En la primera parte de esta entrevista conocimos a Aina Solana: antropóloga, barcelonesa, pastora asalariada desde hace cinco años, siempre acompañada de sus perros Gaucha y Llur.
En esta segunda parte hablamos con ella sobre su relación ambigua con el teléfono, los lenguajes nuevos que aprendió a escuchar, y las condiciones políticas y económicas que hacen del pastoreo un oficio cada vez más precario.
-Entiendo que aun viviendo en el campo hay cosas de las que es difícil escapar, tenés whatsapp, Instagram ¿se modificó en algo tu relación con el teléfono en la montaña? ¿La demanda de las redes sociales te aqueja igual?
-Sinceramente creo que mi relación con las redes sociales es un poco ambigua. Por un lado, cuando tengo acceso a red telefónica durante el invierno veo que estoy mucho más pendiente del teléfono que en verano. La falta de tejido social en los lugares en los que trabajo y la cantidad de horas de pastoreo hacen que recurra mucho a la dopamina de la pantalla, aunque también intento hacer otras actividades. Por otro lado, los meses en que mi acceso a la electricidad o internet está limitado mi uso del teléfono cae en picada.
-¿Qué otras formas de comunicación aprendiste viviendo como pastora? Me imagino que desarrollaste un vínculo con tus perros casi telepático
-He aprendido a leer orejas peludas, colas lanudas, cuernos y balidos. Mi trabajo consiste en una gran observación de detalles: saber cuáles son las plantas que más les gustan a las ovejas y dónde se encuentran dependiendo de la estación, descubrir dónde están los puntos de agua más accesibles para ellas, dónde les gusta hacer la siesta al mediodía, cómo se comportan con los cambios meteorológicos o dónde se sienten más seguras. En función de la actitud del rebaño yo interpreto si les gusta el sitio en el que están, si todavía quedan reservas de alimento, o si las hemos terminado. Observo el paisaje, la meteorología, pero sobre todo leo el rebaño para saber si podemos quedarnos en esta zona, o si hay que ir a buscar recursos en otros lugares.
-¿Cuál es el momento más gratificante y el más difícil que atravesaste en tu labor como pastora?
-Una de las cosas que más valoro son las relaciones de confianza que establezco con los animales. Para mí esa es una forma de magia que existe en mi vida, el hecho de que animales libres decidan cada noche volver a dormir bajo mi protección.
También es una forma recíproca de vivir con los elementos y seres animales, en relaciones de interdependencia que pueden ser muy ricas para entender cuál es el papel de la humanidad sobre la tierra. Para mí, como humanos tenemos la responsabilidad de la gestión del entorno.
Y lo más difícil… Con diferencia el trabajo en binomio (a dos) junto a otra pastora asalariada compartiendo cabañas minúsculas durante 5 meses e incluso en tiendas de campaña sin luz ni agua corriente, trayéndonos los víveres con helicópteros a los lugares sin acceso en los que vivíamos, con 2 nevadas a 1900 m.s.n.m en los meses de setiembre y octubre y 800 ovejas que pastorear en una zona con mucha depredación de lobo. Te puedes imaginar.
Pero ahora mismo, lo que más me preocupa es la inestabilidad laboral. La precariedad del sector me lleva a emigrar para poder vivir de esto y además me promete un futuro laboral incierto que me da más miedo que el mismísimo lobo. Una de las cosas que más me pesan es el aislamiento de otros trabajadores del sector, la falta de redes de apoyo entre nosotros, la falta de sindicatos, de representación política para demandar una reforma de los contratos, y de bolsas de empleo funcionales.
Aina lleva cinco años como pastora asalariada. Su sueldo: entre 1.100 y 1.500 euros, al mes, lo que está por debajo o es justo el sueldo mínimo en España. Su jornada: siete, diez, a veces doce horas bajo el sol, leyendo el rebaño, el viento, las piedras. Sin derecho a vacaciones cubiertas. Emigrando cada temporada.
Su oficio, como tantos otros en el campo, se complejiza por la precariedad, el aislamiento y la falta de relevo generacional. Los proyectos pequeños quedan ahogados frente a los grandes propietarios. Y no es una excepción local, ni algo que sólo suceda en Europa. Es una tendencia que se repite, con matices y diferencias, en muchas partes del mundo, los pastores, agricultores, quedan cada vez más expuestos y desplazados por la concentración de la tierra por parte de las grandes industrias del agro.

-Aplicando tu visión de antropóloga, ¿Crees que esta forma de vida es un modo de resistencia, una búsqueda de autenticidad, de comunidad?
-Esta decisión de ser pastora, además del tempo a ritmo humano y lento, me permite estar cerca de los ciclos de vida-muerte, algo que me permite vivir más tranquilamente mi propia existencia.
Sí que fue para mí una búsqueda por poner en práctica y revivir antiguos saberes y modos de vida, para que no terminaran en un museo, o en el olvido. Y una forma de relacionarme con mi identidad familiar más denostada. Me encanta también la intemporalidad y universalidad de este oficio, sé que los gestos que yo hago los haría alguien que es pastor en Palestina o en Siberia, o que hicieron incluso mis antepasados en otros tiempos.
Me ha permitido descubrir el mundo de las ovejas y sus corazones de lana. Me he enamorado alguna vez de una montaña, y me he bañado en las heladas aguas de la vida salvaje. He aprendido a leer orejas, colas y balidos. He aprendido de las virtudes humanas, a vivir sin lujos y a saber estar en plenitud ante los elementos. He experimentado la soledad de sentirse acompañada de todos los seres que aúllan, husmean y lamen mi cara.
Para mí es una forma de poner en práctica una resistencia al mundo frenético capitalista y ecocida y me inspiro mucho en las luchas indígenas por el territorio y sus formas de concebir los intercambios con el mundo natural. Si amo tanto este oficio es porque para mí tiene un gran sentido, me da respuestas a la pregunta de cómo quiero que evolucionemos como humanos, de cuál es nuestro deber a desempeñar en reciprocidad con el entorno, a cambio de todo lo que el planeta nos da.
Cruzamos el océano y nos abrimos a otro mundo, a otra forma de existencia que nos permite vincularnos y tejer redes internacionales aprendiendo sobre la vida en otras regiones y latitudes. Conversar con Aina sobre su oficio tan particular y sobre las condiciones específicas del campo en Europa nos permite hacernos una pregunta a nosotrxs mismxs, a quienes trabajamos con palabras, deadlines y pantallas: ¿qué tipo de comunicación estamos construyendo? ¿Podemos aprender otros lenguajes, los del cuerpo, los de la espera?
Aina, al igual que ninguno de nosotrxs, no tiene respuestas mágicas. Su relación con el teléfono es ambigua: en invierno, cuando hay señal, también ella cae en la dopamina de la pantalla. Pero en verano, en la montaña, sin electricidad ni internet, descubre que otro ritmo es posible. Que la comunicación no siempre tiene que ser rápida, y que la paciencia no es un defecto.