9 septiembre, 2023

Huracán 73: a 50 años de esa magia     

Por Eduardo Verona

Periodista Miembro de conducción UTPBA

La memoria muy cercana nos indica que mientras los silencios que muchas veces inquietan o perturban en cualquier madrugada sin apuros, no impiden que el Flaco Menotti siga mirando en todas las direcciones. Las de ayer, las de hoy, las de mañana. Evoca, recuerda, quizás se interroga, apela a nostalgias irremediables que también nos interpelan, porque no siempre la nostalgia es un viaje sin regreso. Y aunque 50 años es medio siglo, para algunas cosas de la vida parece que fue ayer nomás. 

Aquella consagración recordadísima de Huracán del 73 cumple este 16 de septiembre cinco décadas. Y vale la pena detenerse ante la magnitud de aquel equipo celebrado hasta por los negacionistas (siempre recalcitrantes y tóxicos) que no lo vieron nunca. Porque ese Globo del Lobo Carrascosa, el Coco Basile, Fatiga Russo, el Hueso Houseman, Brindisi, Avallay, el inglésBabingtón y Larrosa entre otros, no para de elevarse. 

Quizás asume la figura de un símbolo muy influyente lo que regaló ese equipo. O una bandera intransferible entre los soles y tempestades de aquel año. O un legado. O un sueño futbolístico que hasta trascendió con holgura al fútbol, a pesar de que existan resistencias para interpretarlo. No importa, el hecho está. Y el hecho es una foto que nunca envejece. Como las fotos que se resignifican y adquieren relieves que el tiempo real embellece, más allá de melancolías y romanticismos utilizados para bajarle el precio a la obra consumada. Porque la obra perdura. Y no da señales de extinguirse.  

Se lo planteamos a Menotti en los días previos a su internación por una caída en su domicilio. Le recordamos en esa madrugada que hace unos años nos había comentado que aquel Huracán del 73 había salvado al fútbol argentino. 

-Ahora a la distancia, ¿continúas pensando lo mismo? 

-Sí. Estoy totalmente convencido que fue así. Ese Huracán del 73 que jugaba como la puta madre, salvó al fútbol argentino. No hay que olvidarse de dónde veníamos. 

-Profundiza un poco esa observación. ¿De dónde veníamos? ¿Cuál era el contexto?  

-Veníamos de una Selección nacional que no logró la clasificación para México 70, cuando en el 69 nos eliminó Perú con Didí de entrenador en la cancha de Boca. Y además no habría que olvidarse que existía una confusión enorme respecto con que línea y estilo de fútbol nosotros teníamos que identificarnos y jugar. Era un momento muy pero muy complicado, en el que se pensaba que había que abrazar una filosofía europea para jugar bien al fútbol.

Un error tremendo. En el 72 el campeón del Metro y del Nacional había sido ese San Lorenzo que dirigía Juan Carlos Lorenzo. Por eso sigo sosteniendo que lo más valioso de Huracán no es que ganó un título, porque un título hasta lo puede ganar cualquiera como pasó con Italia en España 82, sino que definió una búsqueda, un camino, una idea y un concepto muy claro para jugar al fútbol.       

César Luis Menotti y René Houseman.

-Ese Huracán campeón que entrenaste, ¿también podía llegar a revelar un clima de época considerando que estamos hablando de 1973 con todo lo que esto representa en términos históricos?  

-No. No creo. Lo que fue evidente es que ese Huracán fue distinto a todo. Y a todos. Apareció para quedar en la historia como uno de los más grandes y brillantes equipos de nuestro fútbol. Por lo menos el mejor que yo vi en la Argentina. Pero no expresó una época. Ni un clima de época.    

-¿Te representó más que ningún otro equipo o selección que dirigiste?  

-Es difícil decir sí o no. Pero puede ser. Lo que no me deja dudas es que Huracán, en especial durante la primera rueda cuando dispuse de todos los jugadores porque después en la segunda mitad varios partieron para integrar la Selección que conducía el Cabezón Sívori en las Eliminatorias para el Mundial de Alemania, jugó como yo siempre soñé que jugara un equipo. Y ese Huracán del 73 lo hizo posible.  

