12 octubre, 2023

La hegemonía envenenada del presente

Por Eduardo Verona

Periodista – Miembro de conducción UTPBA.

“El tiempo no para”, dice una reconocida canción compuesta por ese brillante poeta y músico brasileño, Cazuza (su derrotero y su arte guarda puntos de contacto con Luca Prodan), fallecido a los 32 años el 7 de julio de 1990 por contraer el virus del HIV en largos períodos de eclipses que victimizaron a millones de personas.

El “tiempo” al que apeló Cazuza, es la vida y es la muerte. Y también es el transcurrir. El estar. Y el no estar. La naturaleza existencial del tiempo que disfrutan o padecen los hombres y las mujeres de las sociedades contemporáneas se reperfila como un encantamiento irrefrenable por colmar solo las expectativas del presente y alejar las angustias del hoy. Es, sin recreos, el foco puesto únicamente en el hoy. En el aquí y ahora. En las urgencias auténticas, autoimpuestas o sobreactuadas que nunca se detienen. Es mirar lo que se encuentra a diez centímetros. Y no mirar más nada.  

Cazuza, cantautor brasileño.

El antropólogo, etnólogo y ensayista francés, Marc Augé, quien murió el pasado 24 de julio a los 87 años, sostenía que “estamos más informados que nunca de noticias parciales que son combinadas y fragmentadas para sugerir una situación general del mundo”. Enormes simplificaciones y grandes reduccionismos, planteaba Augé. ¿De quienes? De las reglas no editadas del mercado siempre tan abstracto como real, influyente y fatalmente decisivo. De las múltiples tendencias que pretenden satisfacer audiencias para fortalecer sus vínculos. De los libretos diversos y variopintos que se escriben y comentan complaciendo las demandas no siempre espontáneas de seguidores que terminan instalándose en todos los escenarios como verdades reveladas.

Pero a poco de andar quedan en evidencia que esas verdades reveladas son espejitos de colores. Es que en estas superficies del displacer no hay alquimias milagrosas. No hay tampoco plenitudes voluntaristas. Lo que sobran son las construcciones semánticas y contenidos digitalizados de alcance planetario que responden a patrones culturales diseñados a la medida de intereses políticos, económicos y comerciales más o menos disfrazados de vanguardia. Una vanguardia falsa de toda falsedad. Algo así como dolarizar la vida.

Sostenía Augé que se transita por un “presente perpetuo”. Y aclaraba: “Tenemos un serio problema para pensar el futuro. Estamos viviendo en una ideología del presente debido al régimen de la repetición de las imágenes y los mensajes que se difunden a través de los medios. El pasado no nos interesa más. Ahora vivimos en el presente. En esta paradoja de no saber utilizar el tiempo, no podemos conjugar el pasado y el futuro”.

Marc Augé, antropólogo, etnólogo y ensayista francés.

En el marco de esta caracterización, el ayer y el mañana dejan de ser episodios dignos de ser observados, criticados o elogiados. Se esfuman. Se desintegran. Se pierden en las peores oscuridades. Casi todo se reduce a rescatar las postales de la instantaneidad. Al zapping rabioso de la vida y de la muerte. Sin perspectiva de análisis histórico ni de mirada anticipatoria. Prevalece la glorificación asumida del hoy. La búsqueda, sin pausas inteligentes, de acceder con una pulsión cristalizada a toda la iconografía del hoy. A las necesidades reales o falsas que se nutren del hoy. A los exhibicionismos promovidos y celebrados del hoy. A las interpretaciones del hoy atadas a los apuros y angustias que precipita la agenda mediática, nunca inocente. Y menos aún neutral.   

Es la dictadura y la hegemonía envenenada del presente, clausurando los pliegues de la memoria y cancelando cualquier tipo de proyección enfocada hacia el futuro. Es la noticia edulcorada o agresiva sin contexto. Sin relieves. Sin armonía en su construcción. Y sin ningún valor agregado que permita expresar algo más valioso que el estruendo que impacta, pero no deja nada. Solo escombros.

Es cierto que estamos más informados que nunca, ¿pero informados de qué?”, se interrogaba Augé. ¿De aquello que las corporaciones quieren informarnos para estar más desinformados de lo que estamos? ¿De aquello que nos ponen arriba de la mesa para que hablemos días enteros como loros inútiles y despojados de un mínimo pensamiento propio? ¿De aquello que tiene como función principal acompañar la guitarreada bizarra de voceros, mercenarios y lobistas entrenados y presentes en todas las estaciones y en todas las terminales del show?

La confusión en muchísimas ocasiones es un propósito. Confundir es un objetivo. Porque la confusión, entre otras particularidades, desconcierta. Y suele convocar a la obediencia intelectual. A elaborar como propio lo que en realidad ya cocinaron y elaboraron otros. A repetir sin encanto y sin brújula lo que ya confirmaron otros. A dar por definido lo que ya definieron otros. A ser un eslabón no calificado de experiencias y proyectos ajenos. Siempre coronado por las luces del presente. Y del marketing dulzón y prometedor asignado a ese rubro.

A pesar de esta narrativa mercantilizada (que, por supuesto no es la única, pero es la más visitada y premiada por las estructuras de poder), igual hay que determinar que “el tiempo no para”, como sentenciaba el malogrado y esclarecido Cazuza en su esplendor creativo del final de los 80. Es cierto. La existencia no para. Detener los relojes es una ficción teatral y cinematográfica. Y aferrarse solo a las páginas, portales e imágenes urgentes naturalizadas del hoy, es una pesadilla sin fecha de vencimiento. 

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