9 noviembre, 2021

Lxs otrxs – Instantáneas

Por Leticia Amato (*).- Una mañana, un joven estudiante de quinto año de una escuela secundaria concurre a clases. El profesor de la última hora le pide que desista de jugar con el celular en el aula. Como respuesta, desde el fondo de la garganta, el joven le devuelve toda su bronca contenida en forma de flema voladora.

Una mujer se pregunta, mientras pedalea hacia su trabajo, ¿cómo puede ser que la gente que le sonríe desde los afiches que se suceden a medida que avanza por la avenida tenga los dientes tan perfectos? Se traga un pozo, pinchó la bicicleta.

Está muy delicado el perro, lo vamos a dejar internado en observación unos días más, ¿sabe señora? ¿Pero si no puedo seguir pagando la internación? Entonces va a tener que pensar en sacrificarlo.

Son varias esta vez. Aguardan paradas afuera, en la entrada para vehículos de los tribunales. Saben que a las ocho va ingresar por esa puerta el colectivo que lleva a declarar a sus hijos y que en apenas 15 segundos, los 15 segundos que demora en abrirse el portón, van a poder gritarles a toda prisa que los quieren, que aguanten.

No siempre se manifiestan en grandes gestos o graves circunstancias fácilmente identificables por su evidencia y visibilidad; en los órdenes más mínimos y cotidianos de la vida, y cada vez de manera más imperceptible, obstinada y silenciosamente, la violencia y la desigualdad social dejan su estela.

¿Por qué la noción de desigualdad y con ella, la necesidad de modificar las paupérrimas condiciones de existencia que aquejan a la gran mayoría de la población mundial, se convirtieron en entelequias cuasi indescifrables?

El filósofo coreano Buy Chun Han sostiene en La sociedad del cansancio (2010) que parece que el carácter estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor; es decir, cautivador. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento, se cree libre, así el poder de dominación adquiere hoy una forma amable, smart, que lo hace invisible e inatacable. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva.

El desesperado interrogante en torno a qué es lo que impide a lxs seres humanxs de estos tiempos batallar organizadamente contra el tendal de muerte y marginación que deja a su paso el modelo de acumulación capitalista actualno se agota.

En este sentido, el sociólogo francés Francois Dubet explica en ¿Por qué preferimos la desigualdad (aunque digamos lo contrario)?(2015), que a pesar del crecimiento sostenido que en promedio se produjo en el mundo durante los últimos treinta años, las desigualdades sociales no dejan de ahondarse por doquier desde la década del `80.Y agrega que la escuálida percepción social respecto de la intensificación de las desigualdades procede de una crisis de solidaridades, entendida como el apego a los lazos sociales que nos llevan a desear la igualdad de todos, incluida, muy en particular, la de aquellos a quienes no conocemos. ¿Qué podría hacer que nos sintiéramos lo bastante semejantes para querer realmente la igualdad social y no solo la igualdad abstracta?

Parece que en la pérdida del principio básico de otredad hay una clave, al menos para Dubet, que asegura que la prioridad de lo justo no puede deshacerse por completo de un principio de fraternidad que exige que cada uno pueda ponerse en el lugar de los otros y sobre todo de los menos favorecidos.


(*) Periodista. Secretaria de Asuntos Profesionales de la UTPBA. Miembro de la Secretaría de Juventud y Nuevas Tecnologías de la FELAP.

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