Menotti no lo afirma con todas las palabras, pero ese “sueño” que invoca el Flaco es la fuente de inspiración que encontró cuando descubrió en México 70 a aquel Brasil extraordinario que comandó Pelé con Wilson Piazza, Carlos Alberto, Clodoaldo, Jarzinho, Gerson, Tostao y Rivelino como laderos. Ese Brasil inmortalizado como la totalidad del jogo bonito siempre inspiró a Menotti. Siempre. Y aun conquistando el Mundial 78 y el Sub 20 con Maradona y el Pelado Díaz en Japón 79, él reconoció, más en privado que en público, a Huracán como su obra cumbre. Siente orgullo por el 78 y por la coronación del 79, pero Huracán del 73 es su viaje perfecto por ciertos rasgos que conecta con Brasil 70.  

Como, por ejemplo, esa función inolvidable que desarrolló el equipo el 6 de mayo del 73 con un 5-0 demoledor y festivo frente a Central (el técnico de Rosario era Carlos Timoteo Griguol) en Arroyito. En ese partido por la fecha 11 que vislumbró una consagración, el público rosarino ovacionó el toque brillante y la eficacia lujosa del Globo. Ya se adivinaba al campeón a cuatro meses y medio de la vuelta olímpica. Semejante anticipo define los contenidos.    

¿Qué tenía Huracán? El gran fútbol se le caía de los bolsillos. Eso tenía y derramaba. Un derrame, en este caso, muy virtuoso. Hasta generaba la sensación de que era sencillo jugar con tanta creatividad, frescura y armonía colectiva. Porque había naturalizado el equipo la elaboración colectiva. Como naturalizaba el magnético René Houseman volar en la cancha como un duende inalcanzable. El Hueso volaba por afuera o por adentro. Y volando inventaba.  

“Yo no vi ni a Maradona hacer las cosas que hacía René”, dijo Babington en innumerables ocasiones. “Cuando él llegó en el arranque del 73, todos nos dimos cuenta que íbamos a salir campeones”, sentenció Miguel Brindisi. “Cuando lo vimos presentarse el primer día en la cancha, nos cagábamos de risa. Le dijimos al Flaco: ¿a quién trajiste? Chiquitito, frágil, las medias caídas, una plumita, parecía una joda. Hasta que René entró en acción y nos desparramó a todos como si fuésemos unos terribles boludos. Metía caños, tiraba sombreros, te amagaba y te mataba, un infierno y además era muy guapo”, aseveró Alfio Basile.  

“René nos bailaba a todos en las prácticas con una facilidad increíble y después lo hacía en los partidos en serio. Esto fue desde el primer día cuando lo presentó Menotti en Mar del Plata como la nueva incorporación. No hablaba una palabra. Le preguntabas algo y decía sí, no y punto. Eso sí: fumaba y fumaba hasta en los entretiempos. El Flaco se lo permitía en un cuartito pequeño cuando éramos locales. Pero hablaba con la pelota en la cancha con una calidad impresionante. Y nosotros lo admirábamos mientras él ni se daba cuenta”, nos dijo Roque Avallay hace unos meses caminando por el centro de Avellaneda.                     

Arriba: Buglione, Chabay, Russo, Basile, Roganti y Carrascosa.
Abajo: Houseman, Brindisi, Avallay, Babington y Larrosa.

La genialidad silvestre de Houseman (siempre pensamos que era la versión argenta del imbatible Mané Garrincha) tenía el respaldo de un equipo que no jugaba para él, pero que entendía que su presencia era determinante, aunque contara con un todoterreno como Brindisi, un zurdo clásico y quirúrgico como Babington, un punta que aprendió a acelerar y frenar como Avallay y un tiempista ofensivo como Larrosa. 

Los 62 goles a favor en 32 partidos (ganó 19, empató 8 y perdió 5, con 16 conquistas de Larrosa, 12 de Brindisi, 10 de Houseman, 10 de Avallay y 8 de Babingtón) en realidad son insuficientes para medir su auténtica dimensión histórica. “No tengo dudas que ese equipo al que valoro mucho más que antes, le cambió la cara al fútbol argentino. Menotti, con apenas 34 años, ya tenía ideas muy precisas y muy claras para interpretar las necesidades del fútbol”, nos comentó hace un tiempo Jorge Carrascosa. 

“La verdad, jugábamos de memoria”, confesó Menotti. La “memoria” creativa a la que apeló el Flaco no fue abstracta ni exclusiva. Era la “memoria” con la marca registrada del fútbol argentino. Ese Huracán al que llegó Menotti (reemplazando a Osvaldo Zubeldía, cuyo ayudante era Carlos Salvador Bilardo) se fue construyendo desde mayo de 1971 para jugar finalmente como jugó. Para ganar, gustar y golear dejando una estela. Y para quedar marcado a fuego en la historia como un faro que todavía sigue iluminando. Quizás con más reconocimientos que hace 50 años.   

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