10 agosto, 2023

Rehenes convencidos

Por Eduardo Verona

Periodista Miembro de Conducción de UTPBA

“Mientras más conectados nos sentimos más aislados estamos”. Ese puñadito de palabras le pertenece al  filósofo y escritor italiano Franco “Bifo” Berardi, testigo activo del recordadísimo Mayo francés de 1968 y pensador muy crítico y nada complaciente de las décadas posteriores. Es muy probable que lo que afirmó Berardi lo podría ratificar, sin objeciones, cualquier observador de la realidad urgente de todos los días. La conexión sin descanso a las pantallas digitalizadas con su inabarcable menú de opciones es también la desconexión implacable a las percepciones ocultas que abrazan a cada persona.

Opinó Berardi: “Ya no vivimos emocionalmente de manera solidaria. Los jóvenes hoy están solos, muy solos”. Habría que agregar que esas soledades y quizás desalientos existenciales de amplio espectro no se circunscriben a determinadas edades. Y que abarcan a todas las generaciones.

¿La dependencia tecnológica produce y producirá más soledades tóxicas, más derecha galvanizada o más lazos y armonías colectivas perdurables? ¿Acercó y acerca más rehenes a la gigantografía del capitalismo salvaje o es capaz de imponer respuestas claras que interpelan la dinámica social del ultraindividualismo de alcance casi planetario? Lo que se advierte sin recurrir a ninguna sofisticación intelectual con aires de vanguardia es que el ultraindividualismo es una bandera bendecida por la totalidad del sistema. A mayor individualismo (como el que se percibe hoy), consagrado como una virtud esencial por las leyes escritas y no escritas del mercado, mayor es la entrega incondicional de la subjetividad propia.

Es razonar y actuar en función de un pensamiento elaborado por otras jerarquías e intereses sociales, religiosos, económicos, financieros y geopolíticos despojados de una dosis imperceptible de solidaridades efectivas. Y es naturalizar hasta con agrado y orgullo indefendible esa conducta reaccionaria e inhumana. Es palpitar la vida con ojos ajenos. Es repetir hasta el hartazgo lo que no se sabe ni se intenta saber tributando a la ignorancia e incompetencia reivindicada.

Es asumir como verdades absolutas lo que no es otra cosa que consignas falsas que se apropian de las voluntades dispersas entregadas de cuerpo y alma a todas las operaciones antipopulares.

Sostener a esta altura que el ultraindividualismo vampiriza y mata, parece una simplificación voluntarista sin posibilidades de elevarse. Sin chances de captar adhesiones. Sin plafond para erigirse como una idea que pueda ganar aunque sea una callecita y ninguna avenida. Es viajar de contramano. Es ir por afuera del circuito en que caminan las mayorías intensas o líquidas. No ser ultraindividualista es hoy sacar registro de hombre o mujer que trasciende la lógica envenenada de los tiempos actuales. Por eso, la cancelación más difundida es la cancelación a las sociedades que intentan encontrar algo más valioso y reparador que la pertenencia a un espacio colonizado por el consumo y la descomposición mediática celebrada hasta en sus versiones más bizarras.

Las pantallas de los smartpohnes brillan de día y de noche como diamantes locos. Ver allí un diseño y una construcción de comunicación genuina y real es observar una fantasía aclamada por los gerentes y clientes gozosos del espacio público. Es dejarse hechizar sin saber quién es el hechicero. Ser un eslabón de ese tinglado universal del que todos formamos parte un poco más o un poco menos, es muy probable que despierte la tranquilidad de saber que no nos quedamos afuera. Que participamos del show. Que tenemos un lugar asignado. Y que ese lugar nunca tendrá fecha de vencimiento si aprobamos todos los relieves y contraseñas de la letra chica, siempre tramposa.

¿Nos compramos una felicidad errática con esas luces de neón del celular que titilan durante las 24 horas? ¿O nos compramos un buzón de dimensiones extraordinarias que nos precipita al deseo de la realización personal garantizada por las distintas plataformas? ¿Estamos cada vez más comunicados o cada vez más aislados? “Necesitamos menos periodismo y más pensamiento. En estos últimos años nos dimos cuenta de las cosas cuando ya era tarde. Hay que intentar captar lo que viene y que efectos de conciencia puede engendrar”, planteó el ensayista y filósofo francés Eric Sadin en la última Feria del Libro celebrada en Buenos Aires. 

Esos “efectos de conciencia” a los que apela Sadin todavía están en tránsito, aunque sus perfiles son tan difusos y a la vez tan influyentes como el protagonismo adquirido por los smartphones. La agenda globalizada del ultraindividualista que se embriaga y satisface con su propio perfume es la resonancia magnética del hombre o mujer que solo puede vivir mirándose en una pantalla de última generación. Hasta que un día cualquiera, a él o a ella, también se lo comen los leones.

 

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