Hace un tiempo que el horror está en auge, desde los cuentos de Mariana Enriquez, nuevos éxitos argentinos de terror, como Cuando acecha la maldad e inclusive la propuesta estética de cantantes como el Dillom.
El terror está de moda, claro está. Varios motivos podrían ser causa de ello. Quizás porque una sociedad cada vez más violenta ya no le teme en absoluto a la sangre en las pantallas o páginas de libros. O también porque la insistencia en la pulcritud en relación a la corporalidad —que se manifiesta por ejemplo en tendencias como en el estilo clean girl— nos obliga a buscar en contraposición lo asqueroso y la brutalidad que también habitan al cuerpo.
Tras la exhumación del cuerpo en el terreno de la Filosofía, es decir, tras siglos de desprecio a la materia y la corporalidad por perecedera y mutable como contracara a lo trascendente y su perfección (Dios, el alma, etc), el cuerpo resurge desde lo más profundo de sí, su propia visceralidad.

En las sociedades capitalistas, la mirada masculina es quien encarnó históricamente el poder y moldeó al cuerpo de la mujer en tanto objeto. Esto también se patentizó en el cine y en los medios masivos de comunicación.
Resistiendo a ello, aparece una alianza inesperada entre body horror y feminismo que podemos ver tanto en la literatura como en la gran pantalla
Un ejemplo de esto es el éxito rotundo que fue “The substance” de Coralie Fargeat. Una película taquillera en múltiples plataformas, y que acumuló un total de 119 premios y 284 nominaciones. Una película visceral, que a través del gore, y con la referencia a clásicos del cine (como The Fly, The Thing, Mulholland Drive, The Shining, entre otras) expresa la angustiante relación de muchas personas feminizadas con sus cuerpos.
Con un ambiente pulcro y limpio al principio, la película va mostrando cómo una mujer se vuelve su propia enemiga tras obsesionarse con la idea de la juventud como única belleza posible. La película genera un clima cada vez más desesperante y asqueroso, llegando a usar más de 21000 litros de sangre falsa.
Si bien no es ninguna novedad la presión que ejerce el mercado sobre los cuerpos, especialmente sobre los cuerpos feminizados, a través de la instalación de determinados estándares de belleza, sí es cierto que en las últimas décadas con la proliferación de internet, y especialmente en los últimos años con el auge de tik tok, esto se acrecentó aún más. Niñas con rutinas de skincare, mujeres que duermen con máscaras para labios, ojos, pómulos y una lista interminable de posibles cuidados para la piel. Si bien circula más información científica sobre la importancia por ejemplo, de usar protector solar, o de lo sano que es una correcta hidratación, también circulan tendencias no probadas y muchas de las cuales terminan siendo contraproducentes para la salud porque el único objetivo suyo es “la belleza”.
Otra película, en este caso noruega: The Ugly Stepsister (2025), dirigida por Emilie Blichfeldt, pone en escena una vez más la misma problemática a través del horror. Si bien no tuvo el éxito comercial de The Substance, no tiene que envidiarle. Stepsister narra la historia de la hermanastra fea de la Cenicienta. Juega narrativamente con una historia clásica y conocida para mostrarnos la contracara de aquel nada inocente cuento de hadas. A través de música electrónica y un vestuario y ambientación de época medieval cuenta las sufridas transformaciones estéticas que tiene que atravesar Rosa para intentar casarse con el príncipe, y poder así ayudar a su madre, con quien tiene una relación enfermiza.

La obsesión por mantenernos bellas, flacas y jóvenes es funcional a un negocio que hace millones cada año. Por ejemplificar con algunos datos: se estima que el negocio del skincare alcanzará 677 200 M de dólares en 2025, mientras que la medicina estética (bótox, láser, etc) tiene un pronóstico de 143 300 M para 2030. Mercado actualmente dominado por EEUU pero creciendo altamente en Asia, especialmente en Corea del Sur y Japón.
Esto trae aparejado serios problemas de salud tanto físicos como mentales. Propagando la disforia corporal, que debido a una preocupación obsesiva por “defectos” físicos, puede llevar a las personas a realizarse excesiva cantidad de operaciones estéticas y el uso indebido y/o desmedido de productos para la piel.
The substance o Stepsister muestran la paradoja de cómo la propia obsesión hacia lo socialmente considerado como “bello” decanta en su contrario: la monstruosidad. Así, la hermanastra de la Cenicienta o Demi Moore en The substance son nuestros nuevos modelos monstruosos. Estos personajes de mujeres devenidas monstruos se presentan como una rebelión a la norma impuesta, desafiando el ideal de la pureza femenina. Y abrazando, finalmente, la monstruosidad, la asquerosidad y lo visceral que a todxs nos habitan, aunque siempre se intentó alejar a dichas cualidades del “cuerpo pulcro” femenino.
Nos encontramos así con nuevos relatos que buscan sacudirnos desde las entrañas. Nos dejan angustiadas y furiosas. Explicitan lo que los cuerpos feminizados viven cada día: la necesidad de encajar en determinados moldes sociales y cómo el no entrar en ellos, marginaliza a muchas. ¿Será devenir monstruo la acción posible para desarticular el poder masculino capitalista impreso en nuestros supuestos cuerpos de muñequitas?