28 febrero, 2018

La Venezuela de Maduro, como el Chile de Allende

Por Juan Chaneton (*).- Venezuela se halla, desde hace mucho tiempo, inmersa en un proceso político que explícitamente procura encaminarse hacia nuevos modos de organización social y hacia también novedosas formas institucionales que viabilicen una más eficaz representación popular y una mejor participación de todos los estratos sociales en la gestión política del Estado.

Y los nuevos modelos de elección y representación  -siempre perfectibles- están en marcha allí, y es ello lo que apura a las derechas continentales, disciplinadas por la administración Trump, para interferir en el desarrollo del modelo democrático venezolano, sin duda infinitamente más democrático que las democracias representativas y delegativas de, por caso, Argentina, Brasil, Perú o Chile, por no citar sino los regímenes que se muestran, a estas horas, más subalternos de la estrategia desestabilizadora del Departamento de Estado a escala continental.

La última elección que hubo en el país fue la de gobernadores. El domingo 15 de octubre de 2017 el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV)  ganó en 17 de los 23 Estados. Esto representó el 54% de los votos sobre una participación del 61,14 del padrón electoral.

El próximo 22 de abril se realizarán elecciones presidenciales y es probable que la participación popular en el comicio supere los guarismos de octubre y se ubique en el orden del 75%, como piso.

Además, Estados Unidos ha constatado que la Organización de Estados Americanos (OEA) resulta ineficaz para derrotar allí a Venezuela, pues no tiene mayoría. Apuesta, a estas horas, al llamado Grupo de Lima que se reunirá en la capital peruana a mediados de abril y a cuyas deliberaciones fue invitado inicialmente el presidente Maduro pero el impresentable “PPK” (Pedro Pablo Kuczinsky), el muy corrupto presidente del Perú, tuvo que “desinvitarlo” a instancias, otra vez, de Rex Tillerson.

En Venezuela se está jugando el perfil y el contenido que tendrá la Latinoamérica política y social en el próximo siglo, esto es, la derrota en esta parte del mundo del neoliberalismo como proyecto cultural o su consolidación bajo formas terroristas y de desmembración de los espacios nacionales. Latinoamérica para los Estados Unidos es la clave para que los Estados Unidos se atrevan a enfrentar, en el futuro, a las potencias que, en el mundo, bregan por el orden global multipolar y por el cese de las guerras de agresión como insumo básico de la política exterior. Por eso, no se entiende la renuencia de la izquierda y de cierto progresismo para denunciar la criminal agresión de Estados Unidos contra el país caribeño.

Hoy, el escenario de guerra no convencional para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro se va configurando con creciente nitidez. Síntomas elocuentes en ese sentido hay varios. Uno es que el principal líder de la oposición política, Julio Borges, luego de negarse a firmar el acuerdo de convivencia democrática por Venezuela, haya sacado a su familia del país. Otro se conoció hace un mes: el senador Marco Rubio, fanático conservador defensor de las empresas más criminales de los EE.UU. en el mundo, se dirigió a la FANB (Fuerza Armada Nacional Bolivariana) vía twitter reclamándole el derrocamiento del gobierno de Nicolás Maduro. Por supuesto que el periodismo “independiente” de occidente no dice nada sobre esto pero si Jorge Arreaza o Delcy Rodríguez (respectivamente ministro de exteriores y presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela) tuitearan pidiéndole al progresista senador demócrata Bernie Sanders que impulse el impeachment para Trump, ahí sí que pondrían el grito en el cielo.

Los planes criminales contra Venezuela se están esctructurando hoy bajo la forma de un esquema pentadimensional que incluye la inteligencia, la información, la comunicación masiva y la violencia militar y paramilitar. Y hay que insistir en que el derrocamiento de la Revolución Bolivariana no es un mero capricho de una casta dirigente conservadora instalada en la Casa Blanca sino la necesidad impostergable de un imperio en decadencia. En el centro del asunto se hallan los recursos naturales distribuidos no sólo en la cuenca del Orinoco sino también en el resto del país, por caso, en el Estado de Bolívar, donde se halla el “arco minero” de Venezuela. Declarado en 2016 uno de los “motores estratégicos para reimpulsar la economía del país” tras la caída de los precios del petróleo, se extiende por un área de 114 mil Km² rica en oro, bauxita, diamante, hierro, cromo, magnesio, níquel, carbón, fosfato, caliza, manganeso, yeso, granito y otros minerales. Estados Unidos necesita administrar estos recursos a través de gobiernos títeres pues en ello le va el éxito o el fracaso de su colisión, a largo plazo, con las potencias rusa y china. La base material de valor en la que se sustenta el Petro, la nueva moneda digital de Venezuela, da cuenta muy bien de cuáles son aquellos recursos naturales: el Petro está respaldado por el oro, los diamantes, el gas y el petróleo. Esta es la razón sustancial por la cual Estados Unidos es enemigo natural de la soberanía nacional de Venezuela.

