26 mayo, 2025

El chico y los muchachos del camión

Por Eduardo Verona.

Periodista. Miembro de conducción de Utpba.

Un anochecer como tantos otros anocheceres en un suburbio muy próximo al centro de Avellaneda. Un chico de 3 o 4 años saluda desde un balcón de un primer piso a los recolectores de residuos que pasan velozmente recogiendo y volcando en un camión las bolsas de basura depositadas en las veredas de las casas.

El nene espera ansioso a los muchachos del camión (así los llama, dicen el papá y la mamá, ambos venezolanos) para decirles “hola” y “chau” en repetidas ocasiones, recibiendo a cambio varias devoluciones con los brazos en alto y las manos agitándose en el ritual de la despedida urgente hasta el día siguiente. Así, todos los días. Así, con una ternura conmovedora ante la cual vale la pena rendirse.

La imagen, más allá de acercar una foto muy cálida, tierna y sensible de un hecho que apenas dura menos de un minuto, quizás logra expresar algo más potente que un retrato sentimental que con seguridad se desvanecería en los perfiles de una anécdota despojada. ¿Qué es lo potente de ese retrato? Las miradas que se conectan. La química inigualable del ida y vuelta. La voluntad manifiesta de estar en un momento determinado junto al otro. Aunque el otro sea un desconocido ocasional. Y disfrutar de ese instante de comunicación e intercambio verdadero y genuino. Esa síntesis tan simple como perfecta es la misma que las sociedades, década tras década, fueron resignando casi sin advertirlo. Sin darse cuenta. Ese puente emocional es el que las reglas básicas del capitalismo siempre subestimaron o relativizaron como una pincelada o un rasgo artístico sin mayor relieve, sustento ni proyección.

Como si no pudiera existir en las coordenadas mercantilistas del mundo actual una conexión autentica y genuina si detrás no hay un interés específico que lo contenga. En este caso, lo que se reveló fue un interés solo humanitario. De personas que interactúan muy complacidas ante la presencia del otro, saludándose con una fina efusividad. Un chico y varios adultos en sintonía quebrando la barrera implacable de la indiferencia. Y de la distancia simbólica y real: del yo estoy aquí arriba mirando desde el balcón y vos estás allá abajo corriendo a la velocidad que impone el conductor del camión. La grata fatalidad de ese encuentro, no programado, es el testimonio que conmueve. ¿A quiénes? A todos los que pueden interpretar la plenitud existencial del afecto, de la empatía sin versos ni sobreactuaciones y del placer simultaneo de encontrarse.    

La contraparte fulminante de esa estupenda imagen editada en las cercanías del centro comercial de Avellaneda es la acumulación de la amoralidad y el odio sublimado hoy por las sociedades de consumo. Del odio derramado que opera como un veneno que somete cualquier mínimo registro de reflexión inteligente. Es el odio inoculado desde los medios, las redes antisociales y el sistema como gran estimulador del suicidio colectivo  que aniquila la perspectiva de una convivencia más sana y más perdurable.  Es la estrategia  de la división exacerbada. De la fragmentación sin pausas. Es la ausencia total de equilibrio. Es, en definitiva, la pulsión de muerte a la que abordó Sigmund Freud desde su lectura psicoanalítica.

El mensaje de la destrucción reivindicada hoy encuentra a nivel global audiencias congeladas que desde el silencio, la obsecuencia, el facilismo, la  ignorancia y la complicidad aprueban el método. Esta apelación directa a la destrucción estructural de las clases populares es el sueño nunca ausente de la clase dominante. El odio cristalizado es la herramienta. La mentira y la confusión organizada es el recurso. Y el estruendo mediático es el ordenador operativo de la catástrofe.

Ese niño de 3 o 4 años que se emociona todos los días al ver y saludar con felicidad a los “muchachos del camión”, es una bellísima hoja en la tormenta. O una señal y un mensaje muy valioso que nos interpela. Es el rictus de la vida. Y es una enseñanza demoledora en tiempos de grandes brutalidades.

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Periodista. Miembro de Conducciòn de la UTPBA.
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