1 marzo, 2023

Simplismos y complejidades en la zona de confort

Por Daniel Das Neves (*).- La zona de confort pasó a formar parte de aquello que el lenguaje estandariza sin dejar dudas ni admitir interpretaciones. Sus habituales usuarios –todos saben de qué se trata, pero son menos los que recurren a esa frase- suelen invocarla como un lugar del que hay que irse, sin admitir que antes, aplicando el F5 del modismo verbal, se impulsó a avanzar hacia ese lugar, sin muchas explicaciones entonces ni tampoco ahora. Correrse de la comodidad ya, es la consigna.

Por cierto, que hay zonas de confort banales, pragmáticas, laborales, profesionales, políticas, comerciales, pero otras son identificadas con ideas y acciones que están escasamente habitadas, no obstante, lo cual los usuarios verbales más vinculados con el pensamiento y las letras le ponen un énfasis llamativo, acaso sobredimensionado.

A raíz de su reciente libro Revolución: una historia intelectual, el historiador italiano Enzo Traverso dice que “las revoluciones son la respiración de la historia. Rehabilitarlas como hitos de la modernidad y momentos prototípicos del cambio histórico no significa idealizarlas”. Y amplía: “Vivimos en un mundo en el cual el capitalismo se naturalizó, aparece no solamente como un modelo económico sino también como un sistema de vida y un modelo de civilización sin ninguna alternativa. Lo que es muy diferente respecto al siglo pasado, en el que había alternativas… Ahora vivimos en un contexto en el cual ya una generación, la que participa en los movimientos feministas y LGTB, el de Occupy Wall Street, el Black Lives Matters, los indignados españoles u otros movimientos no conocieron otra cosa que el capitalismo”.

El historiador argentino Luis Alberto Romero señala esa zona de confort, aunque no la llame de esa manera, en la que ubica a Traverso, dando cabida al título (no sabemos si fue de su autoría) de un artículo que enfrenta la visión del italiano al definir su postura como la de “ilusorio mundo feliz de un intelectual melancólico”. Haciendo invisible su zona de confort sistémica Romero, luego de analizar el libro y su autor, descalifica bastante más que a su colega cuando escribe “simplismos, quizá, pero buenos argumentos para un militante si es que queda alguno”.

El quizá no anula el efecto devastador de ese simplismo dicho hacia alguien que, por ejemplo, “problematiza, según palabras del propio Traverso, la noción de presentismo, es decir el régimen de historicidad del siglo XXI, como un tiempo sin futuro, que está comprimido en el presente”. Una reflexión, acaso una línea de trabajo, que supone una complejidad que ese militante puesto en duda agradecería.

Simplismos, escribe Romero, con la misma carga peyorativa con que el escritor español Javier Cercas dice detestarlos, así como también detesta, asegura, que se lo llame intelectual. Está convencido que los escritores tienen como responsabilidad escribir las mejores novelas, esas que cambien la vida de la gente, aunque, aclara, las suyas no lo han hecho como sí las de Cervantes, Flaubert. En esa afirmación el escritor español le atribuye a la literatura lo que parece negarle a la política, impregnada de nocivas evidencias, como por ejemplo Putín, quien, define, “contribuyó decisivamente a llevar al poder a Trump, a favorecer al Brexit, a financiar a Salvini, su amistad con Le Pen es evidente. Países como Venezuela, Nicaragua tienen excelentes relaciones con él y no hablemos de China”. Ni de Cuba. Obviamente obvio.

Las complejidades se alejan sin remedio en razonamientos de este tipo, que definen el final del siglo pasado como un tiempo de “optimismo generalizado” en el mundo y que sacan como conclusión que la crisis financiera del 2008, de la que evita buscar su origen en el único sistema capaz de generarla, consolidó los nacional-populismos “una reformulación de fascismos o de los totalitarismos”. Una interpretación sin espejo retrovisor y con luz negra.

El portugués Pessoa y el italiano Gramsci son mencionados por Cercas para fundamentar, respecto de la realidad, el optimismo y el pesimismo, con las dosis de voluntad e inteligencia correspondiente, aunque el optimismo de la voluntad del escritor se muestre demasiado parcial y activo y la inteligencia transpire un pesimismo orientado. “Ser conscientes de que el mal triunfa y de que nos vamos a morir, pero trabajar para lo mejor”, dice, dando por sobrentendido que todos coincidimos en colocar el mal y lo mejor en el mismo lugar, producidos por los mismos protagonistas. Una zona de confort que comparte con Romero, aunque no se conozcan.

Ese simplismo acerca del poder lo lleva a Cercas a establecer que el periodismo tiene más responsabilidad que nunca, ustedes están cada día peleando contra las mentiras y relatos, el mismo periodismo que forma parte de los que se alimentan de las crisis y cuyos sujetos ejecutores, los periodistas, son, según el escritor español, animales carroñeros. 

Eso sí, en un marco en el que corporaciones como Facebook, Twitter o Google tienen tal poder que los países por sí solos no pueden hacer nada, reconoce, asomando un indicio de complejidad que no desarrolla, porque hay preocupación por no demonizar las redes sociales y porque la disyuntiva es nacional-populismo (fascismo indefectible) y democracia, aunque esta no pueda fijar las reglas de juego, porque son los grupos multinacionales sus apropiadores desde un capitalismo que pone a la humanidad en estado de agonía. Un collage no supone abordar la complejidad, salvo para los descuidados que no reparan en las incoherencias.

El simplismo –como califica Romero la lectura histórica de Traverso o cómo él y Cercas calificarían las últimas líneas del párrafo anterior- es el primo cercano del idealismo, penosos descendientes de ismos que siempre aparecen con la carga de subjetividad de los conquistadores del lenguaje. El simplismo desborda consignas, arropa desarrapados, señala (a veces también pelea) a explotadores, dice que para vivir mejor hay que vivir de otra manera y que esa otra manera no llega sólo a fuerza de la convicción, resiste la realidad (no cree que el mal siempre triunfa), no añora otros tiempos, los reconoce, y cree que la complejidad se mueve en la contradicción, pero no la confunde con la incoherencia.

El simplismo, tal vez equivocado, observa que los pontificadores (algunos, muchos) de la complejidad ejercen abuso de posición dominante desde su zona de confort, a partir de naturalizar la realidad y sentirse los únicos en condiciones de explicarla. En esa naturaleza a la desigualdad a veces se la reconoce (y a veces se la denuncia), pero la propiedad privada nació con el ser humano, las relaciones sociales y económicas tienen sentido único y el hambre, la ignorancia y la desocupación son consecuencias no deseadas pero inevitables. Y la explotación del hombre por el hombre una rémora insoportable del simplismo.


(*) Periodista. Secretario de Relaciones Internacionales de UTPBA. 

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