Segunda quincena de octubre de 2022. Faltaban dos meses para el arranque del Mundial de Qatar que consagró a Argentina como campeón aquel 18 de diciembre en la final inolvidable frente a Francia. El Flaco Menotti, entrevistado en esta misma plataforma, luego de plantear que Argentina tenía recursos para ganar el Mundial, nos comentaba: “Con una vida controlada y ordenada como la que lleva Messi, no tengo dudas que Maradona podría haber estado en la cima del fútbol mundial hasta los 40 o 42 años”.
A propósito de Messi, Menotti, sostenía: “Con 35 años, continúa siendo el mejor futbolista del mundo. Sin ninguna duda. Él vive para el fútbol. Siempre lo hizo. Y se nota. Es la pelota, es el juego. Es la magia que él tiene. Y se lo ve muy pero muy bien. Descubriendo los espacios. Descubriendo en definitiva los pequeños misterios del fútbol. Por eso hace lo que hace en una cancha. Arrancando más lejos o más cerca. Pero a favor de una idea. De un concepto. De una elaboración de la jugada colectiva. Porque él no persigue el lucimiento individual que más bien que lo ejecuta y lo debe disfrutar. El persigue y arma lo que más le sirve al juego de la Selección. Esto lo fue encontrando con el tiempo. Y con el talento puesto en marcha. Claramente, es hoy el mejor. Y es una de las grandes ventajas con que cuenta Argentina. Pero como siempre digo: igual Messi necesita que lo respalde el funcionamiento de un equipo. Solo nadie gana un Mundial”.

A casi 4 años de aquellas definiciones del entrenador más influyente del fútbol argentino, quedó flotando en la superficie una pregunta que comenzó a construirse apenas la Selección cayó 1-0 ante España el pasado 19 de julio en New Jersey: ¿seguirá o no Messi vistiendo la camiseta de la Selección, más allá de algún partido con carácter de despedida formal que pueda programarse? El interrogante es de altísimo impacto emocional, considerando que Messi cumplió 39 años el pasado 24 de junio y en una carta pública desgarrado de dolor confesó que tiene “bastantes dudas de seguir jugando al fútbol por mucho tiempo más”.
Menotti acercó en ese dialogo de 2022 una observación que hoy conserva plena vigencia cuando señaló que si Diego hubiera llevado la vida controlada y ordenada que tenía Messi habría estado en la cima del fútbol mundial hasta los 42 años. Messi continuó haciendo esa vida controlada y ordenada, lo que le permitió (entre otras virtudes esenciales) descollar en el último Mundial en igual o mejor forma que en Qatar, cuando muchísimos actores mediáticos del análisis anticipado y fallido advertían que su condición física le iba a dar margen para jugar solo 30 minutos por partido. Ese cálculo insustancial y aventurero se estrelló contra una realidad implacable. Messi jugó hasta el último suspiro en todos los encuentros. Y su brillante nivel, superior a cualquier adversario que enfrentó (o no enfrentó, como el caso de Mbappé), determinó el rumbo de la Selección.
¿Estamos en presencia de un jugador que se empeña en superar sus propios límites? Sí. Es lo que evidenciaron sus rendimientos en contextos y escenarios sin equivalencias como un Mundial. La verdad indiscutible es que Messi desmintió todos los pronósticos con una perseverancia y actitud notable. Bloqueó opiniones ligeras, efectistas y taxativas. Asfixió una y otra vez la incredulidad. Y hace dudar al mundo organizado o fragmentado del fútbol siempre dispuesto a volar en múltiples direcciones en la misma medida en que sopla el viento.
¿En qué consiste esa duda? En adivinar hasta cuando ese cuerpo que parece frágil, vulnerable y leve puede conservar su magia en estado de ebullición permanente. Magia expresada en su técnica, en su enorme conocimiento del juego (sobre todo) y en la extraordinaria coordinación física para nutrir, sin fisuras, su creatividad siempre consagrada. Si no hay un gran respaldo físico, a sus 39 años la magia no queda diluida pero si debilitada. No lo explica solo el fútbol. Lo explica la biología.
“Parece que tuviera 20 años”, dijo exagerando Luis de la Fuente una semana antes de la final ante Argentina. ¿Qué advertía el técnico de España? Lo que advertían todos, sin excepciones. La plenitud excepcional que mostraba Messi en el marco integral del juego y su capacidad física para afrontar y superar todos los desarrollos y todas las adversidades. Sorprendía Messi. Porque él lideraba la impactante resistencia argentina. La lideraba no solo de palabra. Con hechos bien concretos. Con pases, combinaciones, gambetas, desbordes, goles y golazos.

¿Puede seguir esa marcha sobreviviendo futbolísticamente, sin pausas, a la dictadura hegemónica del tiempo? No. No podrá. Nadie puede conquistar ese territorio. Porque el tiempo no para, como dice la canción del malogrado cantor y poeta brasileño Cazuza. Pero lo que denuncia Messi, incluso jugando para el Inter Miami o regalándole una caricia a la pelota en los amplios jardines de su casa, es una ventaja que acredita y que no puede subestimarse: su vocación y amor por el fútbol hoy continúa siendo un combustible cristalizado, más allá del inmenso dolor que lo aqueja por la pérdida de su padre.
Es la llama que no se apaga. No hablamos de rankings de jugadores que rompieron todos los moldes. No hablamos de ubicarlo más arriba, a la par o por debajo de Diego. O de Pelé. O de Di Stéfano. O de Cruyff. Hablamos de su pasión interminable. De sus ganas. De sus deseos. De su impresionante devoción por la pelota. No por el balón como repiten hasta el hartazgo los relatores y comentaristas de la televisión, desconociendo las costumbres argentinas. Messi, en ese plano muy específico y tan auténtico y real como poético, está intacto, aunque en realidad nadie está intacto. La vida siempre deja pequeñas y grandes heridas que el tiempo nunca logra cerrar. Pero lleva los años que ostenta con una calidad y jerarquía inalterable. Y claro, todo eso hace dudar. ¿Lo hará dudar a él también? De hecho, manifestó que sí. La Selección continúa siendo una hermosa bandera bordada en la piel. Y es una seducción eterna muy pero muy difícil de neutralizar. Un genio como Messi puede dar testimonio.