26 noviembre, 2016

Gane quien gane: la victoria del sistema

 

Por Guido Fernández Parmo (*).- Finalmente ganó Donald Trump. En contra de muchos pronósticos, el multimillonario se impuso en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Para muchos, resulta una catástrofe. Seguramente, para los inmigrantes ilegales que expulsará no será para nada un buen augurio. Resulta curioso, sin embargo, las reacciones que parten del error de cálculo de que la victoria de Hillary Clinton hubiese dado un rumbo muy distinto.

La democracia norteamericana lleva al paroxismo la ilusión que exporta por todos sus medios. Grandes shows mediáticos, grandes mentiras televisivas, muchos globos de colores cayendo de mega-estadios en convenciones partidarias, insultos y agresiones verbales y simbólicas, negocios, negocios, negocios. Porque, finalmente, lo que suda esa democracia es el afán del dinero y del poder que nada tiene que ver con la democracia.

Se han escuchado grandes ilusiones: que Trump es un populista, que Hillary era la candidata del establishment. Como si realmente la elección democrática se jugara entre esos dos grandes títeres del poder. Como si el país más poderoso económicamente (esto es, en sus negocios pero también en el poder militar para imponerlos y defenderlos) fuera a dejar en manos de la política su destino.

La democracia norteamericana ya no puede esconder lo que Hollywood tan bien ha hecho: que una gran parte del pueblo vive en la edad media, y otra gran parte en Disneylandia: el país de la libertad y la democracia. Liberales en EEUU, progresistas en Latinoamérica o socialdemócratas en Europa, no pueden dejar de sentir ese sentimiento verdadero que sube desde el interior de la existencia: vergüenza. La vergüenza los desnuda, desnuda las ilusiones y pone sobre la mesa los malos modales que habían intentado esconder. La victoria de Trump es un golpe duro para el (falso) progresismo que cree que hay una diferencia entre demócratas y republicanos, que cree que hay democracias en el mundo occidental sostenidas sobre instituciones sólidas. Ellos también son negros, gronchos, ignorantes, brutos, cabezas, atrasados, corruptos, tramposos, salvajes. Un Menem patilludo llegó a Broadway.

Después de la vergüenza, deberían sentirse menos solos, al menos.

¿De qué sienten vergüenza los que creyeron, los que creen? ¿De que Trump es un bruto? ¿De que es machista, racista, ignorante? No.

Sienten vergüenza de no ser una democracia. Vergüenza de ser un país cuya mayoría blanca es profundamente racista, ama las armas y a los telepredicadores. Vergüenza de que los paladines de la libertad se parecen muchos a esos otros de los que tanto querían separarse.

La victoria de Trump ni siquiera representa el problema de que por democráticos dejaron que un tipo que no debería haber pasado de su reality show haya llegado a la presidencia (como si estuvieran repitiendo la debilidad alemana de entreguerras).

El problema de no ser una democracia reside en que el sistema, que teóricamente está preparado para libertades individuales, está construido desde sus entrañas para mantener a una minoría muy rica en el poder.

La pregunta que debemos hacernos es ¿dónde reside el poder? Veamos un ejemplo.

Desde su misma fundación, la democracia norteamericana previó el re-diseño de los distritos electorales en función de las variaciones de la población. Como cada distrito define electores y representantes, a medida que las ciudades iban creciendo, se hacía necesario rediseñar esos distritos y la cantidad de electores que cada uno tenía. Este procedimiento ha sido la herramienta política por excelencia para que el partido republicano mantuviera la mayoría en distritos en donde incluso tenía menos cantidad de votos. A esta estrategia se la denomina gerrymandering: re-dibujar las fronteras distritales según las características de la población para asegurar la victoria de un partido u otro (los republicanos han sido los que mejor hicieron esta trampilla, aunque el mismo Obama lo había hecho siendo senador para asegurarse el voto de las clases altas de Chicago).

Con ayuda de estadísticas y censos, dado un distrito, se puede saber el perfil del votante: por ingresos económicos, hábitos de consumo, raza, nivel educativo, etc. Así, si tu partido es quien tiene la mayoría en el parlamento podrá trazar nuevas fronteras dividiendo de tal manera al espacio urbano que, independientemente de a quién vote la mayoría de los ciudadanos, obtendrás siempre la mayoría de los electores o representantes.

Esto es lo que explica cómo un partido puede llegar a la presidencia o a la mayoría en el Parlamento habiendo obtenido menos cantidad de votos. Esto quiere decir que el sistema está organizado de tal manera que la voluntad individual, que debería expresarse en el voto, sólo alcanza para elegir entre pop-corn o nachos with cheese.

Entonces, nos preguntamos nuevamente, ¿dónde reside el poder? ¿En el voto de la gente? ¿En la elección entre un candidato u otro? El propio sistema político se encarga de que los candidatos sean representantes del establishment. El propio sistema político-democrático es el establishment que puede poner indistintamente a un jugador u otro, a un republicano blanco y racista o a un negro demócrata con nombre musulmán. Gane quien gane una elección, la victoria, en la democracia liberal, la tiene garantizada el sistema.

Y ese es un problema que no se limita al país del norte.

(*) Licenciado en Filosofía y Letras. Docente.

 

 

 

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