Volviendo al plan criminal estructurado en cinco actividades disolventes, los Estados Unidos tienen en mira, en lo inmediato, hacer fracasar el Petro, la moneda digital con la que Venezuela puede saltar el cerco comercial, económico y financiero que la bloquea y que explica el 90% de los problemas de desabastecimiento y demás problemas económicos que afronta el gobierno.

A estas horas, la campaña contra el Petro y contra Venezuela reviste la forma de una brutal campaña de desinformación y mentiras que anega las redes sociales y los medios de todo el mundo dirigida principalmente a la juventud instándola a emigrar para, de ese modo, exhibir ulteriormente la prueba material de que en Venezuela hay una “catástrofe humanitaria”. Ésta sería la forma psicológica de la agresión.

La segunda dimensión de esta guerra no convencional es la económica. La página web “Dólar Today” (www.dolartoday.com), en su última versión, trae la imagen de una horca junto a una caricatura de Diosdado Cabello y la leyenda “… Diosdado, se acerca tu hora menguada…”. Se trata de la catadura moral que inspira a estos “periodistas” digitales que actúan financiados por – y en línea con- la administración Trump. Esta página ha sido denunciada ante tribunales estadounidenses por el Banco Central de Venezuela pues se trata de un instrumento que juega su rol en la difusión de mentiras sobre la economía y las causas de la crisis venezolana. El bloqueo y el castigo a las empresas que eventualmente comercien con Venezuela dispara el desabastecimiento en el país. Faltan medicinas y productos alimenticios como consecuencia de este aislamiento y lo poco que se puede importar es extraído ilegalmente mediante contrabando hacia Colombia, todo ello a vista y paciencia del gobierno de Santos e, incluso, con la participación de funcionarios locales. Cabe apuntar que toda la zona limítrofe con Venezuela era, antes de los acuerdos de paz en ese país, territorio donde mandaba el “Frente 33” del Bloque Oriental de las FARC.

La tercera forma de agredir a Venezuela que han imaginado los inventores del caos constructivo es la judicial. Han obtenido del instrumento denominado Corte Penal Internacional la apertura de un expediente contra Venezuela por la “represión violenta” contra los criminales que, durante aquellas luctuosas jornadas de 2017, armaban las “guarimbas” y quemaban gente en las calles, como le ocurrió al estudiante Orlando Figuera que murió de esa forma a manos de los “opositores” que ahora defiende esa Corte con sede en La Haya. Y todo apunta a diseñar un montaje internacional en el cual Venezuela y Maduro aparezcan como réplica en espejo de Yugoslavia y Milosevic. Éste último fue derrocado y encarcelado. Murió en prisión acusado de genocidio. Hoy, el objetivo de una operación similar es Maduro. Y dicha operación tiene su complemento en la “decisión” de la oposición de no presentarse a las elecciones del 22 de abril próximo (posición que expuso Rex Tillerson en su reciente visita a la región) y en la actitud “asumida” por los gobiernos adictos a Washington (Argentina, Brasil, Perú) de no reconocer ni las elecciones ni sus resultados. Con elecciones reconocidas, la Corte de La Haya no podría legitimar ninguna intervención “humanitaria”.

En el terreno de la violencia material pura y dura aparece, ante todo, la dimensión paramiltar del plan desestabilizador para Venezuela. Están ocurriendo en Caracas y en otras ciudades atentados o intentos de atentados terroristas a hospitales, a la red de distrubución de electricidad y al transporte público. Ello tiene el fin primario en la guerra no convencional de cuarta generación de deslegitimar al Estado hasta el punto de crear la artificial sensación de su no existencia. Queda abonado con ello el camino de la ocupación del territorio.

Por último, el presidente Juan Manuel Santos, de Colombia, ha autorizado la “operación Esparta” con centro en Cúcuta, que consiste en desplegar tropas en la frontera con Venezuela. Lo mismo está haciendo Brasil. Y Kurt Tidd, el jefe del comando sur estadounidense, se halla presto para disponer “asistencia técnica” a brasileños y colombianos en el terreno operativo, es decir, en la frontera. La chispa que encenderá el polvorín aparecerá en el momento políticamente oportuno pero, al parecer, no falta mucho.

Diversos reportes e informes de analistas en el terreno dan cuenta de que no será la Fuerza Armada Nacional Bolivariana la única purga que tendrán que deglutir los socorristas por “razones humanitarias”. Además, el país está defendido por la milicia popular venezolana, que significa, a estas horas, tres millones de hombres sobre las armas. Allí, fusil a fusil, el que entra no gana.

Avanzar hasta aquí ha sido posible, para el imperio, porque está ganando en el terreno de la creación de sentido, en el terreno de las comunicaciones. Pero para eso, para contrarrestar la guerra informativa, están los aliados y amigos de la revolución bolivariana, no para creer en lo que dice el enemigo. La CIA y la ITT (International Telephone & Telegraph) que derrocaron a Salvador Allende en aquel Chile de 1973 mediante el desabastecimiento y la violencia no son muy diferentes de la actual NSA (National Security Agency) y de la Exxon Mobil de Rex Tillerson.

(*) Periodista y abogado.

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