17 agosto, 2016

Globalización e inseguridad: la condición humana en el capitalismo

Por Guido Fernández Parmo (*).- Hace ya un tiempo que aceptamos la idea de la globalización: las telecomunicaciones, internet, los transportes de alta velocidad, la homogeneización de las culturas y un largo etcétera que el lector puede completar. Decían, el mundo se hizo más pequeño, más cercano, más inmediato.

Al mismo tiempo, los mismos que nos decían esto también decían que este mundo globalizado era el mundo del multiculturalismo, es decir, de la convivencia de la diversidad de culturas.  Una supuesta utopía democrática estaba comenzando: tolerancia cultural y democratización cibernética.

Nuestra tarea, sin embargo, es la de poner un “pero” muy grande a esta imagen.

La globalización es, en realidad, tan vieja como la gestación del capitalismo en el siglo XVI, sobre todo a partir de la gran hazaña de la vuelta al mundo de la expedición de Magallanes y Elcano. El mundo no será más chico o grande, pero sí estará más conectado, sí será más interdependiente. Y eso es la globalización: estamos todos metidos dentro de una misma lógica, de una misma política, todos. Y al globalizar el sistema económico, globalizamos sus enfermedades: rápidamente las ciudades se dividieron en guetos (latinos, negros, bolivianos, musulmanes). Toda gran ciudad se encargó de segregar y dividir.

Al mismo tiempo, la web se transformó en un gran mercado de consumo sujeto a las ya existentes desigualdades económicas (hay que tener dinero para acceder a los contenidos).

Hace algo más de una década, para mantener este orden mundial se hizo necesario implementar una nueva política mundial. La inseguridad es la nueva política mundial, la nueva condición que todos compartimos estemos donde estemos, independientemente de nuestra raza y de nuestra posición económica. Entonces, además de esta globalización de las desigualdades económicas tradicionales, lo que cada vez más se vuelve la constante del mundo es la expansión de la inseguridad.

Se trata de la condición de la existencia actual: nuestras vidas penden de un hilo y no hay cómo garantizar esa confianza ingenua e inocente que piensa que esas cosas raras sólo pasan en otro lado. Por la globalización, no hay otra parte, no hay cómo mirar para otro lado.

La inseguridad tiene sus escalas, sus disfraces e intensidades pero como experiencias particulares de la misma estrategia del poder mundial. Hablemos de terrorismo, de robos o de asesinatos masivos; hablemos de empleos precarios, de flexibilización laboral o de ajustes presupuestarios. Hablamos de Inseguridad.

Cuando el hombre siente la inseguridad se preocupa por lo que tiene y no por lo que no tiene. Los grandes poderes, de los Estados, de las corporaciones farmacéuticas, militares, financieras, y de las agencias de inteligencia (sigan ustedes con la lista no tanto más larga), necesitaron de esta metástasis de la inseguridad para que los pueblos, los trabajadores, las poblaciones sometidas, ya no pensaran en eso que había que conquistar, en eso que les faltaba porque se les había quitado (tierras, valor producido, salud).

Cuando reina la inseguridad nos preocupa lo que tenemos (sea poco o mucho), de ahí que sólo los que más tienen puedan sacar algún provecho momentáneo. La política de la inseguridad es una política del status quo (del orden establecido). Cuando lo que está en juego es la estabilidad laboral, pienso proteger el precario trabajo que ya tengo. Cuando lo que está en juego es la existencia misma, busco proteger la mía y deja de importarme la de los otros. Mientras pase en otro lado.

Así debemos funcionar, a esos límites nos lleva la vida contemporánea una vez que se ha abandonado eso por lo cual vale la pena dar la vida: la construcción de otro mundo no capitalista, de un mundo justo.

Se trate de la forma del terrorismo de ISIS o de la violencia urbana, estamos ante lo que este mundo nos ofrece. No son otros venidos no sabemos de dónde los que generan la inseguridad. No hay otros, como no hay lugar donde esconderse.

El terrorismo, la violencia urbana, la pobreza y el desempleo son los productos globalizados por el sistema capitalista. Sarna con gusto no pica: si quieres saborear las delicias del mundo, debes comprar en el mismo combo sus platos más desagradables.

La utopía que nos ofrecen es refugiarnos en otro lado, del otro lado de un muro, de una frontera (EEUU), de un barrio cerrado (Pilar) o de una religión (Israel), con la ilusión de ya no ser parte de este mundo.

Como si pudiéramos mirar para otro lado, como si, realmente, pudiéramos meter nuestras miserias y crueldades debajo de la alfombra. No hay otro lado, sin embargo, más que en el Afuera de este sistema.

(*) Licenciado en filosofía y letras, docente y periodista

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