28 abril, 2020

Fuego ene(a)migo

Por Joaquín Bonelli (*), desde Barcelona.- Se viven tiempos convulsos en nuestro planeta. La actual crisis sanitaria por Covid-19 sigue arrojando elevados índices de infectados y fallecidos, a lo largo y ancho del globo. No es de extrañar que muchos de los países se hayan declarado “en guerra” contra el coronavirus, aduciendo que es un enemigo común que dispara indiscriminadamente a toda la humanidad.

Un virus esta, por su naturaleza, programado para subsistir como un parásito; así infectan específicamente algunos organismos vivos y se reproducen dentro de ellos para luego expandirse, sin tener en cuenta el perjuicio que generan en su huésped. La nanomedicina se ha fijado en los comportamientos biológicos observados en algunas familias de virus con el objetivo de desarrollar nuevas terapias, para combatir distintas enfermedades. No hay truco, hay estructuración proteínica e interacción molecular. El SARS-CoV-2, nombre científico que recibió el virus en sí, se comporta según sus características y particularidades bioquímicas.

Se me antoja difícil pensar en el coronavirus como un ente taimado y malicioso, dispuesto a destruir premeditadamente al ser humano.  El expresarnos en estos términos nos lleva a confundir el foco del problema. Es innegable, sin embargo, que el virus desencadena fatalidades y tragedias allá dónde llega a establecerse. ¿Quizá debamos buscar entonces en nuestras propias estructuras sociales? ¿Cuáles son las flaquezas que potencian la acción del virus y nos exponen ante él?

Esta pandemia pone en evidencia defectos, muy extendidos en las sociedades occidentales, que la hacen día a día más letal. Es complicado enumerar todas las taras que comprometen a la sociedad en esta situación, pero muchas de ellas son fácilmente identificables: el hostigamiento constante a la sanidad e investigación pública, que nos coloca en muchos países al borde del colapso sanitario; la especulación económica, en forma de barbijos y geles hidroalcohólicos; la desinformación, que conduce, por ejemplo, a malas praxis de desinfección e intoxicaciones con productos químicos; la soberbia institucional, que permite el juicio y la estigmatización de naciones o sociedades; y la desigualdad social, que siempre lleva algunos a pensar que esto, simplemente, no va con ellos.

Todos estos defectos, que nos deshumanizan como sociedad, son íntimos compañeros del neoliberalismo aplicado a la Globalización y están fuertemente arraigados en los sistemas gubernamentales occidentales. Éstos son también motivos ocultos -o no tanto- del reguero de víctimas que siembra la pandemia y, en una guerra, no hay nada más funesto que los muertos causados desde nuestro propio lado. Los muertos por fuego amigo.

(*) Periodista.

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