Se trata de no bajarle el precio a algunas ideas. Allá, esa palabra que impone lejanía y obliga a no perder de vista contextos para que los traslados no sean mecánicos sino conceptuales, por fines de los 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado (lejanía de la lejanía) el científico Oscar Varsavsky daba una batalla contra la simplificación, hablando de la ciencia, la tecnología y la política.
Conocido como el científico rebelde, Varsavsky, hablaba de 4 posiciones básicas: la Fósil, lugar para los reaccionarios puros; la Totalitaria, estereotipada a partir del stalinismo; la Reformista, defensora del sistema capitalista en su, por entonces, forma más moderna y la Rebelde, o revolucionaria, intransigente con el sistema capitalista al que pretendía modificarlo del todo. Fósiles versus Totalitarios eran el sentido común de la confrontación, pero la contradicción fundamental era entre Reformistas y Rebeldes, en la que los Reformistas se atribuían el mérito de combatir a Fósiles y Totalitarios, cosa que en parte era cierto. Se beneficiaban con la falacia triangular, la llamó Varsavsky, que establecía en tres las posiciones posibles, dos extremos y ese justo medio que los Reformistas se atribuían, que hacía que el que no estuviera con ellos era Fósil o Totalitario. Los Rebeldes, lugar en el que se colocaba Varsavsky, luchaban contra ese triángulo y les costaba nada demostrar que no eran Fósiles pero como enfrentaban el Reformismo se los acusaba de Totalitarios. Con otra dificultad, que como el Reformismo prometía corregirse y no dejaba de atacar a los Fósiles, obliga a los Rebeldes a un gran esfuerzo argumental.
El siglo de las dos guerras mundiales quedó atrás hace 26 años. La franja de mujeres y hombres que toman la posta en eso de que la vida debería ser otra cosa –un nuevo tablero con otros significantes y significados, sabiendo de una escala de valores y compromisos diferentes entre quienes lo impulsan- sobrellevan no sólo la realidad sino la ofensiva permanente de un sistema que desautoriza y ridiculiza las ideas, datos e interpretaciones acerca de las causas que provocan estas desigualdades y sometimientos, como paso inicial, a veces no siempre, a luchar contra ellas. Simplismos, suelen decir para descalificar, sin que esas mujeres y hombres hayan tenido, siquiera, la osadía de rescatar del cofre conceptos como lucha de clases (y como habría que interpretarlo hoy).
Las consecuencias materiales de estas desigualdades y sometimientos en salud, educación, trabajo, medio ambiente, economía, cultura son la evidencia contundente de ese trazado mortífero que el capitalismo impone todo el tiempo (24/7) coyunturas abrumadoras que requieren de energías que no alcanzan y a las que siempre se llega tarde. Aunque mujeres y hombres, generalmente organizados, hayan advertido, con cierta luz larga –hablamos de décadas- y reducida fuerza propia, sobre los alcances de esta configuración predeterminada de la democracia, el capitalismo. Definición que los voceros de esa patronal universal acusan de simplista, como para que una humanidad que vive recibiendo mensajes sobre su futuro desde la ajenidad o la impotencia no se distraiga; que no le preste atención a los Varsavsky o que no se identifique en eso que dijo.
Rosendo Grobocopatel, acá llegamos, hijo del Grobocopatel que todos conocemos, el llamado Rey de la Soja, emprendedor, creador de contenidos y streamer sostuvo en estos días, desde sus jóvenes 30 años, que siempre, la visión conspirativa es seductora. Se tiende a simplificar como que hay unos titiriteros maniobrando las cosas. Yo creo que eso es mentira, es una explicación muy autocomplaciente.
Grobocopatel hijo, desarrollador –para ponernos a tono- de una nueva fuerza política, no le estaba respondiendo sólo a Giuliano Da Empoli (autor de El Mago del Kremlin, Los Ingenieros del Caos y la Hora de los depredadores) sino que confrontaba con lo que minutos antes había dicho su entrevistador, Carlos Pagni, en el habitual editorial de su programa.
Luego de calificar como “brillante” el último libro de Da Empoli, la Hora de los depredadores, Pagni hace suyos los argumentos de Da Empoli, quien dice que “el partido de la política ya no se juega donde lo jugó la democracia en los últimos 100 o 200 años. Se juega en otro lado. Han aparecido 20 personas que manejan los flujos de datos, los flujos informativos. Manejan Facebook, manejan X, manejan las grandes plataformas donde circulan datos. Y con ese poder, que es el poder de la información, son capaces de condicionar a la democracia. Y tienen la expectativa, el deseo, el sueño de gobernar la vida pública a partir de esos algoritmos que reguilan el flujo de datos “. La democracia que se juega en otro lado. 20 personas que lo manejan todo, que controlan y ordenan información y datos. Revelación hecha con la tardanza necesaria como para que lo dicho sea apenas un reconocimiento de situación y no una invitación a impedirlo o a cambiarlo. Y mucho menos aceptar que a esa conclusión habían llegado los simplistas irredentos cuando la globalización era apenas un nuevo registro de la economía.
Grobo chico desmiente a su interlocutor y lo coloca haciendo seguidismo de esa visión conspirativa, que implica una dosis absurda, sorprendente e inaceptable de simplismo, que suelen adosar a otro mal congénito, eso que peyorativamente llaman idealismo. Un combo, simplismo más idealismo que en beneficio de la complejidad que se dice representar, no era aplicable en este caso porque pasaría de una acusación a la condena, algo que no se permitiría insinuar frente a ese interlocutor que nunca ocultó su pertenencia al cuerpo de ideas madre que ejercen en este mundo –que ambos defienden como partes de esa falacia triangular que señalaba Varsavsky-; un interlocutor que asimila el golpe con la destreza de un boxeador con experiencia y apela a la potencialidad, que evita desmentir lo dicho por su entrevistado.
Decíamos en la nota Simplismo y complejidades en la zona de confort, en marzo de 2023: “El simplismo, tal vez equivocado, observa que los pontificadores, algunos, muchos, de la complejidad ejercen abuso de posición dominante desde su zona de confort, a partir de naturalizar la realidad y sentirse los únicos en condiciones de explicarla. En esa naturaleza a la desigualdad a veces se la reconoce, y a veces se la denuncia, pero la propiedad privada nació con el ser humano, las relaciones sociales y económicas tienen sentido único y el hambre, la ignorancia y la desocupación son consecuencias no deseadas pero inevitables. Y la explotación del hombre por el hombre una rémora insoportable del simplismo, que dice que para vivir mejor hay que vivir de otra manera y que esa otra manera no llega sólo a fuerza de la convicción, resiste la realidad (no cree que el mal siempre triunfa), no añora otros tiempos, los reconoce, y cree que la complejidad se mueve en la contradicción pero no la confunde con la incoherencia”.
Hay un activo militante que se adjudica la complejidad de comprensión como la propiedad privada de la única forma de pensar, razonar y ejecutar este mundo, que advierte de simplismos –sobre todo a los propios, en momentos como el actual en el que los padecimientos también les llegaron- y condena idealismos que no aceptan las reglas de juego de la realidad que el capitalismo impuso, o sea su realidad, sobre todo desde la caída del paradigma que lo enfrentaba, el socialismo, al que se les destina el lugar excluyente de la máxima perversión de lo humano. De ese derrumbe Grobo ni siquiera era testigo. Hoy es cómplice.