigo la capacidad de alterar un sistema de simbiosis cooperativa entre las especies.
Los árboles a través de intercambios químicos, impulsos eléctricos y ultrasonidos mantienen una verdadera estructura comunicativa en los bosques. Junto a sus raíces, una red de nodos y enlaces formada por hongos, les permite no sólo compartir nutrientes, sino la posibilidad de enviar hormonas y señales para avisar de amenazas o si están sufriendo algún tipo de estrés.
La hermandad subterránea en los bosques sostenida por la conexión de raíces y cadenas de hongos es un mundo fértil para conocimientos históricos, prevenciones sobre alteraciones del clima y la criminología ambiental.
En este contexto, estudios científicos recientes colocan al ficus insipida como un detector natural de las prácticas de extracción ilegal del oro en el Amazonas.
Este centinela natural es capaz de captar la cercanía de los yacimientos clandestinos donde se manipulan grandes cantidades de mercurio para aislar el metal de la tierra húmeda.
El azogue que va directamente a tierras y aguas cercanas contamina todas las expresiones de la vida. Y esa poderosa carga letal pasaría sin ser vista por ojos humanos, si no fuera por la denuncia sellada en los anillos y las raíces de estos árboles cercanos a los yacimientos, en donde se han encontrado altas concentraciones de mercurio.
En los diferentes frentes del ocaso, no todo el brillo es del oro. Una buena razón, tal vez, para sostener otros resplandores guiados por la ficción del hombre que fue árbol o del árbol que fue hombre en La balada del álamo carolina de Haroldo Conti, esa pieza de conjunción lírica y amorosa que un día el escritor ofrendó a su madre.