5 julio, 2022

La teoría del derrape

Por Daniel Das Neves (*).- El optimismo tiene quien le escriba. Aunque suele vestirse con la invisible piel del cuerpo sistémico, en el que las preocupaciones económicas, políticas, sociales se manejan con esa naturalidad que no reconoce otras visiones.

Ventajas, avances, progresos irreversibles nos adelantan los dueños de ese optimismo establishment, que no suele pasar por caja cuando lo que se adelantó se demuestra inverificable. No pagan porque ganaron: primero al convencer a todos que por ahí había que ir y, segundo, al asegurar evitar cualquier reacción de los entusiastas a los que convocó a recorrer el camino de ese optimismo inicial, al tiempo de reducir a la cuasi extinción a los que, desde el inicio, no comulgaron con esa expectativa tan eufórica como engañosa.

El universo de destinatarios-consumidores quizás tenga demasiado alejado de su interés que el desarrollo mediático-digital (arbitraria y acaso pobre denominación) supo hablar, allá por mediados de la primera década del siglo, de dos tesis acerca de la elaboración, producción, distribución y consumo de las actividades creativas que se daban –y se dan- en ese ámbito mediático-digital.

Se escribió mucho sobre esto que ahora sintetizamos en escasas líneas. La primera de esas tesis auguraba un gran futuro para las profesiones creativas dado que esos nuevos instrumentos de comunicación les permitiría a un músico, un artista, un escritor, un periodista dirigirse a un grupo de clientes que ellos podrían definir, a partir de los cuales acceder a un nivel de ingresos “digno”. Esta idea se la conoce como la de “los 1.000 fanáticos verdaderos”.

A la segunda tesis se la llamó “la larga cola”, que a la manera de la teoría del derrame diagnosticaba que las plataformas digitales contribuirían con la dispersión del consumo y a que todo producto encontrara su comprador. Aunque sea uno. Se abría un mundo de posibilidades infinitas para cada creador, que podría colocar sus libros, sus discos, sus películas en un mercado ilimitado, sin ningún tipo de condicionamientos.

Apenas transcurrieron 15 años y hoy hay una invitación a revisar esas tesis, que empiezan a sobrellevar la pesada carga de ser vistas como utopías en tiempos de distopías. Señala un reciente artículo del diario La Nación que “tanto en Spotify (que paga regalías centesimales por reproducción de canciones) como en las redes, el dinero grande va a parar a una élite y una legión de creadores queda insatisfecho. Ya hay una aristocracia de streamers e influencers. El debate crece. ¿Democratización y/o concentración de la riqueza?”

“¿Dónde fue a parar la ‘larga cola’?”, pregunta el historiador, escritor y músico de jazz Ted Gioia, para afirmar de inmediato que “se suponía que impulsaría voces alternativas, pero en películas, música y libros sucedió exactamente lo contrario. Fue vendida como una ley económica de prosperidad inclusiva pero nunca sucedió, fue un cuento de hadas”.

Es ahí cuando el pesimismo que sobreviene a falsos optimismos intensamente trabajados desde el poder dominante, suele negarse comprensiones mejores -aunque más no sea para evitar la reiteración de experiencias similares- ganado por la indignación y la desilusión, que tras su legitimidad dejan a salvo el origen y sentido de un optimismo moldeado por minorías que sólo disfrutan del poder siendo minorías. Aunque algunos, muy pocos, reaparezcan en un eco lejano, tan inaudible como incómodo, advirtiendo sobre pesimistas consecuencias, que el presente on line las hizo prescribir más allá de las evidencias.

No hay democracia informativa sin democracia económica dijo la UTPBA allá por la última década de un lejanísimo siglo pasado y lo sostuvo desde un Congreso Mundial de la Comunicación, en 1998, que demostró saber cuál era la agenda temática, no sólo de una actividad sino del mundo, que asomaba a ese año 2000, objeto de todas las fantasías. Sin el voluntarismo de optimismos prestados; con la exigencia, dedicación, compromiso e inteligencia de quienes entienden que la pelea contra las injusticias y las desigualdades enfrentan esos facilismos y lidian todo el tiempo con la complejidad, apropiada y escamoteada por quienes nos invitan al optimismo y nos hacen cómplices de utopías que no son las nuestras.


(*) Secretario de Relaciones Internacionales de UTPBA. 

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